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Matilda Knowles, una destacada botánica en las costas de Irlanda

Matilda Knowles.

El 31 de enero de 1864 nació Matilda Cullen Knowles, considerada la fundadora de los estudios modernos sobre los líquenes en Irlanda. La comunidad especializada ha calificado su obra como «una importante contribución de referencia a la botánica criptogámica de Irlanda y de la Europa oceánica occidental». Recordemos que se llama criptógamas a las plantas sin flores.

La página web Ask About Ireland señala que Matilda Knowles nació en un pueblo cercano a Ballymena, perteneciente a Irlanda del Norte. Su padre, William James Knowles (1832-1927), aficionado a la botánica y a la arqueología estimuló el interés de su hija por la historia natural; asimismo, la introdujo en las reuniones y excursiones organizadas por el club de campo Belfast Naturalists’ Field Club, creado en 1863. Sus miembros constituían una ecléctica mezcla de aficionados y profesionales interesados por las ciencias naturales y, según podemos leer en Wikipedia, este club ha sido una parte importante del sistema educativo para los naturalistas británicos.

Nacimiento de una sólida amistad

En 1895, Matilda Knowles conoció a la acreditada botánica de campo Mary Leebody (1847-1911), amiga personal del respetado naturalista y escritor irlandés, Robert Lloyd Praeger (1865-1953), y activa socia del Belfast Naturalists’s Field Club. Dado que compartían numerosos intereses, optaron por trabajar juntas elaborando el primer suplemento (1895) del exitoso libro de Samuel Stewart y Thomas H. Corey, titulado Flora of the North-east of Ireland (1888); esta obra, editada por el Belfast Naturalists’ Field Club se convertiría en un libro de texto estándar desde su publicación.

Inicialmente, los trabajos de Matilda Knowles se centraron en las plantas con flores. El primero de ellos, dedicado al condado de Tyrone, se publicó en 1897 e incluía más de 500 especímenes. Con posterioridad, en 1901, se incorporaron a la prestigiosa revista Irish Topographical Botany, dirigida por Robert L. Praeger, hoy considerada un referente en la historia de la botánica irlandesa.

Mediada la década de 1890, Matilda y su hermana Catherine se trasladaron a Dublín y asistieron a clases de ciencias naturales en el Royal College of Science for Ireland, una destacada institución abierta desde 1865 con la particularidad de admitir en aquellas fechas a mujeres en igualdad con los hombres. Aquí, Matilda Knowles cursó sus estudios entre 1896 y 1900, tal como se describe en la afamada revista Irish Naturalists’ Journal, cuyo prestigio es debido a que cubre todos los aspectos de la historia natural de Irlanda a partir de su primera publicación en 1925.

Un excelente desarrollo profesional

En junio de 1902, Matilda Knowles se incorporó a la Sección de Botánica del Museo de las Ciencias y las Artes. Se trata de un conocido museo fundado en 1877 y abierto al público en 1890; en 1921 recibió al nombre actual de National Museum of Ireland.

La científica trabajó en estrecha colaboración con el profesor Thomas Johnson (1863-1954) en la organización del Herbario de la Nación, perteneciente al mencionado museo. Cinco años más tarde, en abril de 1907, Matilda Knowles fue contratada como Asistente Temporal, un empleo que mantuvo a lo largo de toda su vida. Tuvo a su cargo la tarea de adquirir, identificar y reunir miles de especímenes de Irlanda y del resto del mundo.

Además de su labor museística, fue coautora junto a Johnson, de un valioso listado de las plantas con flores y los helechos de Irlanda (Hand List of Irish Flowering Plants and Ferns) publicado en 1910, tal como apunta la citada página Ask About Ireland.

Cuando en 1923 el profesor Johnson se retiró, Knowles accedió al puesto de conservadora, estableciendo una estrecha colaboración con la farmacéutica inglesa Margaret Buchanan (1865-1940), fundadora de la National Association of Women Pharmacists. A partir de esas fechas, Knowles aumentó aún más sus esfuerzos por conseguir, identificar y reunir el mayor número posible de especímenes vegetales tanto de Irlanda como del resto del mundo.

Los conocimientos técnicos de esta activa botánica, junto al meticuloso y delicado trabajo que realizó durante el tiempo en que gestionó el herbario, han quedado reflejados, apunta el Irish Naturalists’ Journal, en las excelentes condiciones en que se encuentra hoy el material por ella conservado. Ciertamente, el herbario es testigo de su dedicación, y la presencia de una placa recordatoria colocada en su recuerdo es un claro testimonio de reconocimiento.

Un amplio proyecto en una pequeña isla

A comienzos del siglo XX, un destacado grupo de científicos irlandeses y extranjeros organizaron un importante proyecto de investigación llamado Clare Island Survey. Consistía en un ambicioso estudio multidisciplinar sobre una pequeña isla situada en la costa oeste de Irlanda, Clare Island.  La parte más importante de esta investigación estaba dedicada a zoología y botánica sistemáticas, aunque también se ponía especial atención en cuestiones como la distribución geográfica de plantas y animales, la ecología o la meteorología. Los resultados de este magno  proyecto fueron publicados en 68 partes entre 1911 y 1915 por la Real Academia Irlandesa (Royal Irish Academy).

Clare Island. Wikimedia Commons.

Colaboración con una destacada liquenóloga

Entre 1909 y 1910, Matilde Knowles participó en los trabajos de Clare Island como colaboradora de Annie Lorraine Smith (1854-1937), a instancias del citado botánico Robert L. Praeger. Tengamos presente que Annie L. Smith era en aquellos momentos la más importante especialista en líquenes británica; acerca de esta notable experta podemos leer una entrada en Mujeres con ciencia.

El trabajo junto a Smith despertó en Knowles un gran interés por profundizar en el estudio de los líquenes. Con notable presteza se dedicó a buscarlos, recogerlos, describirlos y clasificarlos, demostrando ser una diligente recolectora, una actividad que en aquellos momentos era nueva en Irlanda.

Gracias en gran parte a la positiva influencia de Annie Smith, la botánica irlandesa se involucró casi por completo en el estudio de los líquenes, que paulatinamente fueron generando en ella un creciente entusiasmo, lo que terminaría por establecer los cimientos para su posterior especialidad. Ciertamente, a partir de 1908, describe Ask About Ireland, estos pequeños organismos se convirtieron en el principal material de trabajo durante el resto de la carrera de Matilda Knowles.

Productivos trabajos con líquenes

El primer artículo importante de la científica sobre el tema fue un minucioso estudio sobre los líquenes de Howth Head, un bello cabo situado al noreste de la bahía de Dublin; se trata de un artículo publicado en 1913 por la Royal Dublin Society bajo el título The Maritime and Marine Lichens of Howth.

En dicha publicación, Matilda Knowlex manifestaba haber descubierto que los líquenes de la costa crecen en distintas zonas, llamadas tidal zones (zonas de marea), según su disposición con respecto a la marea; esto es, en relación al área que está por encima del nivel del agua cuando la marea está baja, y por debajo cuando la marea está alta; según esta distribución, los líquenes adquieren distintos colores. La escritora científica irlandesa Mary Mulvihill (1959-2015) ha destacado al respecto que Kowles «fue la primera persona en reconocer que, en la costa, los líquenes crecen en bandas o zonas distintas según fuera la marea».

En los años siguientes, y por petición de Robert L. Praeger y de la Royal Irish Academy, nuestra protagonista se dedicó a preparar una monografía sobre la sistemática de los líquenes de Irlanda. Finalmente, su trabajo quedó plasmado en un valioso libro de 255 páginas titulado The Lichens of Ireland, que salió a la luz en 1929.

La obra, que Knowles dirigió con gran eficiencia, se llevó a cabo con la colaboración de treinta naturalistas profesionales y aficionados, quienes consiguieron registrar la distribución de unas 800 especies, de las cuales alrededor de veinte eran nuevas para Irlanda. La perspicaz botánica tuvo el mérito de describir varias especies por primera vez; recordemos que para una bióloga o biólogo dar el nombre a un nuevo organismo es uno de los logros más valorados.

Volviendo al citado libro, hay que añadir que este texto representa el legado intelectual más notable de Matilda Knowles, pues hoy se considera, según afirma la página Ask About Ireland, «una de las piezas de trabajo de más calidad nunca realizada antes en ninguna sección de la flora irlandesa».

Según ha señalado al respecto la escritora Mary Mulvigil, el libro de Knowles fue un estudio pionero que se convirtió en un clásico para la literatura botánica irlandesa, precisando que «se trata de un gran trabajo ya que los líquenes suelen pasar desapercibidos (para el público en general), y sus detalles son a menudo microscópicos, lo cual demuestra que Knowles fue claramente una naturalista hábil con mucho talento».

Una inagotable actividad especializada

Además de su obra magna, entre 1897 y 1933, subraya la página Ask About Ireland, «Matilda publicó más de 30 artículos científicos sobre un amplio rango de materias sobre botánica». De hecho, debido a su profundo conocimiento sobre los temas relacionados con la botánica sistemática, Knowles tuvo gran influencia en esta especialidad. Mientras fue conservadora del Museo Nacional, un número elevado de personas locales y procedentes de distintas partes del mundo, tanto especialistas como aficionados, acudió a ver y a consultar el herbario del centro; conjuntamente, la científica mantuvo una intensa correspondencia con diversos expertos y expertas e intercambió cuantiosos especímenes con otras instituciones.

Haciendo referencia a cómo Knowles enriqueció el herbario del museo, Mulvihill ha relatado que «entre quienes donaron especímenes se encuentra Roger Casement, [un afamado diplomático irlandés] quien trajo diversas plantas procedentes del Congo en 1904. Casement conocía a la científica desde que eran niños: tenían la misma edad, nacidos en 1864, y crecieron en Ballymena donde Knowles había venido al mundo y donde Casement fue a la escuela. Las plantas que el diplomático donó aún se encuentran en el herbario con las etiquetas descriptivas que Knowles redactó».

Acerca de la personalidad de la botánica, Mulvihil ha anotado que «en persona Matilda era decidida e independiente, nunca se mostró dispuesta a soportar tonterías o frivolidades. En sus últimos años sufrió sordera y se ayudaba de una trompetilla, usándola para cortar discusiones colocándola con firmeza sobre su escritorio».

Pese a la gran tarea realiza por Matilda Knowles en el herbario del Museo Nacional, no recibió claramente el reconocimiento que merecía (¡cuántas veces en la historia!). Hubo que esperar hasta octubre de 2014 para que la científica fuese reconocida con una placa conmemorativa. Se trata de un recordatorio donado por el Irish National Committee for Science and Engineering para conmemorar los 150 años desde su nacimiento.

Placa en honor de Matilda Knowles en el National Botanic Gardens de Irlanda. Wikimedia Commons.

Con respecto a los memorándums, Mary Mulvihill ha ironizado que «el problema con las placas conmemorativas es que la persona tiene que estar muerta para que le otorguen una. Alguien que mereció este honor durante su vida fue Matilda Knowles».

El 27 de abril de 1933, Matilda Knowles fallecía en Dublín como consecuencia de una neumonía; fue enterrada en el cementerio de la misma ciudad, donde hoy su tumba está poblada de líquenes, hongos y otras plantas nativas de Irlanda. En su recuerdo, dos especies de líquenes llevan su nombre: Lecidia matildae y Verrucaria knowlesiae.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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Angela Hartley Brodie: pionera contra el cáncer de mama

El cáncer de mama. Por desgracia a todas nos ha tocado más o menos cerca. Una madre, una tía, una amiga… incluso nosotras mismas lo hemos podido padecer. Se ha llevado a muchas, pero gracias a científicas como Angela Harley Brodie, cada día son menos.

