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El océano se está volviendo más azul a causa de El Niño, y no es una buena noticia

El océano no siempre es tan azul como parece desde la orilla. En algunas de sus regiones, una multitud de organismos microscópicos tiñe el agua de verde y sostiene buena parte de la vida marina. En cambio, las últimas observaciones por satélite del Pacífico ecuatorial revelan un cambio de tonalidad que va más allá de lo estético.

La transformación coincide con el episodio de El Niño que atraviesa el planeta este año. Este fenómeno, caracterizado por un calentamiento anómalo de las aguas del Pacífico tropical, altera los vientos y la circulación oceánica, dificultando que lleguen nutrientes a la superficie.

EL FENÓMENO QUE DESAFÍA EL CLIMA

Una de las señales tempranas de El Niño apareció en enero de 2026, cuando los satélites detectaron una onda Kelvin cerca de Micronesia. Se trata de un pulso de agua cálida capaz de recorrer miles de kilómetros y transportar calor a través del océano, como una corriente invisible que modifica las condiciones marinas a su paso.

Cuando estas aguas más cálidas avanzan hacia el este, también alteran la atmósfera que tienen encima. Los vientos alisios, que normalmente empujan las aguas superficiales desde América hacia Asia, se debilitan e incluso pueden cambiar de dirección. Este mecanismo favorece un calentamiento adicional y contribuye a reforzar el fenómeno.

Récord histórico

Las mediciones de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) confirman la intensidad del episodio. En su informe más reciente, la agencia señala que las temperaturas superficiales en algunos sectores del Pacífico ecuatorial oriental superaron en más de 4 °C los valores habituales. La NOAA estima en un 83 % la probabilidad de que el episodio alcance una intensidad histórica durante el periodo de octubre a diciembre.

Para observar esta transformación, la NASA ha recurrido a PACE, un satélite diseñado para estudiar el plancton, los aerosoles y las nubes. Su instrumento de color oceánico registra distintas longitudes de onda de la luz, lo que permite detectar variaciones sutiles en el agua que resultarían imperceptibles a la vista. Al comparar las mediciones con el año anterior, los científicos se dieron cuenta de que aparece más azul y menos verde.

La explicación está en el fitoplancton, un conjunto de organismos microscópicos que incluye miles de especies y que realiza la fotosíntesis, como las plantas terrestres. Su abundancia influye en el color del mar: determinadas concentraciones de estos organismos y de sus pigmentos verdes modifican la luz que refleja el agua. Cuando disminuyen, el océano puede adquirir una tonalidad más azulada.

¿Por qué sucede esto?

El fitoplancton prospera cuando dispone de luz y de nutrientes disueltos en el agua. En condiciones habituales, los vientos favorecen el ascenso de aguas profundas, más frías y ricas en estos compuestos, hacia las capas superficiales donde crecen los organismos fotosintéticos. Este proceso, conocido como afloramiento, funciona como un suministro natural de alimento para buena parte de la vida microscópica del océano.

Durante El Niño, el debilitamiento de los vientos alisios reduce ese aporte de nutrientes en determinadas regiones del Pacífico. Con menos recursos disponibles, las poblaciones de fitoplancton pueden disminuir. La NASA advierte que este descenso puede desencadenar efectos en cascada en la red trófica marina: “Los organismos que se alimentan de plancton pueden encontrar menos comida y desplazarse hacia otras zonas en busca de mejores condiciones”.

El cambio de tonalidad observado desde el espacio se convierte así en una señal para vigilar la salud del ecosistema. El fitoplancton ocupa una posición fundamental en la base de la cadena alimentaria marina, de la que dependen numerosos peces y otros animales. Aunque las imágenes no permiten concluir por sí solas cuánta vida ha desaparecido ni medir todas las consecuencias ecológicas, sí muestran cómo un fenómeno atmosférico puede alterar las condiciones de las que depende la vida bajo la superficie.

