Así es vivir una DANA en primera persona: "Ya sin opciones de escapar de la casa, la idea es primar el rescate"
‘Esta DANA me ha tocado’ podría ser la frase que dirían a un articulista al que le asignan cubrir el desastre y trasladarlo al papel, en este caso virtual, para que llegue a miles de personas. Pero hoy cobra un sentido mucho más literal. Las lluvias torrenciales que han afectado el litoral sur de Valencia y el norte de Alicante han descargado su furia mientras visitaba a mis padres, oriundos de Oliva. Me ha tocado el agua, me ha tocado el frío y ahora me toca vivir, como a muchas otras personas, la lenta vuelta a la normalidad.
El escenario fue terrorífico, un evento en el que la adrenalina y la desesperación anularon parte de nuestro juicio y nos tuvieron en vilo desde que sonó la última alarma del sistema Es-Alert hasta que nos rescató la Unidad Militar de Emergencias casi cuatro horas más tarde. Ahora, un día tras el desastre, cuando ya han comenzado las limpiezas, no puedo evitar que brote en mí una sensación agridulce por aquellas acciones que podría haber hecho antes, durante y después.
Te voy a contar de primera mano el minuto a minuto, cómo fue vivirlo desde dentro, qué hice y, sobre todo, qué debería haber hecho. Espero que, si alguien tiene la desgracia de encontrarse en una situación similar en el futuro, pueda salvar sus pertenencias y, sobre todo, su vida y la de sus seres queridos. Aunque suene a tópico, estas cosas te cambian, y espero que sea para bien.
Cocinando un desastre
700 litros de agua por metro cuadrado en unos pocos y furiosos episodios son más de lo que casi cualquier infraestructura puede soportar. Incluso aquellas que se encuentran en áreas en las que las inundaciones son frecuentes y están relativamente preparadas para ello. Hace más de 15 años, raro era el verano en el que la zona de la playa de Oliva no se inundaba con las fuertes tormentas de agosto. En mi memoria tengo recuerdos de la calle de delante de casa completamente anegada, y de jugar con las olas que se levantaban y que rompían en el escalón que elevaba la vivienda de la acera. Pero, en cierto momento, arreglaron la calle, mejoraron el alcantarillado y las aguas ya siempre iban, encauzadas, hasta el mar.
El día 18 fue distinto.
Por la tarde llovió fuerte, tan fuerte que por primera vez en mucho tiempo pude comentarles a mis padres que el nivel del agua estaba subiendo en la calle. Comenzamos a rememorar escenas de pequeños, que estaba pasando ‘como antes’ y que después podríamos ir a recoger cangrejos con el gamusino, al igual que cuando tenía 10 años. Algunos contenedores flotaron y se desplazaron varios metros, pero en cuanto dejó de llover, la calle quedó completamente seca. Tanto, que nos acercamos a ver el mar a las 9 de la noche, porque se oían sus rugidos.
Apenas 45 minutos después de esa foto, la lluvia volvió más fuerte, con vientos huracanados que zarandeaban las palmeras y tiraban macetas. Los comentarios cambiaron de tono, ya no era un ‘como antes’ sino más bien ‘nunca habíamos visto una tormenta así’ y apareció la congoja. Nos quedamos en casa, viendo la lluvia, y deseando que parara pronto, pero no paró. Alrededor de las 2 de la madrugada el sueño pudo más que otras sensaciones y cada uno se fue a su habitación a descansar.
Crónica de los primeros momentos
A las 5:14 de la madrugada nos despertó la alarma de Protección Civil. Anunciaba que no nos desplazáramos, que nos quedáramos en nuestras casas, y que subiésemos a pisos altos si disponíamos de uno. No era nuestro caso. Media hora después, el agua empezó a filtrarse lentamente por la puerta de la entrada.
Nuestra puerta es de metal, relativamente estanca, y cuenta con una pequeña ventana traslúcida que va desde el techo hasta el suelo. Esa ventana nos permitía ver que, en la terraza, situada a unos 50 centímetros sobre el nivel de la calle, había un palmo más de agua que en el interior de la casa y seguía subiendo. El miedo volvió de golpe, y la adrenalina nos empujó a tratar de salvar todo lo posible.
Comenzamos metiendo las sábanas por debajo del colchón para que no colgaran, y poniendo las mesitas de noche de contrachapado encima de la cama para evitar que se hinchara la madera. Mientras hacíamos esto, a mi madre se le ocurrió que los bajos de las puertas también podrían hincharse, así que las desencajamos y las colocamos encima del colchón.
Una vez hecho el esfuerzo, fuimos por las habitaciones, elevando aparatos eléctricos y zapatos de debajo de las camas, colocándolos en todos los lugares que se nos ocurrieron. Según pasaba el tiempo, el agua seguía subiendo, así que les sugerí a mis padres una idea que ya no parecía tan disparatada: preparar lo indispensable por si tenían que evacuarnos.
Qué hicimos mientras el agua seguía subiendo
Una mochila cada uno, tres mudas limpias, dos pantalones, dos camisetas, documentación, dinero en efectivo, aparatos electrónicos, y un neceser de aseo básico. Además, sería conveniente cambiarnos a una ropa más adecuada. Decidimos que serían unas chanclas con sujeción en el tobillo, bañador, camiseta y sudadera para mantener el calor. Con todo esto se hicieron las 7:30 y el agua ya nos llegaba a media pierna. Fuera de casa seguía habiendo un palmo más de agua.
