❌

Normal view

Received — 21 October 2026 ⏭ National Geographic España

Pierre Curie, Nobel de Física: "El radio podría llegar a ser muy peligroso en manos criminales"

21 October 2026 at 20:00

Henri Becquerel descubrió en 1896 que las sales de uranio emitían radiación sin necesidad de recibir luz ni energía externa, un fenómeno que Marie y Pierre Curie llevaron mucho más lejos hasta identificar sustancias extraordinariamente radiactivas como el polonio y el radio. Aquella revolución científica hizo que los tres compartieran el Premio Nobel de Física de 1903.

Lo que comenzó con una placa fotográfica velada terminó cuestionando una de las ideas más arraigadas de la física: que los átomos eran estructuras estables e indivisibles. Becquerel recibió la mitad del Nobel por descubrir la radiactividad espontánea; Pierre y Marie Curie compartieron la otra mitad por sus investigaciones sobre aquella radiación. Décadas después, la física nuclear transformaría medicina, energía y guerra. Pero Pierre Curie ya intuyó muy pronto esa ambivalencia: "El radio podría llegar a ser muy peligroso en manos criminales".

La frase apareció en su conferencia Nobel, pronunciada en Estocolmo el 6 de junio de 1905, dos años después de recibir el premio. Curie hablaba de quemaduras, lesiones e incluso muerte provocadas por una exposición prolongada al radio, pero terminó planteando una pregunta mucho mayor: ¿puede la humanidad aprender los secretos de la naturaleza sin convertirlos también en instrumentos de destrucción? Su respuesta era optimista: creía, como Alfred Nobel, que los nuevos descubrimientos producirían más bien que mal.

Becquerel guardó unas placas en un cajón y apareció una radiación que nadie esperaba

Antoine Henri Becquerel nació en París en 1852 dentro de una auténtica dinastía de científicos. Su padre y su abuelo habían estudiado fenómenos relacionados con la luz, la electricidad y la fosforescencia, y él continuó aquella tradición desde instituciones como la École Polytechnique y el Museo de Historia Natural de París. Su especialidad lo situaría precisamente en el lugar adecuado cuando Wilhelm Röntgen anunció el descubrimiento de los rayos X a finales de 1895.

Becquerel se preguntó entonces si las sustancias fosforescentes podían emitir radiaciones semejantes a los nuevos rayos X. Para comprobarlo utilizó sales de uranio y placas fotográficas envueltas en papel oscuro. Su idea inicial era exponer las sales a la luz solar y estudiar después si emitían alguna radiación capaz de atravesar la envoltura y marcar la placa.

Pero ocurrió algo inesperado. Durante varios días el cielo de París permaneció nublado. Becquerel guardó entonces las sales de uranio y las placas fotográficas en un cajón, esperando mejores condiciones para continuar el experimento. Cuando decidió revelar las placas, descubrió que estaban fuertemente impresionadas aunque las sales apenas habían recibido luz. El fenómeno parecía existir por sí mismo.

Becquerel reconocería más tarde que había encontrado «un fenómeno inesperado». Las sales de uranio emitían radiación espontáneamente, sin necesidad de ser excitadas previamente por la luz. Aquellos rayos podían atravesar papel negro y ciertos metales, afectar placas fotográficas y convertir el aire en conductor eléctrico.

La conclusión era desconcertante: la energía parecía surgir del propio material. Becquerel demostró después que aquella radiación podía ionizar gases y que algunas de sus componentes respondían a campos eléctricos o magnéticos, una señal de que no se trataba simplemente de otra versión de los rayos X. La naturaleza de la materia empezaba a mostrar una grieta que nadie sabía todavía hasta dónde llegaría.

Placa fotográfica conseguida por Becquerel debido a los efectos de la radiactividad.

Marie Curie comprendió que el misterio estaba dentro del átomo

Marie Skłodowska Curie decidió estudiar sistemáticamente aquellos extraños «rayos de Becquerel» como tema para su investigación doctoral. Nacida en Varsovia en 1867, había llegado a París para estudiar física y matemáticas en la Sorbona. Allí conoció a Pierre Curie, físico especializado, entre otros campos, en magnetismo y piezoelectricidad, que acabaría convirtiéndose tanto en su marido como en su principal colaborador científico.