© iStock

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Se buscan voluntarios para estudiar animales salvajes en Sudáfrica

Si alguna vez has soñado con seguir las huellas de animales salvajes por las tierras áridas del sur de África, esta puede ser tu oportunidad. En el desierto del Kalahari, donde las temperaturas suben y la vida se abre paso entre la arena y los matorrales, las suricatas salen de sus madrigueras al amanecer para buscar alimento, vigilar el horizonte y mantener a salvo a sus crías. Ahora, un centro de investigación busca voluntarios dispuestos a acompañarlas de cerca y contribuir al estudio de su comportamiento.

Pero hay un detalle importante: no se trata de un viaje para acariciar animales ni de unas vacaciones entre dunas. El trabajo requiere caminar durante horas bajo el sol, seguir grupos en libertad y recopilar datos científicos con rigor. La experiencia está pensada principalmente para personas con formación en ciencias biológicas y exige un compromiso de doce meses. Una aventura en plena naturaleza, sí, pero también una auténtica inmersión en la investigación de campo.

Un año siguiendo a las suricatas

El Centro de Investigación del Kalahari ofrece puestos de voluntariado vinculados a tres proyectos científicos centrados en la fauna de este entorno. Su trabajo se desarrolla en una granja y sus alrededores, en el sur de África, donde los investigadores estudian las relaciones sociales, la reproducción y la adaptación de distintas especies. Aunque las suricatas son las grandes protagonistas para muchos amantes de los animales, también existen proyectos dedicados a las ardillas terrestres del Cabo y a las ratas topo.

Quienes se incorporen al proyecto de las suricatas acompañarán a estos pequeños mamíferos durante buena parte de su jornada. El día comienza al amanecer, cuando abandonan sus madrigueras, y continúa con el registro de su peso, sus movimientos, sus interacciones y sus hábitos alimentarios. Los voluntarios también anotan ubicaciones mediante GPS y aprenden a localizar a los grupos con equipos de radiotelemetría. Por la tarde, vuelven al terreno para observar cómo se desplazan hasta sus refugios nocturnos.

El objetivo va mucho más allá de contemplar de cerca a unos animales carismáticos. El proyecto lleva más de dos décadas estudiando grupos de suricatas para comprender cómo cooperan, cómo cuidan de sus crías y qué conflictos surgen dentro de sus sociedades. 

Alojamiento, comida y formación

La experiencia incluye alojamiento en una habitación privada, acceso a internet limitado y las comidas básicas, además de una pequeña asignación mensual de 30 euros para desplazamientos y gastos fuera de las jornadas. El centro también cubre los transportes terrestres dentro de Sudáfrica desde y hasta la estación de investigación. Las cenas se preparan cinco días a la semana, mientras que los voluntarios se organizan para cocinar durante los fines de semana.

A cambio, los participantes reciben formación en técnicas útiles para la investigación de campo, como el seguimiento por radio, el muestreo del comportamiento, el manejo de animales y la gestión de datos. Según sus intereses y experiencia, también pueden colaborar en experimentos, mantener equipos o ayudar a habituar a los animales a la presencia humana, una tarea fundamental para poder observarlos sin alterar en exceso sus rutinas.

¿Qué necesitas para solicitar una plaza?

El centro busca principalmente candidatos con una titulación en ciencias biológicas, por ejemplo, en ecología, comportamiento animal u otras disciplinas relacionadas. La experiencia previa en campo o laboratorio se valora positivamente, aunque no es imprescindible, ya que los voluntarios reciben formación antes de asumir sus tareas habituales.

El compromiso mínimo es de dos meses, con cinco días y medio de trabajo a la semana en los proyectos de suricatas y ardillas terrestres, y un día completo de descanso. Además, cada voluntario debe disponer de un seguro médico propio que cubra los riesgos básicos asociados al trabajo de campo.