Angela Hartley Brodie. University of Maryland.
Esta bioquímica también lo tuvo cerca y se empeñó en buscar un tratamiento. Uno distinto a lo que se había planteado hasta entonces. Uno que no requería únicamente extirpar. Uno basado en la inhibición de la aromatasa, una enzima responsable de la síntesis de estrógeno, el que induce en cáncer estrogénico, el tipo más común de cáncer de mama en mujeres postmenopáusicas. Y lo consiguió. El primer tratamiento específico contra este tipo de cáncer. Según algunos expertos, uno de los mayores avances obtenidos hasta la fecha contra esta enfermedad.

Angela Hartley Brodie nació en Oldham, Inglaterra, el 28 de septiembre de 1934. Era hija de un ama de casa culta, inteligente y educada que le enseñó a no dejarse amedrentar, y de un químico orgánico que la animó a dedicarse a la ciencia en una época en la que no solía ser habitual alentar a las mujeres a dedicarse a cosas que no fueran su familia… Gracias al apoyo recibido en casa, se graduó en Bioquímica por la Universidad de Sheffield en 1956 y obtuvo su Máster en 1959.

En busca de un inhibidor

Estuvo trabajando en un banco de sangre antes de obtener un puesto de asistente de investigación del bioquímico Raymond Clayton en el Departamento de Investigación Hormonal del Hospital Christie de Manchester. Allí trabajó en el estudio del cáncer de mama dependiente de hormonas, más concretamente, de estrógeno, pilar fundamental en su trabajo futuro con la aromatasa. Según sus propias palabras:

En aquella época, nadie sabía nada sobre los receptores de estrógeno y su efecto en el cáncer. El tratamiento estándar consistía en la ovariectomía, la adrenalectomía y la hipofisectomía. Me parecía que tenía que haber una forma mejor de hacerlo.

Otros miembros del Christie Hospital compartían esa misma opinión. De hecho, fue una estrecha colaboradora suya allí, la oncóloga Moya Cole, quien más tarde llevó a cabo los primeros ensayos clínicos con tamoxifeno, un fármaco que bloquea los receptores de estrógeno presentes en los tumores y que también se aplicó en el tratamiento del cáncer de mama.

Obtuvo su doctorado en Patología Química por la Universidad de Manchester en 1961 gracias a un trabajo centrado en otra hormona, la aldosterona. Fue este trabajo el que le permitió mudarse a Estados Unidos en 1962, gracias a una beca de formación postdoctotal patrocinada por el National Institute of Health en el Worcester Foundation for Experimental Biology, una entidad de investigación bioquímica sin ánimo de lucro situada en Shrewsbury, Massachusetts. Allí, algunos investigadores estaban trabajando en el uso de la aldosterona como método anticonceptivo oral y fertilización in vitro. Dos de aquellos investigadores marcaron la vida de Angela; el químico orgánico Harry Brodie, que además de su colega acabaría siendo su marido, y la bioquímica Mika Hayano, compañera de laboratorio que falleció de cáncer de mama con tan solo 44 años. El cáncer se asomo cerca de ella. Después de estar un año fuera del laboratorio debido al nacimiento de su primer hijo, Angela volvió al equipo de Harry con la firme intención de investigar sobre la aromatasa, una enzima crucial en la biosíntesis de estrógeno, hormona que alimenta el crecimiento de células cancerosas. Buscaba un inhibidor, algo que bajara los niveles de estrógeno del cuerpo y que frenara el avance del cáncer. Algo que ayudara a salvar vidas como la de Mika. En aquel periodo, desarrollaron varios inhibidores esteroideos de la aromatasa, y uno en especial, el 4-hidroxiandrostenediona (4-OHA), resultó ser particularmente efectivo. Ya había candidato.

La lucha por los ensayos clínicos

Angela Hartley Brodie. University of Maryland.

Con la intención de llevar a cabo ensayos clínicos con su inhibidor y animada por Cornelia Channing, una reputada profesora de Fisiología, Angela se fue a la Escuela de Medicina de la Universidad de Maryland en 1979. Desafortunadamente se encontró con dos malas noticias; la primera era que la universidad estaba sin director, lo que impidió llevar a cabo los ensayos; la segunda, que la propia Cornelia se estaba sometiendo a una mastectomía el mismo día que Angela llegó al campus. Otra vez la enfermedad rondaba cerca.

Con los ensayos clínicos como objetivo, y ya como profesora de Farmacología y Terapias Experimentales e investigadora en el University of Maryland Greenebaum Cancer Center, se dedicó a fabricar su inhibidor en su propio laboratorio y a contactar con compañías farmacéuticas que llevaran a cabo los ensayos. Pero ninguna se interesó. Según sus palabras:

Me puse en contacto con varias empresas farmacéuticas, pero o bien no les impresionó que se hubiera curado el cáncer de mama en ratas, o bien consideraban que el tamoxifeno, era más que suficiente.

Fue en 1980, en una conferencia en Roma, cuando finalmente se abrió la puerta a los ensayos clínicos con el 4-OHA. Y es que allí conoció al oncólogo británico Charles Coombes, médico en el Royal Marsden Hospital de Londres. Un kilo de 4-OHA fue enviado al hospital y administrado a once mujeres con cáncer de mama en estadio avanzado. Cuatro de ellas mostraron una mejora inmediata en su diagnostico, con una reducción del tamaño de los tumores de en torno al 50 %, y una quinta vio como su tumor se estabilizó. Según las propias palabras de Hartley:

Teníamos una fotografía de una mujer cuyo tumor le había erosionado una costilla, pero tras cinco meses tomando el inhibidor de la aromatasa, el hueso se había curado. Antes de eso, había sido muy difícil conseguir que las empresas farmacéuticas se interesaran por seguir desarrollando el compuesto, pero una vez que vieron los datos clínicos, logramos que Ciba-Geigy (ahora Novartis) se interesara en ampliar los ensayos y hacerse cargo del compuesto.

Así, el primer inhibidor de la aromatasa, el formestano, se comercializó en 1994. De aquel 4-OHA inicial se desarrollaron otros tratamientos. De hecho, en la actualidad existen tres inhibidores de la aromatasa para el tratamiento del cáncer de mama y todo gracias al trabajo pionero de Hartley.

Angela fue la primera mujer en ganar el prestigioso Kettering Prize en 2005 y en 2023 pasó a formar parte del National Inventors Hall of Fame junto con otras grandes científicas como Katalin Karikó o Emmanuelle Charpentier, ente otras. Murió el 7 de junio de 2017 a la edad de 82 años.

Referencias

Sobre la autora

Aitziber Lopez es doctora en química e investigadora en el ámbito de las biociencias.

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Tebello Nyokong, química

Tebello Nyokong. TWAS.

La química Tebello Nyokong (1951) cumple hoy años.

Es reconocida por su investigación en nanotecnología , así como por su trabajo en terapia fotodinámica, un método alternativo de tratamiento del cáncer a la quimioterapia. Su investigación pionera en esta última está allanando el camino hacia una detección y un tratamiento del cáncer más seguros, sin los efectos secundarios debilitantes de la quimioterapia.

Su grupo de investigación colabora en el desarrollo de nanofármacos multifuncionales para diagnóstico y terapia mediante la unión química de nanopartículas metálicas, magnéticas o semiconductoras a fotosensibilizadores de ftalocianina fotoactivos.

Más información

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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25 años de sexismo publicitario

Título: Del 2000 al 2025: 25 años de sexismo publicitario
Autor: Pablo Vidal Vanaclocha
Editorial: Diputación Foral de Bizkaia
Páginas: 182
Fecha de publicación: 2026
Depósito legal: LG BI1082-2026

Información editorial

Inspirado en la exposición Sexismo en la publicidad, presentada en 2023 por el Departamento de Empleo, Cohesión Social e Igualdad de la Diputación Foral de Bizkaia, el presente libro se plantea como una prolongación de la misma que, con mayor profundidad, pretende evidenciar cómo esta problemática que preocupa a la sociedad es una realidad omnipresente en la mayoría de los mensajes publicitarios que recibimos. Visitar la muestra y analizar su clasificación de anuncios sexistas, ha facilitado que muchas personas tomen conciencia de la injusticia que genera esta publicidad.

Descargable de manera gratuita en formato pdf aquí.

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Cómo criar hijos que cuestionen la IA

Randi Williams es profesora asistente de investigación en el Human-Computer Interaction Institute (Instituto de Interacción Humano-Computadora) de la Universidad Carnegie Mellon. Obtuvo su doctorado en el MIT Media Lab en el Grupo de Robots Personales en 2023. Trabaja en la intersección de la IA para la educación, la interacción de robots y agentes humanos, y la computación responsable. Es miembro fundadora de Day of AI, que busca democratizar el acceso al conocimiento sobre cómo funciona la IA, sus beneficios y limitaciones potenciales.

En esta conferencia Play@TED (en inglés, con subtítulos en castellano) Randi Williams revela cómo, a medida que las empresas tecnológicas integran la IA en los juguetes, los niños establecen fuertes vínculos emocionales con las máquinas. Explica además qué implica esto para su desarrollo y por qué una solución basada en el juego podría comenzar por enseñar a los niños a romper aquello que tanto quieren.

Existe un peligro real de que los niños dependan demasiado de sus juguetes inteligentes o se encariñen de manera inapropiada con ellos. Dicho esto, si los adultos tomamos algunas decisiones intencionadas, podemos ayudar a los niños a ver la tecnología como lo que realmente es, objetos con los que pueden jugar o incluso programar, en lugar de entidades en las que deberían buscar todas las respuestas.

Transcripción del vídeo.

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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Bibiana Vilá: «Trabajamos en coproducciones con los pobladores andinos y en pos de la conservación y la sustentabilidad, además de hacer “buena ciencia”»

Bibiana Vilá es Doctora en Ciencias Biológicas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (1990) y Licenciada en Ciencias Biológicas de la misma Universidad (1985). Realizó estudios posdoctorales en la Wildlife Conservation Research Unit de la Universidad de Oxford, Inglaterra (1990-1993). Actualmente se desempeña como investigadora superior del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) y como Profesora Titular del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Luján. Es Directora del grupo interdisciplinario VICAM (Vicuñas, camélidos y ambiente). Forma parte del nodo de Argentina en la Red Latinoamericana de Mujeres en Ciencia.

Es autora de un centenar de publicaciones entre trabajos científicos internacionales, nacionales y libros de consulta sobre camélidos y educación ambiental.

Entre los numerosos reconocimientos recibidos, los más recientes son el Diploma de Honor del Senado de la Nación Argentina (2020, “En reconocimiento por su valioso compromiso ecofeminista en la defensa de la armonía con la naturaleza; en el marco del homenaje a la figura y legado de Berta Cáceres organizado por la Red de Defensoras del Ambiente y el Buen Vivir”); el Premio Eugenia Sacerdote de Lustig (2022) otorgado por el 6to Foro Nacional Interdisciplinario «Mujer en Ciencia, Tecnología y Sociedad» de la Fundación Balseiro o el primer premio en la Categoría Trayectoria del Premio “Científicas que cuentan” (2023) del Centro Cultural de la Ciencia, junto con el Programa Nacional para la Igualdad en Géneros del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la República Argentina, el Consejo Nacional  de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), el Institut Français d’Argentine y la Embajada de Francia.

