Pierre Curie, Nobel de Física: "El radio podría llegar a ser muy peligroso en manos criminales"
Henri Becquerel descubrió en 1896 que las sales de uranio emitían radiación sin necesidad de recibir luz ni energía externa, un fenómeno que Marie y Pierre Curie llevaron mucho más lejos hasta identificar sustancias extraordinariamente radiactivas como el polonio y el radio. Aquella revolución científica hizo que los tres compartieran el Premio Nobel de Física de 1903.
Lo que comenzó con una placa fotográfica velada terminó cuestionando una de las ideas más arraigadas de la física: que los átomos eran estructuras estables e indivisibles. Becquerel recibió la mitad del Nobel por descubrir la radiactividad espontánea; Pierre y Marie Curie compartieron la otra mitad por sus investigaciones sobre aquella radiación. Décadas después, la física nuclear transformaría medicina, energía y guerra. Pero Pierre Curie ya intuyó muy pronto esa ambivalencia: "El radio podría llegar a ser muy peligroso en manos criminales".
La frase apareció en su conferencia Nobel, pronunciada en Estocolmo el 6 de junio de 1905, dos años después de recibir el premio. Curie hablaba de quemaduras, lesiones e incluso muerte provocadas por una exposición prolongada al radio, pero terminó planteando una pregunta mucho mayor: ¿puede la humanidad aprender los secretos de la naturaleza sin convertirlos también en instrumentos de destrucción? Su respuesta era optimista: creía, como Alfred Nobel, que los nuevos descubrimientos producirían más bien que mal.
Becquerel guardó unas placas en un cajón y apareció una radiación que nadie esperaba
Antoine Henri Becquerel nació en París en 1852 dentro de una auténtica dinastía de científicos. Su padre y su abuelo habían estudiado fenómenos relacionados con la luz, la electricidad y la fosforescencia, y él continuó aquella tradición desde instituciones como la École Polytechnique y el Museo de Historia Natural de París. Su especialidad lo situaría precisamente en el lugar adecuado cuando Wilhelm Röntgen anunció el descubrimiento de los rayos X a finales de 1895.
Becquerel se preguntó entonces si las sustancias fosforescentes podían emitir radiaciones semejantes a los nuevos rayos X. Para comprobarlo utilizó sales de uranio y placas fotográficas envueltas en papel oscuro. Su idea inicial era exponer las sales a la luz solar y estudiar después si emitían alguna radiación capaz de atravesar la envoltura y marcar la placa.
Pero ocurrió algo inesperado. Durante varios días el cielo de París permaneció nublado. Becquerel guardó entonces las sales de uranio y las placas fotográficas en un cajón, esperando mejores condiciones para continuar el experimento. Cuando decidió revelar las placas, descubrió que estaban fuertemente impresionadas aunque las sales apenas habían recibido luz. El fenómeno parecía existir por sí mismo.
Becquerel reconocería más tarde que había encontrado «un fenómeno inesperado». Las sales de uranio emitían radiación espontáneamente, sin necesidad de ser excitadas previamente por la luz. Aquellos rayos podían atravesar papel negro y ciertos metales, afectar placas fotográficas y convertir el aire en conductor eléctrico.
La conclusión era desconcertante: la energía parecía surgir del propio material. Becquerel demostró después que aquella radiación podía ionizar gases y que algunas de sus componentes respondían a campos eléctricos o magnéticos, una señal de que no se trataba simplemente de otra versión de los rayos X. La naturaleza de la materia empezaba a mostrar una grieta que nadie sabía todavía hasta dónde llegaría.
Marie Curie comprendió que el misterio estaba dentro del átomo
Marie Skłodowska Curie decidió estudiar sistemáticamente aquellos extraños «rayos de Becquerel» como tema para su investigación doctoral. Nacida en Varsovia en 1867, había llegado a París para estudiar física y matemáticas en la Sorbona. Allí conoció a Pierre Curie, físico especializado, entre otros campos, en magnetismo y piezoelectricidad, que acabaría convirtiéndose tanto en su marido como en su principal colaborador científico.