© shutterstock

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Así funcionaba el extraño "molino" de los dinosaurios

Imagina que despiertas en plena Era Mesozoica. El aire está cargado de humedad, la vegetación se extiende hasta donde alcanza la vista y, entre los árboles, una criatura gigantesca arranca hojas con su mandíbula. Caminas con cuidado para no llamar su atención y, de repente, ves a otro dinosaurio detenerse, agachar la cabeza y tragarse algo entre la maleza: una piedra. No parece tener ningún sentido. ¿Para qué querría un animal comerse una roca? La respuesta está en su estómago.

Porque aquellas piedras no eran necesariamente un accidente ni una extravagancia del mundo prehistórico. Algunos dinosaurios podían utilizarlas como auténticos molinos internos, aprovechando la fuerza de un estómago musculoso para triturar el alimento después de haberlo tragado. Pero no todos lo hacían de la misma manera. Ahora, un equipo internacional de investigadores ha descubierto que la pista no está simplemente en encontrar piedras dentro de un fósil, sino en observar cómo eran esas piedras cuando acababan su viaje por el aparato digestivo.

Las piedras que los dinosaurios tragaban a propósito

Los gastrolitos son piedras que algunos animales ingieren voluntariamente y que permanecen durante un tiempo en el aparato digestivo. En las aves herbívoras actuales, como las gallinas o los gansos, cumplen una función muy particular: llegar hasta la molleja, una zona del estómago extraordinariamente musculosa que se contrae con fuerza y ayuda a triturar los alimentos.

La comparación con un molino resulta especialmente útil para entender qué ocurría dentro de estos animales. Cuando una criatura consume semillas, hojas u otros materiales vegetales difíciles de descomponer, necesita alguna forma de romperlos en fragmentos más pequeños. En las aves, esa tarea no depende únicamente del pico: el alimento continúa su recorrido hasta un estómago capaz de ejercer una enorme presión sobre él.

Durante décadas, los paleontólogos pensaron que algo parecido podía explicar las piedras encontradas junto a los restos de numerosos dinosaurios. Si aparecía un conjunto de gastrolitos en la región abdominal de un fósil, se interpretaba con frecuencia como una señal de que aquel animal era herbívoro. El problema es que también existen carnívoros actuales y extintos que tragan piedras, por lo que su simple presencia no podía contar toda la historia.

La clave estaba en la forma, no en la presencia

El nuevo estudio, liderado por Ryuji Takasaki, de la Universidad de Okayama de Ciencias, plantea una pregunta aparentemente sencilla: si las piedras permanecían durante mucho tiempo dentro de un estómago musculoso que las hacía chocar y rozarse constantemente, ¿no deberían terminar desgastándose?

La respuesta es precisamente lo que los investigadores han encontrado. Las piedras sometidas a una fuerte actividad mecánica tienden a hacerse más redondeadas, mientras que aquellas que no experimentan ese proceso de abrasión conservan formas más angulosas. Así, una piedra puede convertirse en una especie de registro fósil de lo que ocurría en el interior del estómago del animal.

Para comprobarlo, el equipo analizó más de un centenar de individuos pertenecientes a 46 especies actuales de aves y cocodrilos, con dietas muy diferentes. El resultado mostró una relación clara: cuanto más musculoso era el estómago en proporción al cuerpo, más redondeados tendían a ser los gastrolitos. La forma de la piedra, por tanto, no dice directamente "este animal era herbívoro", sino algo más concreto: "este estómago tenía capacidad para moler".

Dos maneras muy diferentes de digerir una planta

Cuando los investigadores llevaron este modelo al registro fósil, analizaron 29 especímenes pertenecientes a 16 especies de dinosaurios. Entre ellos había representantes de tres grandes grupos: terópodos, saurópodos y ornitisquios. En muchos casos, las piedras no podían extraerse de la matriz rocosa que las rodeaba, así que el análisis tuvo que hacerse observando directamente los gastrolitos conservados en los fósiles o en fotografías de alta resolución.