Bibiana Vilá. Fotografía proporcionada por la investigadora. Crédito: Yanina Arzamendia.

1. ¿Cuál es tu área de investigación?

Soy Dra. en Biología especialista en camélidos sudamericanos, especialmente las vicuñas (Vicugna vicugna) y algunos aspectos de las llamas (Lama glama). Este trabajo involucra a las comunidades del altiplano andino principalmente a sus mujeres, por lo cual el trabajo tiene aspectos etnobiológicos. Trabajamos desde la transdisciplinariedad, en coproducciones con los pobladores andinos y en pos de la conservación y la sustentabilidad, además de hacer “buena ciencia” para que las decisiones ambientales estén basadas en evidencia.

2. ¿Por qué te dedicas a ella?

Amo la naturaleza, disfruto de estar en desiertos de altura. Me encanta pensar. Los camélidos no son animales aislados, están fuertemente imbricados en una cultura local riquísima que es muy interesante.

Tuve una abuela muy amorosa con quien vivíamos aventuras de verano en las vacaciones en las sierras y que me enseñaba mucho sobre plantas y animales. Tuve unos padres muy de vida en la naturaleza. Desde chica fui muy curiosa e intrépida.

3. ¿Has tenido alguna figura de referencia en tu trayectoria?

Mi abuela Memé y muchos de los profesores de la universidad. Acá en Argentina estamos orgullosas/os de nuestra universidad pública, gratuita, laica y de calidad. Fui muy feliz mientras estudiaba biología en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Muchos de los profesores y ayudantes de allí fueron guías en la formación.

4. ¿Qué te gustaría descubrir o solucionar en tu campo?

Hemos logrado realizar las primeras capturas y esquilas de vicuñas silvestres (chakus), hemos publicado un manual para la conservación y manejo de las vicuñas y no solo en Argentina, sino que también hemos sido invitados a capacitar en Lauca, Chile.

A pesar del alto valor económico de la fibra de la vicuña, existen numerosas dificultades para que genere el desarrollo sostenido tan ansiado en el altiplano. Muchos de estos problemas tienen que ver con las asimetrías entre las posibilidades de negociación de las comunidades y el mercado suntuario y monopsónico de la fibra de vicuñas. Me gustaría, por lo tanto, poder encontrar mecanismos para sanear este sistema y beneficiar fuertemente a los pobladores locales.

Cada vez más, aumenta la caza furtiva de las vicuñas, ese es un tema que hay que resolver con colaboraciones entre instituciones y fuerzas de seguridad.

Me parece además, que hay que trabajar fuerte en las comunidades escolares locales muy permeables a valores hegemónicos, en la valorización muy fuerte de su patrimonio biocultural.

5. ¿Qué consejo darías a quien quiera adentrarse en el mundo de la investigación?

Me pone súper triste escribir esto, pero la respuesta hoy es “depende de qué lado del planeta vivís”. En Argentina, hoy no hay presupuesto para ciencia ni valorización del saber, todo lo contrario, estamos pasándola horrible. Los sueldos de los jóvenes investigadores están por debajo de la línea de pobreza. Hoy mi consejo es que si se quieren adentrar en el mundo de la investigación, es muy hermoso y vale la pena pero tiene el costo del desarraigo: deben emigrar al norte global, a países con el PIB en ciencia mayor del 1 %, o algunos de Latinoamérica que todavía conserven su dignidad.

En un país con un gobierno que lleva a cabo un proyecto negacionista, cruel, autoritario, desalmado y extractivista, la gente que piensa y desarrolla ciencia y tecnología es algo que no vale (al contrario, estorba) y de lo que hay que deshacerse, la manera más fácil, bajar el presupuesto de ciencia del 0,55 % del PIB al 0,14 %, así nos quedamos sin forma de investigar y con sueldos de miseria.

Hasta hace poco tiempo era muchísimo más optimista y proponía a las y los jóvenes iniciar carreras, de hecho, dirigía tesis de grado y postgrado (y algunas todavía están en etapas de finalización).

Pero más allá de las vicisitudes locales actuales, no me olvido de que la carrera científica es hermosa, desafiante, no es simplemente un modo de ganar el salario sino que es parte identitaria de la propia vida.

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Milla Baldo-Ceolin, la científica que siguió el rastro de las partículas invisibles

La física de partículas es la rama de la física que estudia los componentes básicos de la materia y las fuerzas que los unen. Se la conoce también como física de altas energías, debido a que muchas de estas partículas solo se pueden observar en grandes colisiones provocadas en los aceleradores de partículas.

En una época en la que la disciplina estaba dominada casi exclusivamente por científicos varones que exploraban territorio desconocido, la italiana Milla Baldo-Ceolin (1924-2011) se abrió camino para estudiar algunos de los componentes más escurridizos de la materia. Fue protagonista del descubrimiento del hiperón anti-Lambda y, décadas después, una de las pioneras de la investigación experimental sobre neutrinos.

Milla no solo descifró secretos fundamentales del microcosmos subatómico, sino que también rompió barreras de género al convertirse en la primera mujer en ocupar un cátedra en la centenaria Universidad de Padua. La trayectoria vital y profesional de esta científica combinó el rigor experimental con una profunda sensibilidad humanista y un compromiso constante con la igualdad de oportunidades.

Milla Baldo-Ceolin. AIP.

Massimilla Baldo nació el 12 de agosto de 1924 en Legnago, cerca de Verona (Italia), en un entorno familiar inusualmente progresista para la época –su madre y su abuela eran abiertamente feministas–. A Milla y a sus hermanas jamás se les cuestionó el derecho a estudiar, vestir pantalones o decidir libremente sobre su futuro.

Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras su familia permanecía refugiada en el campo, cayó en sus manos el libro de divulgación Alchimia del tempo nostro, cuyas páginas le despertaron la vocación de dedicarse a la física. Al finalizar la contienda, ingresó en la Universidad de Padua, donde estudió Física y se graduó en 1952 con una tesis dedicada a la captura nuclear de unas partículas subatómicas llamadas piones. Poco después, en 1953, se casó con el físico teórico Carlo Ceolin, con quien tendría a su hija Maria.

Prejuicios académicos

A pesar de su innegable talento y dedicación, los primeros pasos de su carrera tropezaron con el sexismo de la posguerra. En los años posteriores a su graduación, cuando surgían plazas de asistente universitario para las que Milla reunía conocimiento y méritos suficientes, los jefes de departamento decidían otorgárselas a compañeros varones, argumentando que ella ya estaba casada y tenía una familia. Lejos de rendirse, Milla continuó trabajando con entusiasmo en la Universidad de Padua, impulsada por el placer de investigar y generar conocimiento.

Durante la década de 1950, la física de partículas se encontraba en plena expansión. Baldo-Ceolin investigó con escasos recursos pero una enorme creatividad. Inicialmente se especializó en el estudio de los rayos cósmicos mediante el uso de emulsiones fotográficas nucleares, una técnica que le permitía registrar las huellas dejadas por las partículas subatómicas. Su investigación la llevó a participar activamente en colaboraciones internacionales como el experimento G-Stack, que proporcionó las primeras indicaciones de partículas extrañas.

El descubrimiento del hiperón anti-Lambda

Uno de los momentos más decisivos de la carrera de Baldo-Ceolin llegó a finales de los años cincuenta, cuando la física de altas energías comenzó a desplazarse hacia el uso de grandes aceleradores de partículas. Con una intuición pionera, a Milla se le ocurrió exponer las placas de emulsión fotográfica directamente a los haces de piones del acelerador Bevatron en Berkeley, Estados Unidos. Gracias a una fructífera colaboración con investigadores estadounidenses, Milla realizó los cálculos de viabilidad e interpretó correctamente las huellas impresas en las placas. Este trabajo culminó en 1958 con el descubrimiento del hiperón anti-lamba (un antihiperón es la antipartícula de un hiperón, es decir, una partícula subatómica compuesta que contiene al menos un anticuark extraño). Anti-lambda fue el primer antihiperón jamás observado, y el hallazgo fue revolucionario dentro de la física moderna, ya que demostró por primera vez que la antimateria también podía albergar la propiedad cuántica conocida como extrañeza.

A partir de este hito histórico, sus investigaciones se centraron en las interacciones débiles, las fuerzas responsables de transformaciones sutiles en el corazón de los átomos. Le fascinaba observar cómo algunas partículas sufren “oscilaciones” y se transforman en otras mientras viajan. Mediante emulsiones fotográficas y cámaras de burbujas en laboratorios líderes de EE. UU., Suiza y Rusia, Milla analizó los mesones K neutros y cargados para portar datos esenciales sobre las reglas de conservación de la materia que mantienen el equilibrio del universo.

La dama de los neutrinos

A mediados de la década de 1970, Baldo-Ceolin reorientó su interés experimental hacia otra de las grandes incógnitas de la física: los neutrinos. Estas partículas apenas interactúan con la materia y pueden atravesar enormes cantidades de la misma casi sin dejar rastro. Precisamente por eso son tan difíciles de detectar y, al mismo tiempo, tan valiosas para conocer cómo funciona la naturaleza.

Tras el hallazgo de las corrientes neutras débiles en el CERN, Milla exploró las interacciones de los neutrinos con protones y neutrones. Más tarde, lideró proyectos internacionales para investigar si los neutrinos pueden cambiar de identidad mientras viajan a gran velocidad. Su fascinación por el cosmos la llevó al Laboratorio Nacional del Gran Sasso para capturar neutrinos procedentes del Sol usando detectores de argón líquido, mientras que en Grenoble dirigió experimentos de alta precisión para comprobar si los neutrones libres podían transformarse en su propia antimateria.

En 1988, Milla dio un impulso decisivo a la ciencia global al fundar el ciclo de Talleres Internacionales sobre Telescopios de Neutrinos en Venecia. Este encuentro bianual convirtió a la ciudad de los canales en el epicentro científico mundial de la física subatómica, donde cientos de físicos de todo el planeta se reunían para discutir las fronteras entre la física de partículas y la cosmología.

Por todo ello, recibió cariñosamente el célebre sobrenombre de “la signora dei neutrini”.

Compromiso con la igualdad

Su posición en la Universidad de Padua fue creciendo a lo largo de su trayectoria. En 1963 obtuvo la cátedra de Física Superior en esta universidad, convirtiéndose en la primera mujer catedrática en esa institución desde su fundación en el año 1222. Entre 1965 y 1968 dirigió la sección paduana del Instituto Nacional de Física Nuclear, y entre 1973 y 1978 asumió la dirección del Departamento de Física de la universidad. Firme defensora del equilibrio entre la vida laboral y personal de las investigadoras, promovió la creación de la escuela infantil universitaria y transformó su hogar en Padua en un concurrido salón de debate para intelectuales, músicas y filósofos. Estudiosa y admiradora de la obra de Galileo Galilei, Milla integraba el saber científico dentro de un marco humanista universal, concibiendo la investigación como una constante ampliación de nuestra visión de las leyes de la naturaleza.

Massimilla Baldo-Ceolin recibió reconocimientos emblemáticos como el Premio Antonio Feltrinelli de la Accademia Nazionale dei Lincei en 1976, las Medallas de Oro al Mérito Cultural y Científico de Italia en 1980 y 1993, y el prestigioso Premio Enrico Fermi en 2007. Falleció el 25 de noviembre de 2011, a los 87 años.