Marie disponía de una herramienta crucial: un electrometro extraordinariamente sensible desarrollado por Pierre Curie y su hermano Jacques, capaz de medir las débiles corrientes eléctricas producidas cuando la radiación ionizaba el aire. En lugar de limitarse a observar placas fotográficas, Marie podía cuantificar la intensidad de la radiación.

Y pronto apareció una primera sorpresa. El torio también emitía radiación. Eso sugería que el fenómeno no era exclusivo del uranio y llevó a Marie a formular una idea decisiva: la capacidad de emitir aquella radiación debía depender de los propios átomos del elemento y no simplemente de su forma química o molecular.

Fue Marie quien popularizó el término «radiactividad» para describir aquella propiedad. Pero el hallazgo más intrigante apareció al estudiar la pechblenda, un mineral rico en uranio. La pechblenda era considerablemente más radiactiva que el uranio puro. Si el uranio era el único responsable del fenómeno, aquello no tenía sentido. Tenía que haber dentro del mineral alguna otra sustancia desconocida y muchísimo más activa.

Marie y Pierre emprendieron entonces un trabajo físicamente extenuante: triturar, disolver, hervir y separar enormes cantidades de mineral para concentrar componentes presentes en proporciones diminutas. En 1898 anunciaron dos nuevos elementos: primero el polonio, bautizado en homenaje a la Polonia natal de Marie, y después el radio. Ambos mostraban una actividad extraordinaria. El átomo ya no podía seguir considerándose un bloque silencioso e inmutable.

Marie Curie trabajando en su laboratorio hacia 1900 con instrumental destinado a medir las débiles corrientes eléctricas producidas por sustancias radiactivas.

Por qué 3 científicos compartieron el Nobel de Física de 1903

La Real Academia Sueca de Ciencias decidió repartir el premio de una forma muy precisa. Henri Becquerel recibió la mitad del Nobel por el descubrimiento de la radiactividad espontánea; Pierre y Marie Curie compartieron la otra mitad por sus investigaciones conjuntas sobre los fenómenos de radiación descubiertos por Becquerel. Era la tercera edición del Nobel de Física.

La concesión tuvo además una historia significativa. Marie Curie estuvo inicialmente ausente de una de las propuestas de nominación, en la que aparecían Becquerel y Pierre Curie. Cuando Pierre tuvo conocimiento de esa posibilidad, escribió que, si realmente se estaba considerando premiarle, deseaba ser asociado a Madame Curie por sus trabajos comunes sobre los cuerpos radiactivos. Finalmente los tres compartieron el galardón y Marie se convirtió en la primera mujer en obtener un Premio Nobel.

Los Curie no pudieron viajar inmediatamente a Estocolmo debido a obligaciones docentes y problemas de salud. Pierre pronunció finalmente la conferencia Nobel en junio de 1905, y aquella intervención resulta hoy extraordinaria porque no solo describió qué era el radio: también intuyó algunas de las consecuencias que tendría manipular materiales capaces de emitir enormes cantidades de energía y radiación.

Contó, por ejemplo, que una pequeña cantidad de sal de radio transportada durante horas en un bolsillo podía no provocar ninguna sensación inmediata. Quince días después, sin embargo, podía aparecer una lesión cutánea difícil de curar; exposiciones más prolongadas podían causar daños todavía más graves. Era una advertencia temprana sobre los efectos biológicos de las radiaciones ionizantes.

Pero había algo todavía más profundo. Pierre Curie se preguntó si el radio podía convertirse en un peligro deliberado y recordó que los explosivos de Nobel habían permitido realizar trabajos extraordinarios, pero también podían convertirse en armas. La ciencia, comprendía Curie, no llevaba incorporada una intención moral: el uso dependía de quienes recibieran aquel conocimiento.

La historia posterior amplificaría aquella pregunta de una manera que ninguno de los tres podía imaginar en 1903. La radiactividad contribuiría a revelar el núcleo atómico, permitiría desarrollar tratamientos contra el cáncer, técnicas de diagnóstico, sistemas de datación y nuevas fuentes de energía. También abriría el camino hacia las armas nucleares.

Marie Curie continuó trabajando después de la muerte de Pierre en 1906 y recibió en 1911 un segundo Nobel, esta vez de Química, por el descubrimiento del radio y el polonio, el aislamiento del radio y el estudio de sus propiedades. Se convirtió así en la primera persona de la historia en recibir dos Premios Nobel. Todo había comenzado, sin embargo, con una placa fotográfica que jamás debía haberse impresionado.