El resultado dibujó una historia mucho más compleja de la digestión de los dinosaurios. Los ornitisquios herbívoros, entre ellos Psittacosaurus y Haya, presentaban principalmente gastrolitos angulosos. Algo similar ocurría con grandes saurópodos de cuello largo como Diplodocus y Cedrosaurus. Sus piedras no mostraban las señales esperadas de haber sido sometidas a una intensa molienda dentro del estómago.

Eso no significa que estos dinosaurios no fueran capaces de digerir plantas. Significa que probablemente utilizaban otras estrategias. Los ornitisquios podían recurrir a una masticación oral muy eficaz, gracias a dientes especializados y potentes músculos mandibulares. Los saurópodos, en cambio, tenían una capacidad de masticación mucho más limitada y probablemente dependían de largos tiempos de retención del alimento y de la fermentación microbiana, un sistema comparable en ciertos aspectos al de grandes herbívoros actuales como los elefantes.

un estómago que funcionaba como un molino

La historia cambia cuando aparecen los terópodos, el gran grupo de dinosaurios que incluye tanto a depredadores como al linaje que acabaría dando lugar a las aves. En varias especies estudiadas, las piedras encontradas en el aparato digestivo eran notablemente más redondeadas, una señal compatible con la existencia de un estómago musculoso y mecánicamente activo.

Especies como Archaeorhynchus, Caudipteryx, Jeholornis y Limusaurus presentaban gastrolitos redondeados. La imagen que emerge es la de un sistema digestivo capaz de realizar una parte importante del trabajo que, en otros dinosaurios, podía comenzar en la boca. El alimento entraba en el organismo y, posteriormente, el estómago podía encargarse de triturarlo mediante movimientos musculares.

Pero incluso aquí aparece una excepción reveladora. Tarbosaurus, un gran terópodo carnívoro, poseía numerosos gastrolitos que permanecían angulosos. La interpretación propuesta por los investigadores encaja con una función diferente: en un carnívoro, las piedras podían estar relacionadascon la digestión de las presas sin que necesariamente fueran utilizadas como un abrasivo para molerlas. Tener muchas piedras, por sí solo, seguía sin ser suficiente para conocer el funcionamiento del estómago.

Cuando la digestión pudo cambiar la evolución del cráneo

Este traslado de funciones desde la boca hacia el estómago pudo tener consecuencias que iban mucho más allá de la digestión. Si un animal ya no necesitaba unas mandíbulas tan potentes para triturar determinados alimentos, podía reducir el tamaño de los músculos mandibulares y liberar espacio dentro del cráneo.

Los investigadores plantean que este proceso pudo favorecer, con el tiempo, cambios en la anatomía craneal de algunos grupos de terópodos y contribuir a la expansión del cerebro y de los órganos sensoriales. Es una hipótesis especialmente sugerente porque conecta algo aparentemente cotidiano, cómo se procesa la comida, con transformaciones profundas en la anatomía de un linaje que terminaría dando lugar a las aves.

Eso sí, el estudio mantiene una cautela importante: esta conexión entre la evolución de la digestión y la expansión del cerebro todavía no está demostrada directamente. Los autores la presentan como una posible vía de investigación para comprender cómo los cambios en la alimentación pudieron influir en la evolución del cráneo y del cerebro.

Lo que durante décadas parecía una simple colección de rocas atrapadas junto a los huesos se convierte ahora en una pequeña ventana hacia el interior de los dinosaurios. Y quizá la imagen más fascinante sea también la más sencilla: hace más de 150 millones de años, algunos dinosaurios podían tragar piedras para convertir su estómago en un molino.