Referencias

Sobre la autora

Edurne Gaston Estanga es doctora en ciencia y tecnología de los alimentos. Actualmente se dedica a la gestión de proyectos en organizaciones que fomentan la difusión del conocimiento de la ciencia y la tecnología.

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¿Excelente o simplemente íntima? El sesgo de brillantez castiga a las directoras de cine

Solemos pensar que la crítica especializada en cine evalúa cada película de manera puramente objetiva, midiendo el guion, la fotografía o la dirección de forma aislada. Sin embargo, el arte y la cultura no son inmunes a los prejuicios de género que permean el resto de la sociedad. Un reciente estudio llevado a cabo por la economista María Cubel y el también economista Santiago Sánchez-Pagés ha analizado cómo opera el sesgo de género en la crítica cinematográfica. El articulo, titulado “There Will Be Bias: Gender Patterns in Film Criticism”, revela que las películas dirigidas por mujeres sufren una sutil pero constante penalización en sus evaluaciones, en particular por parte de los críticos varones.

Rollo de película fotográfica utilizada en la cinematografía. Wikimedia Commons.

El análisis

El trabajo examina un corpus de dos mil reseñas publicadas entre 2021 y 2025 en dos medios de referencia en español: Fotogramas, la revista de cine más antigua de España, y El Antepenúltimo Mohicano, un portal español independiente especializado en cine de autor. Aproximadamente, una cuarta parte de las películas fueron dirigidas por mujeres. Al cruzar las puntuaciones y los textos de las reseñas con indicadores externos de calidad (como los premios obtenidos, las nominaciones y las puntuaciones del público en la base de datos IMDb), los autores logran aislar el peso real del género de quien dirige la película.

Los resultados estadísticos son contundentes: a igual calidad objetiva y características de producción, las películas dirigidas por mujeres reciben sistemáticamente peores notas y tienen menos probabilidades de alcanzar la máxima calificación de cinco estrellas. Pero lo verdaderamente revelador del estudio es que la menor puntuación media de las películas dirigidas por mujeres no se debe a una hostilidad abierta o a críticas destructivas. Las directoras no reciben más valoraciones pésimas (de 1 o 2 estrellas) que sus compañeros varones. Ocurre algo mucho más sutil: se les niega sistemáticamente la excelencia.

El estudio también revela diferencias notables en función del género de la persona que realiza la crítica de la película. Las mujeres son una clara minoría, ya que únicamente el 17 % de las críticas fueron escritas por mujeres. Y la nota media recibida por las películas dirigidas por mujeres es similar a la de las dirigidas por hombres en las críticas escritas por mujeres. Toda la diferencia en la valoración se encuentra en las críticas escritas por hombres.

El lenguaje de las críticas

A través de un exhaustivo análisis lingüístico de las reseñas mediante procesamiento de lenguaje natural, el artículo revela cómo se materializa la brecha entre directores y directoras en el texto. El sentimiento general de las críticas, cuando son positivas, es idéntico entre directores y directoras. Lo mismo ocurre si las críticas son negativas. Sin embargo, las palabras elegidas para describir el éxito revelan una gran asimetría. Cuando los críticos hombres evalúan el trabajo de un director varón, recurren con mucha mayor frecuencia al «lenguaje de la brillantez», utilizando adjetivos vinculados al genio, la maestría o el espectáculo (como genial, magistral, virtuoso o extraordinario). En contraste, ante el trabajo de una mujer, el marco interpretativo cambia radicalmente hacia lo subjetivo y lo emocional, empleando términos como íntimo, sensible, emocional o particular. Mientras el cine de ellos se analiza como universal y monumental, el de ellas se encasilla con frecuencia en lo doméstico y lo relacional.

Además, el estudio midió el «esfuerzo crítico» cognitivo y estilístico invertido en los textos. Los críticos masculinos dedican una mayor riqueza de vocabulario, textos más complejos y términos más originales cuando escriben sobre películas dirigidas por hombres, mostrando una mayor disposición a desentrañar la propuesta del autor. Cuando evalúan a las mujeres, este esfuerzo disminuye sensiblemente. Por su parte, las críticas mujeres que formaban parte de la muestra no mostraron ningún sesgo significativo a la hora de redactar sus evaluaciones según el género de la dirección.

Este fenómeno se alinea perfectamente con la teoría del «sesgo de brillantez», que documenta cómo socialmente tendemos a asociar el talento excepcional, innato y revolucionario con la masculinidad, mientras que el trabajo de las mujeres suele verse como el resultado del esfuerzo, la competencia o la mera expresión de lo personal.

Las implicaciones del estudio

Las implicaciones de la sutil discriminación lingüística y numérica detectada en el artículo son enormes. Los críticos y las críticas juegan un papel clave de intermediación: sus estrellas y sus palabras configuran la reputación a largo plazo de los cineastas, influyen en la programación de los festivales, determinan la distribución comercial y condicionan el acceso a financiación para futuros proyectos. Si a las directoras se les veta el vocabulario de la genialidad, difícilmente lograrán consolidarse en el canon histórico del cine.

El sesgo de brillantez detectado por Cubel y Sánchez-Pagés sugiere que la desigualdad en el cine no se limita a quién accede a la silla de dirección, sino también a cómo se juzga el resultado final. Romper este círculo vicioso en el que las creadoras quedan excluidas del canon de la genialidad requiere cambios estructurales en el sector cultural. En particular, es necesaria la diversificación de las plantillas de crítica, ya que la mirada de las mujeres equilibra las asimetrías en las evaluaciones. Además, las asociaciones de críticos y críticas y las redacciones culturales deberían promover la autoevaluación lingüística, animando a los profesionales a revisar si están encasillando las obras según el género de su autoría.

Referencia

Sánchez-Pagés, Santiago; María Cubel (2026). «There Will Be Bias: Gender Patterns in Film Criticism«. Accesible en SSRN 5296682

Sobre el autor

David Pérez Castrillo es doctor en Economía y profesor emérito de la Barcelona School of Economics.

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Beryl H. Potter, astrónoma

Beryl H. Potter.

La astrónoma Beryl H. Potter (1900–1985) nació un 16 de septiembre.

Fue asistente de investigación en el Programa de Asteroides de Indiana en el Observatorio Goethe Link en Indiana entre 1942 y 1965.

Era asistente del astrónomo Frank K. Edmondson cuando descubrió una estrella enana en 1944. Analizó miles de placas fotográficas usando un dispositivo llamado comparador de parpadeo.

En 1952, colaboró en el descubrimiento del asteroide 1578 Kirkwood. En 1955, formó parte del equipo que descubrió el asteroide 1602 Indiana.

El asteroide 1729 Beryl fue nombrado oficialmente en su honor en 1968.

Más información

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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Ruth Gates: la bióloga que retó a la evolución para salvar los corales

Cuando en 2018 Ruth Gates falleció, prematuramente, el mundo perdió una de las más reconocidas biólogas marinas, pero sobre todo una gran defensora de los arrecifes de coral que el cambio climático lleva a la muerte. Ella supo verlo hace décadas y salvarlos se convirtió en su principal motivación. Tras años de trabajo, logró revolucionar la ciencia al desarrollar los llamados «supercorales», unas cepas genéticamente seleccionadas para resistir en las aguas cálidas en las que hoy tienen que vivir. La divulgación fue su otra pasión: el documental Chasing Coral (En busca del coral), en el que cuenta su trabajo, marcó un antes y un después en la concienciación sobre un legado natural que estábamos perdiendo.

Ruth Gates. HIMB.

Ruth nació en la mediterránea isla de Chipre el 28 de marzo de 1962, en concreto en la península de Akrotiri, donde estaba destinado su padre, militar británico. Debido a los constantes viajes de sus progenitores por esta profesión, la mandaron a estudiar y vivir a un internado en Kent (Inglaterra) y fue ahí donde, siendo niña, se quedó fascinada con las imágenes de la serie El mundo submarino de Jacques Cousteau: «Aunque Cousteau nos llegaba a través de la televisión, desveló los océanos de una manera que nadie más había logrado hacer», diría después para explicar por qué tuvo claro desde muy joven que estudiaría biología en la Universidad de NewCastle.

Tras graduarse, en 1984, aficionada al buceo, hizo un viaje a las Indias Occidentales en el que quedó maravillada con las formaciones coralinas que ocultaba el mar. Y cambió su vida: decidió trasladarse a vivir a Jamaica para poder estudiarlas de cerca. Le intrigaba la simbiosis entre un animal, el coral, y esas diminutas algas (zooxantelas) que viven en sus tejidos y con las que construyen estructuras masivas. Su interés se centró en cómo la temperatura del agua tenía que ver con esa delicada alianza. Fue así como, a finales de esa década, se convirtió en una de las primeras testigos de eventos de blanqueamiento causados por el cambio climático global: al aumentar la temperatura del agua apenas 1 o 2 ºC, el coral expulsa a esas algas que le dan color y el 90 % de su energía y se queda vivo pero hambriento, lo que detiene su crecimiento, destruye su capacidad reproductiva y lo vuelve vulnerable a enfermedades mortales. Ver esa mortandad la impulsó a dedicarse a su rescate.

Tras obtener su título doctorado en 1989, fue contratada gracias a una beca como investigadora postdoctoral en la Universidad de California (UCLA). En los 12 años que estuvo en la UCLA, Ruth Gates perfeccionó sus habilidades técnicas para estudiar los corales analizando su ADN, comprendiendo lo que ocurre a nivel molecular cuando un arrecife sufre estrés, investigando por qué la relación del coral y las algas se rompe con el calentamiento, y buscando soluciones. Estando allí vivió el brutal evento de blanqueamiento de 1998, que mató al 15 % de los corales del mundo. Encontró que, ante un evento de calor, no todos los corales tienen la misma resiliencia genética, unos sobreviven por sutiles diferencias en sus genes o por el tipo de alga al que hospedan. Ese fue el origen del desarrollo de la llamada “evolución asistida” que ideó.

Una revolucionaria en el laboratorio

Con todo este conocimiento acumulado, en el año 2003 se trasladó al Instituto de Biología Marina de la Universidad de Hawái (HIMB) ya como científica líder en arrecifes coralinos y con su propio laboratorio para poner en marcha sus experimentos. «Ruth no solo fue una estrella brillante en la investigación de corales, sino también un espíritu indomable en todos los aspectos de la vida» –ha dicho de ella Judy Lemus, ex directora interina del HIMB y amiga de Gates– «su entusiasmo era contagioso y amaba profundamente lo que hacía».

Y es que enseguida revolucionó la forma de trabajar. No tardó en descubrir las ventajas de estar en un laboratorio situado sobre un arrecife vivo, la bahía de Coconut. Frente a quienes argumentaban que para salvar los arrecifes bastaba crear áreas protegidas y reducir la pesca, defendía que el coral no se adaptaría de forma natural a la velocidad del cambio climático y había que actuar. Por ello, en sus primeros años en Hawái, se centró avanzar en la comprensión de la resiliencia genética de algunos ejemplares al blanqueamiento, lo que investigaba en la misma bahía.