Finalizada esta última acción coordinada, comenzaron las escenas más caóticas. Cada uno iba avanzando por la casa por su cuenta tratando de hacer lo que se le ocurría. El agua llegó a los colchones. De cuando en cuando nos asomábamos a la ventana. Continuaba lloviendo; fuera seguía aquel palmo más de agua. Los vecinos de enfrente cruzaron la calle agarrados, con agua que les llegaba por la cintura para llegar a un edificio con dos plantas al que otros vecinos les ofrecieron subir. Nosotros no nos atrevimos a salir de casa.
Alrededor de las 8, con el agua casi por las rodillas, nos subimos a las encimeras de la cocina. Nos secamos los pies, que llevaban tres horas húmedos y nos transmitían una sensación desagradable. Ya nos quedamos allí. No llovía. Fuera seguía habiendo más agua, pero ya ‘sólo’ eran tres dedos. Les dije a mis padres que se quedaran; yo haría las comprobaciones del agua. Los colchones ya estaban completamente sumergidos, las puertas y las mesillas de noche acabaron empapadas.
Sobre las 9 de la mañana tuve la sensación de que la casa estaba reteniendo el líquido dentro, así que abrí levemente la puerta. Una ligera corriente se llevaba el agua más clara del interior hacia la zona con más sedimentos del exterior. Salí, los muros retenían el agua. Todo el terreno era una enorme piscina. Grité a los vecinos para saber cómo estaban. Todos bien. Todos a salvo. Nuestra casa era la de menor altura. Media hora más tarde apareció, sin nosotros haber llamado a emergencias, un camión de la Unidad Militar. Vinieron y nos sacaron. En la calzada, el agua nos llegaba a mitad del pecho.
Echamos un último vistazo a nuestra caseta y localizamos nuestros coches sumergidos. Dentro del vehículo pusieron la calefacción ‘a tope’, como repitió varias veces un militar de Cartagena, y nos llevaron al punto de encuentro, donde nos ofrecieron ropa y bebida. Las dejamos para otras personas menos afortunadas, teníamos lo necesario.
¿Qué deberíamos haber hecho?
Después del cúmulo de situaciones todo está mucho más claro. La respuesta es, simple y llanamente, irnos. En cuanto llegaron las alertas del día 17 deberíamos haber acudido a la caseta, tomado lo imprescindible, preparado el mobiliario y habernos desplazado a cualquier otro lugar. Fue una visita que pudo alargarse con ellos viniendo a mi hogar de alquiler. Si no, podríamos haber acudido a casas de amigos y familiares que viven fuera de la zona de alerta por una noche. Esa habría sido la mejor de las ideas.
Pero una vez sin posibilidad de huir de la localidad, tuvimos algunos aciertos y muchos fallos. En este caso, la mejor opción debería haber sido de nuevo acudir a la solidaridad y subir a las viviendas de los vecinos que habitaban edificios con varias plantas muchos dispuestos y encantados de acogernos durante la noche. De este modo, habríamos estado más seguros ya que lo importante en estos casos es primar la supervivencia.
Ya sin opciones de escapar de la casa, la idea es primar el rescate. La mochila es imprescindible para los rescates, y subir las mesitas y desencajar las puertas fueron buenas ideas. Lamentablemente, el modo de proceder no fue el más adecuado, puesto que se acabaron empapando igual. Si las hubiéremos apilado todas sobre la misma cama y hubiésemos colocado los muebles en la parte superior, podrían haberse salvado.
Aunque el error que más he lamentado mientras realizábamos las limpiezas es no subir más objetos a lugares elevados. Muchos cajones se quedaron sin abrir, y en ellos se han remojado muchas prendas de ropa y recuerdos que podrían haberse salvado con un gesto muy simple: consistía en bajar los edredones que suelen estar en la zona superior de los armarios y haberlos dejado allí. Un edredón se puede limpiar, muchos recuerdos no. Además, habría sido muy sencillo de llevar a cabo, los propios cajones las zonas inferiores de los armarios se pueden desencajar y servir como pequeños contenedores improvisados. Y ya como colmo de lo absurdo de cosas que no hicimos, deberíamos haber llamado a emergencias para que nos tuviesen localizados, no depender de la suerte y de que pasaran por ahí.
Pero en el sinfín de realidades que podrían haber acontecido si hubiésemos actuado de manera distinta, en esta estamos todos vivos y a salvo, algo por lo que estoy inmensamente agradecido. Espero, de todo corazón, que estas vivencias puedan ayudar a alguien en el futuro, y que sirvan para que, si ocurre una desgracia de magnitud similar, se puedan salvar pertenencias, pero, sobre todo, vidas. El clima ya no es el que era, ahora puede crear monstruos impredecibles para los que no sabemos si existe preparación posible.
Aprovecho este pequeño altavoz para dar las gracias a la Unidad Militar de Emergencias, a Protección Civil, a policías, personal sanitario, unidades de bomberos, pilotos de helicópteros, a los que enviaron las alertas, al gabinete encargado de la evacuación y a todas las personas que, voluntariamente, donan su tiempo, manos y enseres para ayudar a los demás. Tras un evento como el vivido en el litoral valenciano, la gente demuestra ese rasgo tan humanos que nos ha llevado a ser tan grandes: la solidaridad.

© iStock









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