© Wikipedia commons

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Una estrella magnética acaba de revelar un extraño efecto predicho hace 90 años

¿Qué pasaría si el vacío del espacio no fuera realmente un vacío? Durante décadas, los físicos han sostenido que, bajo condiciones magnéticas extraordinariamente extremas, incluso el espacio aparentemente vacío puede modificar la forma en la que se comporta la luz. Ahora, una estrella muerta y comprimida hasta alcanzar el tamaño de una ciudad podría haber proporcionado la primera evidencia directa de que esta extraña predicción es real.

El protagonista de esta historia es 1E 1547.0-5408, un magnetar, uno de los objetos más extremos conocidos del universo. Estas estrellas de neutrones poseen campos magnéticos tan descomunales que pueden superar en alrededor de un billón de veces a los de los imanes más potentes fabricados en la Tierra. Al observar durante más de 140 horas la luz de este objeto, un equipo internacional de científicos ha encontrado una señal de polarización extraordinariamente elevada que encaja con una predicción de la física cuántica formulada por primera vez en 1936.

Una estrella del tamaño de una ciudad con un poder magnético inimaginable

Antes de entender el descubrimiento hay que detenerse en el protagonista. Un magnetar es un tipo especialmente extremo de estrella de neutrones: el núcleo que queda después de que una estrella masiva agota su combustible y colapsa sobre sí misma. El resultado es extraordinario. Una cantidad de materia superior a la masa del Sol puede quedar comprimida en un objeto de apenas unas decenas de kilómetros de diámetro. Es decir, una estrella que contiene más masa que nuestro Sol puede concentrarse en un espacio comparable al tamaño de una ciudad.

Los magnetares llevan esta situación al límite. Sus campos magnéticos son los más intensos conocidos en el universo observable y generan condiciones que no podemos reproducir en ningún laboratorio terrestre. Por eso, más que simples estrellas, son auténticos laboratorios naturales para estudiar cómo se comporta la materia y la luz cuando las leyes de la física se enfrentan a situaciones extremas.

Más de 140 horas mirando una estrella 

Para estudiar este magnetar, los investigadores utilizaron el IXPE (Explorador de Polarimetría de Rayos X de Imagen) de la NASA, junto con el NICER (Explorador de Composición Interior de Estrellas de Neutrones), también de la NASA, y el radiotelescopio Parkes de Murriyang, perteneciente y operado por la agencia científica nacional de Australia, CSIRO.

Entre marzo y abril de 2025, el equipo acumuló más de 140 horas de observaciones. Fue un experimento especialmente relevante porque permitió coordinar por primera vez las mediciones de polarización de un magnetar tanto en rayos X como en ondas de radio. Y aquí aparece una palabra clave: polarización.

La luz está formada por fotones que pueden oscilar en diferentes direcciones. Cuando hablamos de luz polarizada, nos referimos, de forma sencilla, a que esas oscilaciones presentan una orientación preferente. Medir esa orientación permite obtener información sobre el entorno por el que ha viajado la luz y, en este caso, sobre el campo magnético de una estrella situada a miles de años luz.

Una señal demasiado intensa para las explicaciones habituales

Los resultados sorprendieron a los investigadores. La polarización observada en los rayos X era casi tres veces mayor que la registrada en fuentes similares. El resultado era especialmente inesperado porque, según la geometría del campo magnético de 1E 1547.0-5408, en determinadas posiciones de la estrella la polarización que debería observarse tendría que acercarse mucho a cero.

Los modelos convencionales que describen la emisión procedente de la superficie del magnetar tampoco conseguían explicar por sí solos una señal tan elevada. En otras palabras, los científicos tenían delante una luz que parecía estar mucho más organizada de lo que las explicaciones habituales permitían esperar. Había que buscar otra pieza del rompecabezas.

Cuando el vacío empieza a comportarse como un prisma

La posible respuesta tiene un nombre tan extraño como fascinante: birrefringencia del vacío. La idea fue propuesta en 1936 dentro del marco de la electrodinámica cuántica, la teoría que describe cómo interactúan la luz y la materia a escala cuántica. Según esta predicción, cuando un campo magnético alcanza intensidades extraordinarias, el vacío deja de comportarse como el espacio completamente vacío que imaginamos.