Un momento de inflexión tuvo lugar en 2013, cuando con su colega australiana Madeleine van Oppen, que trabaja aún en la Gran Barrera de Coral de Australia, obtuvieron el premio Paul G. Allen Ocean Challenge, de la fundación del cofundador de Microsoft. Los 10 000 dólares de este galardón les permitieron poner en marcha, por fin, el proyecto de supercorales. Dos años después, la misma fundación le otorgó cuatro millones de financiación, con los que fundó el Gates Coral Lab (actualmente Coral Resilience Lab) y pudo dar alas a su proyecto de evolución asistida acelerada con tres estrategias: el llamado entrenamiento térmico por el que sometía a fragmentos de coral a estrés por calor, descubriendo que tienen memoria epigenética (es decir, que recuerdan el aumento de las temperaturas y activan mecanismos biológicos en cada evento); la cría selectiva de los ejemplares de coral más resistentes; y el cambio de las algas y bacterias que tenían por otras que sobreviven mejor dentro del tejido coralino. Sus hallazgos demostraron al mundo que los corales no eran víctimas pasivas del cambio climático, sino organismos con recursos biológicos ocultos que podían ser potenciados para defenderse, acelerando la adaptación por selección natural.

Logotipo del Coral Resilience Lab.

Con estas certezas científicas, en 2017 lanzó el primer taller de restauración con estos supercorales.  «No puedo soportar la idea de que las generaciones futuras no experimenten un arrecife de coral. La misión es comenzar a resolver el problema, no solo estudiarlo», aseguraba Ruth. Bien es verdad que también hubo críticas de quienes consideran que soltar estos corales modificados podía convertirlos en especies invasoras y acabar con otros menos fuertes, uniformizando las poblaciones y aumentando el riesgo ante enfermedades por falta de diversidad genética; pero Ruth alertaba que de todas las formas la selección natural no iba a llegar a tiempo al ritmo del calentamiento. Por desgracia, diez años después el océano global ha batido récord absoluto de temperatura, las previsiones más optimistas indican que para 2050 se alcanzarán 1,8 ºC más de temperatura global respecto al periodo preindustrial y, con esas condiciones, podríamos perder casi el 99 % de los arrecifes de coral vivos.

A esta faceta científica, Ruth también sumó su activismo. Detectó el daño de determinados protectores solares a los corales y logró que en 2018 varios productos se prohibieran en este archipiélago y más adelante en otros lugares turísticos, como la Ribera Maya en México o Palaos. En concreto, se veta a los que tienen octinoxato y oxibenzona (en la UE se siguen vendiendo, y también tenemos corales). Además, organizaba continuas actividades en Hawái para concienciar a pescadores y niños de la importancia de proteger los arrecifes, y no dudó en implicarse en el mencionado documental Chasing Coral, donde explicaba en 2017 su trabajo y alertaba:

Estamos ante la erradicación de un ecosistema entero durante nuestra propia vida.

Asimismo, en 2015, se convirtió en la primera mujer en ser presidenta de la Sociedad Internacional de Estudios de Arrecifes (ISRS), cargo desde el que no solo modernizó la organización, sino que abrió la puerta a una nueva generación de científicas. Ese mismo año pasó a dirigir el HIMB. Incluso en su vida personal fue un icono, al visibilizar el lesbianismo en la comunidad científica. Tenía tanta energía vital que llegó a ser cinturón negro de kárate y a crear en Hawái una academia de este deporte.

En mayo de 2018, cuando su carrera estaba en auge, le fue detectado un cáncer cerebral. Prematuramente, falleció el 25 de octubre de ese año debido a complicaciones en una cirugía por diverticulitis, sin relación con su diagnóstico anterior.

Su legado es inmenso. Hoy siguen en marcha sus proyectos, no solo en Hawái sino también en laboratorios de Arizona y Florida; la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) financia proyectos basados en sus hallazgos, y también en la amenazada Gran Barrera de Coral. Unas famosas becas de biología marina llevan su nombre.

Ruth Gates no vio cómo desaparecen todos los arrecifes de coral de la Tierra, como temía, quizá porque fue tuvo una muerte prematura, pero sobre todo porque trabajó intensamente para que ese 0,1 % del océano, del que depende el 25 % de la vida marina, sigan teniendo un futuro en este planeta.

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

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Sabiha Kasimati, ictióloga

Sabiha Kasimati.

La ictióloga Sabiha Kasimati (1912-1951) nació un 15 de septiembre.

Dedicó gran parte de su actividad científica al estudio de la biología de los peces marinos que habitan en lagunas y pantanos. Trató analíticamente la riqueza ictiológica de Albania, según las áreas, los problemas de la cría y el cultivo necesario de algunas especies, especialmente la carpa, la trucha de Ohrid, la lubina europea, etc. 

Se le atribuye la creación de la idea de un Museo Nacional de Ciencias de Albania.

Fue arrestada por el régimen comunista el 20 de febrero de 1951, tras el atentado contra la embajada soviética, y pocos días después fue ejecutada sin juicio junto con otros 21 intelectuales. 

Más información

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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Rachel Carson

Rachel Carson

Imagen de fondo: Alfred Eisenstaedt / The LIFE Picture Collection / Getty Images.

Llanto por un medioambiente
que tú y yo, humanos, ensordecemos.
Primavera silenciosa.

Para saber más sobre Rachel Carson y su investigación

Nota de la autora

Un sciku consiste en una tapa de ciencia, elaborada con una breve pieza poética y servida en tres líneas. Tal y como indica su nombre, está inspirado en el haiku japonés y, como este, suele componerse de tres versos con cinco, siete y cinco sílabas, respectivamente, sin ningún tipo de rima. En español, debido a la longitud de la mayoría de las palabras, también puede emplearse la combinación 8/11/8.

Sobre la autora

Laura Morrón Ruiz de Gordejuela es licenciada en Física por la Universidad de Barcelona especializada en el campo de la protección radiológica, con un máster en Ingeniería y Gestión de Energías Renovables por IL3. Técnica de apoyo del Secretariado de Divulgación Científica y Cultural de la Universidad de Sevilla. Autora del libro A hombros de gigantas, obra que ha tenido continuidad en esta sección.

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Un problema de capicúas

Hoy proponemos un sencillo problema de matemáticas.

Los números enteros positivos x y x + 312 son capicúas.​ El número x tiene cuatro cifras y x + 312 tiene cinco.

¿Cuál es la suma de las cifras de x?

Billetes de transporte capicúas. Wikimedia Commons.

En este enlace puedes ver la solución.

Nota

Adaptado de Calendrier mathématique 2025

Sobre la autora

Marta Macho Stadler es doctora en matemáticas, profesora del Departamento de Matemáticas de la EHU y colaboradora en la Cátedra de Cultura Científica de la EHU.

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La paradoja antártica: nunca supimos tanto sobre el continente helado, pero quizá no sabemos lo necesario

 

Virginia Morandini, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Base Antártica Española Juan Carlos I. UTM-CSIC.

En 1959, en plena Guerra Fría, doce naciones se sentaron a negociar el futuro de un continente en el extremo sur del planeta y casi completamente cubierto de hielo. El resultado fue el Tratado Antártico, un acuerdo internacional que estableció que la Antártida debía ser un continente dedicado a la paz y la ciencia.

Aquel tratado creó un sistema de gobernanza único para un lugar único. Décadas después, para reforzar su protección ambiental, se firmó en Madrid el llamado Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente o Protocolo de Madrid. En él se declaró la Antártida como una reserva natural dedicada a la paz y la ciencia, prohibiendo la explotación de recursos minerales, salvo con fines científicos.

En la actualidad, el tratado cuenta con 58 miembros y su conservación depende de la cooperación internacional y la capacidad de alcanzar acuerdos entre países. Durante más de 60 años, este sistema ha mantenido el continente helado como un espacio excepcional de cooperación científica internacional.

Hoy en día, la Antártida está más vigilada que nunca. Satélites, bases científicas, barcos oceanográficos, sensores remotos y campañas internacionales producen cada año una enorme cantidad de datos sobre el hielo, el océano, el clima y sus ecosistemas. Sabemos más que nunca sobre su fauna, el retroceso del hielo y la contaminación.

Sin embargo, más ciencia no significa necesariamente mejores decisiones.

En un estudio publicado recientemente en People and Nature, planteamos precisamente esta paradoja: la investigación actual en el continente helado produce una gran cantidad de información, pero no siempre genera el conocimiento necesario para guiar su protección.

Un caso reciente: la pesca de kril

La península antártica es una de las zonas donde coinciden con más intensidad la pesca de kril –pequeños crustáceos marinos– y la presencia de especies que dependen de él, como pingüinos, focas, peces y ballenas. Por eso, a la hora de regular la pesca no basta solo con fijar un límite total de capturas. Si una parte demasiado grande de esta actividad se concentra en una zona especialmente sensible, el riesgo ecológico puede aumentar aunque el cupo total no se haya superado.

Para reducir ese riesgo, desde 2009 la medida CM 51-07 distribuía espacialmente el límite precautorio de captura de kril entre varias subáreas de pesca. Por ejemplo, el límite total para el Área 48 era de 620 000 toneladas por temporada, pero la subárea 48.1, que abarca gran parte de la península antártica, tenía un cupo específico de 155 000. Ese reparto buscaba evitar que la presión pesquera se concentrara excesivamente en esta región a la vez frágil, productiva y codiciada por la actividad pesquera.

En 2024, la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, el organismo internacional que regula la pesca en el océano Austral, se reunió para decidir si mantenía ese reparto espacial del cupo de kril. La medida expiró y no se renovó.

En consecuencia, desde la temporada de pesca de 2025, ya no está distribuido el límite de captura de kril entre esas subáreas de pesca. Su expiración se debió a la dificultad de alcanzar un acuerdo entre los países miembros del tratado con la información científica disponible. Este caso mostró hasta qué punto la gestión de la Antártida depende de contar con una base científica sólida, compartida y útil para apoyar decisiones colectivas.

Un pequeño crustáceo semitransparente flotando sobre una roca
Kril antártico. Tarpan/Shutterstock.

Una protección bajo presión

Cuando los datos no son suficientes, no son comparables o no se traducen en acuerdos sólidos, las decisiones pueden acabar reflejando más los bloqueos políticos y los intereses económicos que el principio de precaución.

Hoy, esto importa especialmente porque hay una fecha en el horizonte: 2048. El Protocolo de Madrid, que prohibió la explotación de recursos minerales salvo con fines científicos, podría ser revisado a partir de ese año. Se espera que en el futuro el continente sea físicamente más accesible que cuando se diseñó su actual marco de protección. Las proyecciones indican que las zonas libres de hielo podrían aumentar alrededor de un 25 % hacia finales de siglo, aumentando su accesibilidad y modificando los intereses geopolíticos y económicos sobre el territorio.

Si llegamos a posibles debates sobre recursos minerales, presencia humana o nuevas formas de explotación sin una ciencia integrada, sostenida y aceptada como base común, la protección de la Antártida podría depender más de negociaciones políticas que de una evaluación sólida de los riesgos.

La opacidad epistémica antártica

En nuestro trabajo usamos el concepto de «opacidad epistémica» para describir una situación aparentemente paradójica: puede haber muchos datos científicos y, aun así, faltar una visión clara, integrada y útil para tomar decisiones.

La opacidad surge cuando la información existe, pero está fragmentada. Cuando los estudios no son comparables entre regiones. Cuando los datos científicos disponibles no responden directamente a las preguntas que deben resolver quienes toman decisiones. O cuando la información científica existe, pero no llega de forma integrada, comprensible y útil a los espacios donde esas decisiones se toman.