Marie disponía de una herramienta crucial: un electrometro extraordinariamente sensible desarrollado por Pierre Curie y su hermano Jacques, capaz de medir las débiles corrientes eléctricas producidas cuando la radiación ionizaba el aire. En lugar de limitarse a observar placas fotográficas, Marie podía cuantificar la intensidad de la radiación.
Y pronto apareció una primera sorpresa. El torio también emitía radiación. Eso sugería que el fenómeno no era exclusivo del uranio y llevó a Marie a formular una idea decisiva: la capacidad de emitir aquella radiación debía depender de los propios átomos del elemento y no simplemente de su forma química o molecular.
Fue Marie quien popularizó el término «radiactividad» para describir aquella propiedad. Pero el hallazgo más intrigante apareció al estudiar la pechblenda, un mineral rico en uranio. La pechblenda era considerablemente más radiactiva que el uranio puro. Si el uranio era el único responsable del fenómeno, aquello no tenía sentido. Tenía que haber dentro del mineral alguna otra sustancia desconocida y muchísimo más activa.
Marie y Pierre emprendieron entonces un trabajo físicamente extenuante: triturar, disolver, hervir y separar enormes cantidades de mineral para concentrar componentes presentes en proporciones diminutas. En 1898 anunciaron dos nuevos elementos: primero el polonio, bautizado en homenaje a la Polonia natal de Marie, y después el radio. Ambos mostraban una actividad extraordinaria. El átomo ya no podía seguir considerándose un bloque silencioso e inmutable.
Por qué 3 científicos compartieron el Nobel de Física de 1903
La Real Academia Sueca de Ciencias decidió repartir el premio de una forma muy precisa. Henri Becquerel recibió la mitad del Nobel por el descubrimiento de la radiactividad espontánea; Pierre y Marie Curie compartieron la otra mitad por sus investigaciones conjuntas sobre los fenómenos de radiación descubiertos por Becquerel. Era la tercera edición del Nobel de Física.
La concesión tuvo además una historia significativa. Marie Curie estuvo inicialmente ausente de una de las propuestas de nominación, en la que aparecían Becquerel y Pierre Curie. Cuando Pierre tuvo conocimiento de esa posibilidad, escribió que, si realmente se estaba considerando premiarle, deseaba ser asociado a Madame Curie por sus trabajos comunes sobre los cuerpos radiactivos. Finalmente los tres compartieron el galardón y Marie se convirtió en la primera mujer en obtener un Premio Nobel.
Los Curie no pudieron viajar inmediatamente a Estocolmo debido a obligaciones docentes y problemas de salud. Pierre pronunció finalmente la conferencia Nobel en junio de 1905, y aquella intervención resulta hoy extraordinaria porque no solo describió qué era el radio: también intuyó algunas de las consecuencias que tendría manipular materiales capaces de emitir enormes cantidades de energía y radiación.
Contó, por ejemplo, que una pequeña cantidad de sal de radio transportada durante horas en un bolsillo podía no provocar ninguna sensación inmediata. Quince días después, sin embargo, podía aparecer una lesión cutánea difícil de curar; exposiciones más prolongadas podían causar daños todavía más graves. Era una advertencia temprana sobre los efectos biológicos de las radiaciones ionizantes.
Pero había algo todavía más profundo. Pierre Curie se preguntó si el radio podía convertirse en un peligro deliberado y recordó que los explosivos de Nobel habían permitido realizar trabajos extraordinarios, pero también podían convertirse en armas. La ciencia, comprendía Curie, no llevaba incorporada una intención moral: el uso dependía de quienes recibieran aquel conocimiento.
La historia posterior amplificaría aquella pregunta de una manera que ninguno de los tres podía imaginar en 1903. La radiactividad contribuiría a revelar el núcleo atómico, permitiría desarrollar tratamientos contra el cáncer, técnicas de diagnóstico, sistemas de datación y nuevas fuentes de energía. También abriría el camino hacia las armas nucleares.
Marie Curie continuó trabajando después de la muerte de Pierre en 1906 y recibió en 1911 un segundo Nobel, esta vez de Química, por el descubrimiento del radio y el polonio, el aislamiento del radio y el estudio de sus propiedades. Se convirtió así en la primera persona de la historia en recibir dos Premios Nobel. Todo había comenzado, sin embargo, con una placa fotográfica que jamás debía haberse impresionado.

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