En condiciones normales, la luz puede atravesar el vacío sin que este modifique sustancialmente su propagación. Pero cerca de un magnetar, donde los campos magnéticos son descomunales, la teoría predice que el vacío puede adquirir propiedades capaces de modificar la trayectoria y la polarización de la luz.

Una manera sencilla de imaginarlo es pensar en un prisma o una lente invisible. Al atravesar un prisma, la luz puede separarse y cambiar de comportamiento dependiendo de cómo lo atraviesa. En las proximidades de un magnetar, el propio vacío podría producir un efecto parecido sobre los fotones debido a la intensidad del campo magnético. El resultado sería una luz mucho más polarizada. Y eso es precisamente lo que parecen haber encontrado los investigadores.

Un laboratorio natural a miles de años luz

El descubrimiento también demuestra por qué las estrellas de neutrones son tan valiosas para la ciencia. No podemos fabricar en la Tierra un campo magnético comparable al de un magnetar ni comprimir una cantidad semejante de materia en un objeto de apenas unos kilómetros. Pero el universo sí puede hacerlo.

Los magnetares ofrecen así una especie de laboratorio cósmico en el que observar fenómenos que permanecen fuera del alcance de nuestros experimentos terrestres. La luz que llega desde ellos funciona como un mensajero: después de viajar por el espacio, conserva información sobre las condiciones extremas que encontró durante su recorrido.

"Este resultado realmente pone de manifiesto el poder interdisciplinar del campo de la astrofísica", explica Rachael Stewart, doctorada en la Universidad George Washington y autora principal del estudio. La investigadora destaca que observar un núcleo estelar tan lejano puede proporcionar pistas sobre algo mucho más profundo: la propia naturaleza del tejido de la realidad.

© NASA

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Así se ve el planeta desde una perspectiva imposible

Si hablamos de fotografías espectaculares, es fácil pensar en paisajes infinitos o grandes ciudades iluminadas al caer la noche. Pero pocas veces estamos acostumbrados a contemplarlas desde arriba. Esa capacidad para descubrir una nueva dimensión de lo cotidiano es la esencia de la fotografía aérea, una disciplina que vuelve a sorprender con imágenes capaces de desafiar nuestra percepción.

Eso es precisamente lo que celebra The International Aerial Photographer of the Year, un certamen que este 2026 ha dado a conocer a los ganadores de su segunda edición. El concurso reúne algunas de las mejores imágenes captadas desde las alturas, ya sea mediante drones, aviones, helicópteros o cualquier otro punto elevado que permita descubrir perspectivas inéditas. En esta ocasión participaron 1.587 fotógrafos de todo el mundo, de cuyas obras el jurado seleccionó las 101 mejores fotografías aéreas del año, un reconocimiento que ya supone uno de los mayores logros dentro del certamen.

El gran vencedor en la categoría principal, dedicada al mejor portafolio, ha sido Azim Khan Ronnie, fotógrafo y fotoperiodista originario de Bangladés y residente en Francia. Su colección de imágenes destaca por convertir escenas aparentemente corrientes en composiciones llenas de geometría, color y emoción, desde los chiles secándose al sol en Bangladés hasta rituales religiosos o paisajes urbanos observados desde una perspectiva imposible de apreciar a ras de suelo. Para Ronnie, la fotografía aérea permite descubrir patrones invisibles y contar historias que solo cobran sentido cuando se observan desde el cielo.

El premio a la mejor fotografía individual recayó en Vitaly Golovatyuk, gracias a una imagen captada en un lago de la provincia china de Zhejiang en la que el reflejo del agua crea la ilusión de un ave suspendida en el aire. Junto a ellos, decenas de fotógrafos de distintos países completan una selección que demuestra el enorme potencial creativo de la fotografía aérea.

© Chengming Liu

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