En la Antártida, este problema no se debe a la falta de buena ciencia. La investigación antártica ha producido descubrimientos fundamentales para entender el planeta. El problema está en cómo se organiza, financia, coordina y utiliza esa ciencia. Un estudio reciente sobre seguimiento a largo plazo en la Antártida mostró, por ejemplo, que más del 60 % de las investigaciones se centran en megafauna carismática, como pingüinos y mamíferos marinos.

La solución no es simplemente producir más artículos científicos. Es generar conocimiento más integrado, mantenido en el tiempo y conectado con las necesidades de conservación y gobernanza. Esto implica reforzar los seguimientos a largo plazo, armonizar protocolos, coordinar observatorios, compartir datos y asegurar que las regiones y procesos menos visibles también formen parte de la agenda científica.

Afortunadamente, la comunidad científica antártica no es ajena a este problema. En los últimos años han surgido iniciativas internacionales que avanzan en esa dirección: mayor coordinación entre programas, integración de datos, identificación de prioridades comunes y esfuerzos para conectar mejor la ciencia antártica con la toma de decisiones. Son pasos importantes. Pero ¿serán suficientes y llegarán a tiempo?

Lo que ocurre en la Antártida no se queda allí

La Antártida no está tan aislada como solemos pensar. En la temporada 2024–25 recibió 118 491 turistas, una cifra impensable hace pocas décadas.

No podemos seguir viviendo de espaldas a este continente. Lo que pasa en el resto del planeta llega hasta allí en forma de calentamiento, contaminación, presión pesquera, turismo o enfermedades emergentes. Y lo que ocurre allí puede repercutir en el resto del mundo a través del clima, el océano, el nivel del mar y la biodiversidad.

Mirar hacia la Antártida ya no es solo una cuestión científica o geográfica. Es una forma de preguntarnos si sabremos proteger algo antes de perderlo.The Conversation

Sobre la autora

Virginia Morandini, Investigadora Ramón y Cajal en Ecología Antártica y Cambio Global, Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Ir al artículo original.

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Nina Starr Braunwald, la cirujana que dio forma con sus manos a los recambios para el corazón

El historiador griego Plutarco recogió en uno de sus textos lo que se conoce como la paradoja del barco de Teseo. Esa paradoja consiste en plantearse si un barco que sale de un puerto, y durante el viaje va reemplazando todas sus piezas sigue siendo el mismo barco, o si por el contrario no puede considerarse que sea la misma nave ya que no conserva ninguna de las partes que lo formaba cuando partió.

Es intrigante pensar, aunque no podamos saberlo, si cuando a mediados del siglo XX la cirugía cardíaca se encontraba a las puertas de la revolución que causaría el desarrollo, experimentación y finalmente generalización de prótesis cardíacas, sus protagonistas se plantearían esta paradoja, aplicada a su propio campo: ¿es un corazón al que se le van reemplazando distintas partes el mismo corazón que latía en origen en el pecho del paciente intervenido?

Nina Braunwald. Research Gate.

Nina Starr Braunwald, médica y cirujana, desarrolló su carrera en esa época, cuando operaciones de corazón que hoy resultan, si no rutinarias, al menos habituales, estaban empezando a concebirse como posibles gracias a nuevas técnicas quirúrgicas. Ella reunía en su perfil profesional y científico dos aspectos esenciales en este desarrollo: por un lado, evidentemente, el de una cirujana, pero por otro, y esto resultaba menos evidente de partida pero igual de esencial, el de una persona acostumbrada a construir cosas con sus propias manos, ya que ella misma diseñó y fabricó algunas prótesis que probó experimentalmente y finalmente implementó en sus pacientes.

De construir cosas a operar

Nina Starr nació el 2 de marzo de 1928 en Brooklyn, Nueva York. Hija de un médico, desde pequeña mostró habilidad para trabajar con las manos: construía objetos, pintaba y dibujaba. Estudió Medicina en la Universidad de Nueva York. Aquella combinación entre el interés por la medicina y el trabajo manual terminaría orientándola hacia la cirugía.

En 1952 comenzó sus prácticas y residencia en el Bellevue Hospital de Nueva York, donde fue una de las primeras mujeres que se formaron en cirugía general. Continuó después su preparación en el Georgetown University Medical Center y realizó una estancia posdoctoral en el laboratorio del cirujano Charles Hufnagel, uno de los pioneros en el desarrollo de válvulas cardíacas artificiales.

La cirugía del corazón era entonces un campo reciente. Las técnicas capaces de mantener artificialmente la circulación y la oxigenación de la sangre durante una operación permitían, desde hacía poco tiempo, trabajar dentro de un corazón temporalmente detenido sin perder la vida del paciente. Eso abría posibilidades que pocos años antes habían sido imposibles, como la de tratar válvulas dañadas y sustituirlas por dispositivos artificiales. Braunwald se incorporó al entonces llamado National Heart Institute y comenzó a trabajar en la Clínica de Cirugía.

Una pieza nueva dentro del corazón

Las válvulas cardíacas cumplen una función esencial en la circulación sanguínea: hacer que la sangre circule en la dirección correcta al contraerse el corazón, impidiendo que ésta retroceda cuando el corazón se expande de nuevo. La válvula mitral cumple esa función entre las dos cavidades izquierdas del órgano, y cuando está dañada, el mecanismo deja de funcionar correctamente y la salud del paciente se ve afectada. Hoy existen distintas opciones para reparar o reemplazar válvulas enfermas, pero a finales de los años cincuenta desarrollar una prótesis capaz de cumplir esa función seguía siendo un desafío técnico y quirúrgico.

Braunwald centró parte de su investigación en ese problema, trabajando para desarrollar una prótesis que pudiese sustituir completamente la válvula mitral. En 1959 publicó sus resultados, un dispositivo que utilizaba láminas flexibles de poliuretano y tiras de teflón para desempeñar la función de las cuerdas tendinosas, las estructuras que ayudan a controlar el movimiento de la válvula natural. Antes de utilizarlo en una persona, Braunwald lo probó en una serie de experimentos con perros.

El 11 de marzo de 1960 llegó el momento de utilizarlo en una paciente humana. Era una mujer de 44 años con insuficiencia mitral y fallo cardiaco muy avanzado. Braunwald y su equipo sustituyeron su válvula mitral por la prótesis que había diseñado. La intervención se realizó utilizando circulación cardiopulmonar artificial. La evolución posoperatoria fue buena y la paciente pudo abandonar el hospital. Murió de forma repentina cuatro meses después, probablemente a consecuencia de una arritmia.

Nina Braunwald operando. Research Gate.

La intervención no convirtió aquel primer diseño en una solución definitiva ni eliminó todos los problemas asociados a las prótesis valvulares, pero sí demostró que era posible sustituir por completo una válvula mitral humana por un dispositivo artificial y que una paciente podía recuperarse de la operación y regresar a casa. Aquella intervención es considerada el primer reemplazo exitoso de una válvula mitral.

Diseñar para que el cuerpo acepte una máquina

Entre 1965 y 1968 fue subdirectora de la Clínica de Cirugía del Instituto Nacional del Corazón. Braunwald continuó trabajando en el desarrollo de prótesis cardiacas. Uno de los principales problemas de introducir materiales artificiales en el sistema circulatorio es el riesgo de que favorezcan la formación de coágulos y trombos que causen graves daños al paciente, incluso la muerte.

A finales de los años sesenta, Braunwald comenzó a colaborar con los Laboratorios Cutter en una nueva válvula mecánica que intentaba reducir ese problema mediante el recubrimiento de partes de la prótesis con tejido sintético. La idea era favorecer que el tejido del propio paciente creciese sobre aquella superficie reduciendo así el riesgo de aparición de coágulos.

El resultado fue la válvula Braunwald-Cutter, una prótesis mecánica cuya utilización clínica comenzó en 1968 y que llegó a implantarse en miles de pacientes. No era simplemente una mejora de la primera válvula, sino que representaba otro intento de resolver uno de los problemas fundamentales de cualquier prótesis situada dentro del corazón: la interacción entre los materiales artificiales y la sangre.

Sin embargo, y aunque se utilizó ampliamente, esta válvula y la solución que proponía suponía sus propios problemas: con el tiempo el recubrimiento de la Braunwald-Cutter se iba deteriorando, y su utilización clínica acabó abandonándose. El Museo Smithsonian conserva ejemplares de estas válvulas y las presenta como un ejemplo de una idea de ingeniería puntera y razonable en su momento que, en la práctica, mostró limitaciones importantes.

En 1968 dejó el NIH y se trasladó a la Universidad de California en San Diego, donde ocupó un puesto como profesora asociada de cirugía y creó un programa de cirugía cardiovascular. En 1972 se trasladó a Boston como profesora asociada de cirugía en Harvard Medical School y desarrolló su actividad en distintos hospitales de la zona, entre ellos Boston Children’s Hospital, Brigham and Women’s Hospital y el hospital de veteranos de West Roxbury.

Braunwald siguió investigando otras formas de reemplazar válvulas y de reducir la formación de coágulos alrededor de prótesis y dispositivos de asistencia circulatoria. Entre sus contribuciones estuvieron el desarrollo de injertos de la válvula aórtica de un donante (llamados homoinjertos) para utilizarlos como sustitutos de la válvula mitral y el empleo experimental de cultivos de tejidos sobre superficies artificiales.

Una cirujana donde casi no había mujeres

Todo aquello ocurrió además en una especialidad en la que la presencia femenina brillaba por su prácticamente completa ausencia. Braunwald fue la primera mujer certificada por el Consejo Estadounidense de Cirugía Torácica y también la primera elegida miembro de la Asociación Estadounidense de Cirugía Torácica.

Su trayectoria profesional convivió con una vida familiar igualmente intensa. Estuvo casada con el cardiólogo Eugene Braunwald y tuvieron tres hijas. Las biografías institucionales que reconstruyen su carrera señalan explícitamente el esfuerzo que supuso compatibilizar la maternidad con las exigencias de la cirugía cardiaca en una época en la que apenas había mujeres siguiendo ese camino profesional.

Nina Starr Braunwald murió en 1992, a los 64 años.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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Patricia Alvarado, sismóloga

Patricia Alvarado. Konex.

La sismóloga Patricia Alvarado (1966-2022) nació un 10 de septiembre.

Fue investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Centro de Investigaciones de la Geósfera y Biósfera (CIGEOBIO, CONICET-UNSJ).

Fue la creadora del Observatorio Sismológico del CONICET y la primera mujer en dirigir el Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES).

Desarrolló una tecnología para estudiar los sismos históricos de Argentina. Para ello se digitalizaron los registros impresos de terremotos históricos ocurridos en el territorio argentino, se generó un modelo probabilístico para la predicción de las zonas de peligro sísmico y la elaboración de un mapa de movimiento del suelo sobre la base de sismos que se produjeron anteriormente en su país. 

Más información

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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She Does Maths: Eugenia Malinnikova

Es importante transmitir a las generaciones más jóvenes que no existe una única manera de construir una carrera profesional exitosa.

Eugenia Malinnikova. Imagen: Laura M. Iraola/ICMAT.

Eugenia Malinnikova es profesora visitante distinguida en el ICMAT desde 2024. Professor en la Universidad de Stanford (EE. UU.), su investigación, siempre en torno al estudio de funciones y ecuaciones, abarca el análisis armónico, las ecuaciones en derivadas parciales elípticas y la teoría del potencial. En el mes de junio, visitó el ICMAT e impartió un coloquio especial sobre el operador de Laplace en grafos, un objeto de gran interés dentro de las matemáticas que permite, por ejemplo, representar y estudiar las relaciones en una red social.

Laura M. Iraola (LMI) ¿Cómo comenzó su interés por la investigación en matemáticas?

Eugenia Malinnikova (EM) Empezó cuando era estudiante en San Petersburgo (Rusia). Tuve un profesor excelente que impartía análisis y que, además de las clases, organizaba reuniones para estudiantes de primer curso donde discutíamos problemas interesantes. Gracias a él, me introduje en la teoría del potencial, las formas diferenciales y algunas generalizaciones de las funciones analíticas a sistemas elípticos de primer orden.

Con el tiempo fui ampliando mis intereses hacia el análisis armónico, pero para mí, todos estos temas están profundamente conectados. Aunque desde fuera puedan parecer áreas diferentes, en realidad, forman parte de una misma investigación sobre funciones, ecuaciones y sus propiedades.

(LMI) ¿Qué es lo que más le atrae de estos campos?

(EM) Me gusta su carácter concreto. Yo no trabajo con objetos muy abstractos, sino con fenómenos que poseen una interpretación física clara. Las funciones armónicas, por ejemplo, describen numerosos procesos que encontramos en nuestro entorno. Aunque mi investigación es muy teórica y no busco aplicaciones inmediatas, me resulta estimulante saber que las matemáticas que estudio están relacionadas con conceptos tan familiares como los campos magnéticos o gravitatorios.

(LMI) ¿En qué está trabajando actualmente?

(EM) Tengo varios proyectos en marcha. Llevo varios años trabajando en un problema sobre el tamaño del conjunto crítico de las funciones armónicas. Junto con mis colaboradores, buscamos obtener estimaciones cuantitativas más precisas para entender mejor cuántos puntos presentan determinados comportamientos críticos. Es un problema en el que hemos invertido mucho esfuerzo y que creemos haber resuelto recientemente. Otro de mis proyectos actuales está relacionado con el operador de Laplace y sus propiedades en grafos, tema del que hablé en el coloquio especial que impartí durante mi visita al ICMAT.

Eugenia Malinnikova impartió un coloquio especial en el ICMAT en el mes de junio. Imagen: ICMAT.

(LMI) ¿Puede explicar algo más sobre las implicaciones de esta última investigación?

(EM) En este campo, estudiamos el espectro del operador de Laplace de un grafo, es decir, sus valores propios. Una forma sencilla de visualizarlo es pensar en una red social. Podemos representar las relaciones entre personas mediante un grafo y utilizar el espectro del laplaciano del mismo para identificar comunidades o grupos estrechamente conectados. Más allá de sus implicaciones en las redes sociales, este campo nos permite pensar en fenómenos discretos. Y muchos fenómenos del mundo real son discretos. Vivimos en un mundo formado por átomos y moléculas, pero no sabemos hasta qué punto la intuición desarrollada para fenómenos continuos sigue siendo válida cuando trabajamos con estructuras discretas, como los grafos.

(LMI) Echando la vista atrás, ¿hay algún resultado del que se sienta especialmente orgullosa?

(EM) No tengo uno en particular, pero recuerdo con mucho cariño un proyecto realizado junto a Aleksander Logunov, Lev Buhovsky y Mikhail Sodin sobre funciones armónicas en una retícula bidimensional. Imagina una cuadrícula en la que cada número de cada casilla es igual a la media de los números de las cuatro casillas vecinas. Eso es lo que llamamos una función armónica en ese contexto. Dimos respuesta a preguntas muy sencillas sobre este tipo de situaciones, que nadie había respondido antes. Fue uno de los trabajos con los que más me he divertido.

Trabajo reconocido a nivel internacional

(LMI) En julio se celebró el Congreso Internacional de Matemáticos 2026, que ha albergado Filadelfia (EE. UU.). Usted fue ponente invitada en el ICM de Río de Janeiro, en 2018. [También ha sido parte del comité científico de la edición de 2026, que fue secreto hasta la celebración del congreso]. ¿Cómo es el ICM desde dentro?

(EM) Fue un gran honor recibir la invitación para Río. Antes de estar allí, imaginaba que sería un evento enorme en el que apenas habría tiempo para hacer matemáticas. Sin embargo, me sorprendió, fue lo contrario, asistí a conferencias excelentes y aprendí mucho más de lo que esperaba. Fue una experiencia muy enriquecedora.

(LMI) Uno de sus trabajos también fue reconocido en 2017 con el Clay Research Award, que recibió junto a Aleksander Logunov, por “desarrollar un nuevo método geométrico para analizar las propiedades de los problemas de valores propios elípticos”. ¿En qué consistía?

(EM) Una analogía útil es pensar en un tambor. Imagina que no conocemos su forma y lo hacemos sonar. Al hacerlo vibrar, aparecen líneas sobre la membrana que permanecen inmóviles. Una de las cuestiones consiste en estimar el tamaño de esas líneas en función de la frecuencia de vibración. Algo parecido ocurre con la cuerda de un violín: sabemos cómo el número de puntos que permanecen inmóviles depende de la nota que se está tocando. Cuanto más aguda es la nota, mayor es la frecuencia y más puntos aparecen donde la cuerda no se mueve. Nosotros estudiamos fenómenos análogos en contextos mucho más complicados y en dimensiones superiores.

Este trabajo dio lugar a una serie de herramientas geométricas y combinatorias que Aleksander Logunov utilizó, posteriormente, para abordar la conocida conjetura de Yau sobre el tamaño de los conjuntos de ceros de determinadas funciones, para la que obtuvo un resultado parcial.

(LMI) Desde 2024 es una de las profesoras visitantes distinguidas del programa Severo Ochoa del ICMAT. ¿Cómo está siendo esta colaboración?

(EM) En este grupo de trabajo, que está coordinado a nivel local por Eva Gallardo [catedrática de la Universidad Complutense de Madrid e investigadora del ICMAT], estamos abordando un proyecto complejo sobre subespacios invariantes de ciertos operadores. Partimos de un operador del que conocemos prácticamente todas sus propiedades e introducimos una pequeña perturbación. Lo sorprendente es que, de repente, todo cambia y dejamos de entender qué está ocurriendo.

Lo que es más interesante para mí es que este problema se aleja bastante de mi área habitual de investigación. Estoy aprendiendo mucho porque toca cuestiones que pertenecen más directamente a los intereses de mis colaboradores. A veces, son precisamente esos problemas difíciles e inciertos los que resultan más estimulantes.

Eugenia Malinnikova trabaja en el ICMAT en un proyecto sobre subespacios invariantes de ciertos operadores, en el grupo coordinado de forma local por Eva Gallardo (ICMAT-UCM). Imagen: Laura M. Iraola/ICMAT.

Fomento de vocaciones

(LMI) Cuando era estudiante de secundaria, ganó tres veces la medalla de oro en la Olimpiada Matemática Internacional. ¿Cree que esa experiencia influyó en su carrera?

(EM) Sí, sin duda, aunque no tanto por ganar como por el placer de resolver problemas. Participar en círculos matemáticos y en competiciones me ayudó a descubrir que aquello era realmente lo que me apasionaba. También me dio confianza al llegar a la universidad. Al mismo tiempo, comprendí que las matemáticas no son un deporte. Ahora, lo que más me interesa es aprender, disfrutar y explorar ideas.

(LMI) ¿Cree que este tipo de iniciativas son importantes para atraer a los y las jóvenes a las matemáticas?

(EM) Sí, aunque no son el único camino. Hay estudiantes que disfrutan mucho compitiendo y para ellos las olimpiadas pueden ser una fuente enorme de motivación y confianza. Pero también hay personas que prefieren trabajar con calma en los problemas y pueden llegar a ser excelentes matemáticos y matemáticas. Lo importante es que existan distintos tipos de oportunidades para descubrir las matemáticas.

(LMI) ¿Sigue colaborando con esta u otra iniciativa de fomento de vocaciones matemáticas?

(EM) Actualmente formo parte del consejo de Omega, una nueva organización de Estados Unidos que ha puesto en marcha una competición matemática. Celebramos la primera edición el pasado mes de mayo en Denver y participaron alrededor de 180 estudiantes de todo el país. Lo más bonito fue ver cómo esos chicos y chicas que se sienten solos en sus colegios porque apenas conocen a otras personas interesadas por las matemáticas recibían una enorme dosis de energía y motivación al estar en contacto con otros jóvenes.

Además, en ocasiones, imparto charlas en California, especialmente en el contexto de competiciones y campamentos de verano dirigidos a chicas. También visito clubes de matemáticas en colegios. No creo demasiado en la idea de ser un modelo a seguir, pero sí pienso que es importante que las jóvenes vean a mujeres muy diferentes disfrutando de las matemáticas. Es importante transmitir a las generaciones más jóvenes que no existe una única manera de construir una carrera profesional exitosa.

(LMI) ¿Cómo cree que es la situación para las mujeres dentro de la investigación en matemáticas?

(EM) Tengo dos hijas y durante mucho tiempo pensé que no querría que desarrollaran una carrera académica porque puede ser muy exigente. Ahora ya no lo veo así. Creo que todas las profesiones presentan retos cuando se intenta equilibrar la vida personal y profesional. Hoy es posible construir una carrera satisfactoria y, al mismo tiempo, tener una familia. Aunque aún existen diferencias entre hombres y mujeres, la situación es mucho mejor de lo que era hace décadas y sigue avanzando en la dirección correcta.

Eugenia Malinnikova durante su visita al ICMAT. Imagen: Laura M. Iraola/ICMAT

(LMI) Y, por último, ¿qué le gusta hacer cuando no está haciendo matemáticas?

(EM) La verdad es que las matemáticas son, en cierto modo, también mi afición. A veces, después de dedicar el día a tareas administrativas o docentes, llego a casa con ganas de hacer matemáticas por placer. Aparte de eso, disfruto mucho haciendo senderismo en California y asistiendo a conciertos de música clásica.

Nota

Este artículo es una colaboración del Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) con Mujeres con ciencia.

El artículo Eugenia Malinnikova (Universidad de Stanford, EE. UU., profesora visitante distinguida en el ICMAT): “Es importante transmitir a las generaciones más jóvenes que no existe una única manera de construir una carrera profesional exitosa” ha aparecido en las Entrevistas del ICMAT el 3 de septiembre de 2026.

Sobre la autora

Laura M. Iraola es doble graduada en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III de Madrid y Máster en Periodismo Cultural y Nuevas Tendencias por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es miembro de la oficina de comunicación y divulgación del Instituto de Ciencias Matemáticas (CSIC-UAM-UC3M-UCM).

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Mária Telkes y el arte de guardar el calor del Sol

Cuando pensamos en almacenamiento de energía, solemos imaginar baterías de ion litio, vehículos eléctricos o grandes sistemas capaces de equilibrar la variabilidad de las renovables. Sin embargo, almacenar energía no significa necesariamente almacenar electricidad. También puede significar algo mucho más intuitivo: guardar calor.

Mucho antes de que la transición energética se convirtiera en un concepto global, una investigadora ya había entendido que captar la energía del Sol era solo la mitad del problema. La otra mitad, más compleja, consistía en conservarla cuando el Sol desaparecía.

Mária Telkes. Imagen proporcionada por la autora.

Esa investigadora era Mária Telkes, física, química e inventora húngaro-estadounidense, conocida como la “Reina del Sol”. Su trabajo anticipó los principios del almacenamiento térmico moderno: materiales capaces de absorber calor, retenerlo y liberarlo cuando fuera necesario. Desde calefacción doméstica hasta desalinizadores u hornos solares, Telkes dedicó su vida a convertir la radiación solar en soluciones prácticas.

Su historia no es solo la de una pionera de la energía solar. Es también la de una científica que intentó transformar ideas arriesgadas en tecnología real en un mundo donde la ingeniería estaba dominada por hombres. Sus experimentos no siempre funcionaron, pero incluso sus fallos ayudaron a construir el conocimiento actual sobre almacenamiento térmico.

Una científica entre biología, energía y materiales: el reto de aprovechar el Sol

Mária Telkes nació en Budapest en 1900. Estudió fisicoquímica y se doctoró en 1924. Desde el inicio mostró un interés poco habitual: la relación entre energía, materiales y sistemas vivos. Esa combinación la llevó a una carrera marcadamente interdisciplinar.

En 1925 emigró a Estados Unidos, donde trabajó en la Cleveland Clinic como biofísica. Allí investigó cómo medir la energía en sistemas biológicos. Más tarde se incorporó a Westinghouse Electric, donde trabajó con dispositivos termoeléctricos capaces de convertir diferencias de temperatura en electricidad. Esa etapa fue clave. Telkes comprendió que el calor no era un subproducto, sino una forma de energía con identidad propia: podía captarse, transformarse y, sobre todo, almacenarse.

En 1939 entró en el MIT, dentro del Solar Energy Conversion Project. En aquel momento, la energía solar era prometedora pero limitada: abundante, sí, pero intermitente. Podía calentar durante el día, pero no resolvía la noche ni el invierno. Telkes comprendió el problema central con claridad: el Sol no falla como fuente, falla como sistema continuo. La solución no era solo captarlo, sino desplazar su energía en el tiempo.

La Segunda Guerra Mundial dio a su trabajo una dimensión urgente. Pilotos y marineros podían sobrevivir en el océano, pero no sin agua potable. Beber agua salada aceleraba la deshidratación. Telkes diseñó un desalinizador solar portátil: un sistema que evaporaba agua de mar mediante calor solar y condensaba el vapor en agua dulce. Era simple, ligero y autónomo. No era aún almacenamiento térmico, pero sí contenía su lógica esencial: capturar energía, dirigirla y convertirla en un efecto útil sin depender de combustibles.

Tras la guerra, Telkes se centró en su gran objetivo: una vivienda capaz de calentarse exclusivamente con energía solar. El reto era evidente: la calefacción se necesita cuando el Sol no está. Para resolverlo, no bastaba con captar energía. Era necesario almacenarla.

La Dover Sun House: una casa que almacenaba calor

A finales de los años 40, Telkes colaboró con la arquitecta Eleanor Raymond y la filántropa Amelia Peabody. El resultado fue la Dover Sun House, construida en 1948 en Massachusetts. El proyecto era extraordinario no solo por su tecnología, sino por su autoría: tres mujeres liderando ciencia, arquitectura y financiación en una época en la que eso era excepcional.

Mária Telkes y Eleanor Raymond frente a la Dover Sun House (1948). Fuente: Architectuul. CC BY-SA.

La casa tenía una gran fachada orientada al sur. El aire caliente se dirigía a compartimentos con 21 toneladas de sulfato de sodio decahidratado, conocido como sal de Glauber. Este material no almacenaba calor solo por temperatura, sino mediante cambio de fase. Cuando se fundía, absorbía energía sin aumentar su temperatura. Cuando solidificaba, liberaba ese calor. En términos actuales, era un material de cambio de fase. La casa funcionaba como una batería térmica: no almacenaba electricidad, sino energía en forma de transformaciones físicas. La idea era profundamente moderna: integrar captación, almacenamiento y distribución de energía en la propia arquitectura.

Durante un tiempo, la casa funcionó. La prensa la presentó como el futuro de la vivienda. Parecía posible vivir solo con el Sol. Con el tiempo, el sistema empezó a fallar. La sal se separaba en fases, los contenedores se corroían y el rendimiento térmico disminuía. En periodos sin suficiente radiación, la casa necesitaba calefacción eléctrica. Finalmente, el sistema solar fue retirado.

Pero aquello no fue un fracaso, sino una lección. La idea funcionaba en principio, pero no en condiciones reales. El problema no era solo almacenar energía, sino hacerlo de forma estable, repetible y duradera. La Dover Sun House mostró algo fundamental: entre la teoría y la práctica hay un espacio donde la ciencia se vuelve ingeniería.

Mária Telkes y el origen del almacenamiento térmico

El apodo de “Reina del Sol” ayudó a popularizar su figura, pero también simplificó su trabajo. Telkes no fue solo una entusiasta de la energía solar, sino una investigadora con una carrera técnica profunda en materiales, termodinámica y transferencia de calor. Reducir su trayectoria a un apodo es ignorar la complejidad de una de las pioneras más completas del almacenamiento térmico.

A lo largo de su vida registró más de veinte patentes. Desarrolló hornos solares, sistemas de secado, refrigeración y nuevas aplicaciones de almacenamiento térmico. Su producción inventiva no fue puntual, sino sostenida y diversa, abarcando múltiples escalas de la energía solar aplicada.

Recibió reconocimientos importantes, como el premio de la Society of Women Engineers en 1952, pero su legado no se mide solo en premios, sino en conceptos. En ciencia, los conceptos que perduran suelen ser más influyentes que los galardones que los acompañan. Su idea central era simple y radical: la energía solar solo es útil si puede almacenarse. Esta afirmación, formulada décadas antes de la transición energética actual, anticipa uno de los grandes retos de la energía renovable contemporánea.

También es importante su dimensión humana. Cuando el sistema académico no respaldó sus ideas, buscó colaboraciones fuera de él. La Dover Sun House fue posible gracias a una red de mujeres que unieron ciencia, diseño y financiación. Ese proyecto no solo fue un experimento energético, sino también un ejemplo excepcional de colaboración interdisciplinar liderada por mujeres en la ciencia del siglo XX.

Hoy, el almacenamiento térmico es una pieza clave de la transición energética. No se trata solo de electricidad: gran parte de la energía que consumimos es calor. De hecho, el calor sigue siendo la forma dominante de consumo energético en edificios e industria a nivel global.

Los edificios necesitan calefacción y refrigeración. La industria necesita vapor y procesos térmicos. En todos estos casos, almacenar calor puede ser más eficiente que convertirlo en electricidad y volver a transformarlo. Esta eficiencia directa es una de las razones por las que el almacenamiento térmico está ganando protagonismo en la descarbonización.

Existen hoy materiales avanzados, sales fundidas, cerámicas y compuestos diseñados para almacenar energía térmica durante horas o días. Pero la lógica es la misma que en la Dover Sun House. La diferencia no está en el principio físico, sino en la sofisticación de los materiales y en la ingeniería de los sistemas.

El Departamento de Energía de EE. UU. y la Agencia Internacional de la Energía consideran el almacenamiento térmico una tecnología clave para integrar renovables, estabilizar redes y descarbonizar la industria. Su inclusión en las estrategias energéticas actuales confirma la vigencia de una idea formulada hace más de medio siglo.

En ese sentido, Telkes no solo fue una pionera histórica. Fue una anticipadora conceptual. Su mayor aportación no fue un dispositivo concreto, sino una forma de entender la energía como algo que puede desplazarse en el tiempo.

Mária Telkes murió en 1995. Para entonces, la energía solar ya había cambiado de forma, pero no de problema: seguía siendo intermitente. La intermitencia, lejos de desaparecer, se ha convertido en el núcleo del desafío energético contemporáneo.

Su legado no es una tecnología concreta, sino una idea persistente: la energía no solo debe captarse, también debe conservarse en el tiempo. Esta idea atraviesa hoy toda la investigación en almacenamiento energético, desde baterías hasta sistemas térmicos.

La Dover Sun House no sobrevivió como sistema, pero sí como intuición científica. Demostró que una vivienda puede ser una máquina térmica, que los materiales pueden almacenar calor y que la arquitectura puede ser parte del sistema energético. Fue un experimento imperfecto, pero profundamente fundacional.

Hoy, cuando hablamos de transición energética, seguimos enfrentándonos a la misma pregunta que ella formuló hace más de setenta años:

¿Cómo guardamos el calor del Sol para cuando lo necesitemos?

Su respuesta fue una casa llena de sal, tubos y luz. No era perfecta, pero abrió un camino.

Porque a veces la ciencia no avanza resolviendo problemas, sino imaginando que el verano puede guardarse para el invierno.

Referencias

Sobre la autora

Tamara Cruz Tena es analista de estrategia en CIC energiGUNE.

Sobre el BRTA

Basque Research & Technology Alliance (BRTA) es una alianza que se anticipa a los retos socioeconómicos futuros globales y de Euskadi y que responde a los mismos mediante la investigación y el desarrollo tecnológico, proyectándose internacionalmente. Los centros de BRTA colaboran en la generación de conocimiento y su transferencia a la sociedad e industria vascas para que sean más innovadoras y competitivas. BRTA es una alianza de 17 centros tecnológicos y centros de investigación cooperativa y cuenta con el apoyo del Gobierno Vasco, SPRI y las Diputaciones Forales de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa.

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El objetivo es el conocimiento

Imagen de fondo: Ada Yonath realizando una prueba de cristalización. UNESCO

La gente siempre habla de las implicaciones y las aplicaciones de un proceso, pero para mí el objetivo es, sencillamente, el conocimiento. El conocimiento puede tener una aplicación práctica hoy, dentro de 20 años o dentro de 500 años. Pregúntale a Newton. Él no sabía que habría investigación espacial basada en su «accidente» con la manzana.

Ada Yonath, cristalógrafa

Fuente de la cita

Ada Yonath Quotes, BrainyQuote

Para saber más

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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Hemos resuelto muchos misterios médicos. ¿Dónde están las curas?

La Dra. Saloni Dattani es investigadora, escritora, editora, presentadora de podcasts y visualizadora de datos. Entre otros, es cofundadora y editora de la revista Works in Progress centrada en ciencia, salud global e innovación médica. Su formación académica combina ciencias biomédicas, genética, epidemiología y psiquiatría. En 2023, obtuvo su doctorado, con una tesis centrada en las diferencias en el diseño de los estudios y cómo estas pueden influir en los resultados en el campo de la genética psiquiátrica.

En esta conferencia TED2026 (en inglés, con subtítulos en castellano) Saloni Dattani analiza la silenciosa revolución de la innovación médica que ha reducido drásticamente las tasas de mortalidad de enfermedades como las cardíacas y la malaria. También pone de manifiesto los incentivos erróneos que han retrasado durante décadas otros tratamientos que salvan vidas. «Las enfermedades no son una realidad ineludible», afirma. «Son problemas que podemos resolver».

Cuando el progreso se produce de forma gradual, rara vez se considera noticia. Y creo que es un problema. Creo que es parte de la razón por la que la gente no sabe lo importante que ha sido todo esto, la salud pública, las vacunas y todo lo demás, para mejorar la vida de las personas.

Transcripción del vídeo.

Edición realizada por Marta Macho Stadler

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