© National Geographic España

Rosa Krajmalnik-Brown, microbióloga: "La digestión es una colaboración entre nuestro cuerpo y billones de microbios"

21 October 2026 at 12:30

Un equipo de científicos ha confirmado que la microbiota intestinal puede modificar las calorías que aprovechamos de los alimentos: una dieta rica en fibra permitió absorber unas 116 calorías menos al día que una alimentación occidental convencional, según un ensayo clínico controlado.

El descubrimiento revela una dimensión poco conocida de nuestra alimentación, que dos dietas no proporcionan necesariamente la misma energía aprovechable, aunque sus calorías calculadas sean similares. La diferencia depende, entre otros factores, de lo que sucede en el intestino, donde billones de microorganismos transforman parte de los nutrientes que consumimos.

Detrás de este avance se encuentra un equipo de la Universidad Estatal de Arizona, con la participación de la microbióloga Rosa Krajmalnik-Brown. Su investigación, publicada en PLOS ONE, propone una nueva forma de entender la digestión: nuestro organismo no trabaja solo, sino acompañado por un ecosistema microscópico que participa en nuestro metabolismo.

Las 116 calorías que revelan un secreto de nuestro intestino

Durante más de un siglo, el cálculo de las calorías ha descansado principalmente sobre los factores de Atwater, que atribuyen aproximadamente cuatro kilocalorías por gramo a las proteínas y los hidratos de carbono, y nueve a las grasas. Pero esta fórmula no describe todas las transformaciones que experimentan los alimentos dentro del organismo.

La prueba llegó de un ensayo clínico publicado en Nature Communications, cuyos resultados sirvieron de base para el nuevo estudio. Los investigadores compararon dos patrones alimentarios: uno rico en fibra y almidón resistente, diseñado para favorecer la actividad microbiana, y otro semejante a la dieta occidental, con más alimentos procesados y menos fibra.

La diferencia fue sorprendente. Los participantes absorbieron aproximadamente 116 calorías diarias menos con la dieta favorable a la microbiota. Además, no manifestaron un aumento del hambre, pese a aprovechar menos energía de los alimentos.

Sin embargo, este resultado no significa que consumir fibra garantice perder peso. La investigación identifica diferencias en la absorción energética bajo condiciones controladas, no una estrategia universal de adelgazamiento. También influyeron características de los alimentos, como su procesamiento y estructura física.

Así pues, si las bacterias intestinales pueden modificar la energía que absorbemos, ¿hasta qué punto las calorías de una etiqueta reflejan lo que realmente aprovechamos?

El inesperado papel de las bacterias

Para comprenderlo, los científicos desarrollaron DAMM, un modelo matemático cuyo nombre procede de las palabras inglesas digestión, absorción y metabolismo microbiano. Su principal innovación consiste en incorporar explícitamente la actividad de los microorganismos intestinales al balance energético humano.

Cuando comemos, una parte de los nutrientes se absorbe en el intestino delgado. Sin embargo, otros componentes, especialmente determinadas fibras y almidones resistentes, llegan al colon. Allí comienza una segunda transformación: los microorganismos fermentan sustancias que nuestras enzimas digestivas no pueden descomponer por completo.

Durante este proceso se generan ácidos grasos de cadena corta, compuestos que pueden atravesar la pared intestinal y proporcionar energía al organismo. Según las estimaciones del modelo, estos productos microbianos aportaron aproximadamente 140 kilocalorías diarias, equivalentes al 7,4 % de la energía aprovechable.

Pero aunque la dieta rica en fibra favoreció la producción de estos compuestos, sus participantes absorbieron menos calorías totales. La explicación está en que la energía recuperada gracias a los microbios no compensó las diferencias de absorción registradas en otras etapas digestivas.

El modelo también mejoró las predicciones energéticas respecto al sistema tradicional: el ajuste estadístico pasó del 88 % al 96 % en los datos analizados. La microbiota deja así de ser una variable invisible para convertirse en una pieza cuantificable del metabolismo.

Hacia una nutrición personalizada: por qué tu microbiota importa

Para Krajmalnik-Brown, directora del Centro Biodesign para la Salud a través de los Microbiomas, el mensaje es claro: la digestión constituye una colaboración entre nuestras células y billones de microorganismos intestinales. Estos pequeños habitantes no solo aprovechan los restos de nuestra alimentación; también generan sustancias que nuestro cuerpo puede utilizar.

El avance abre posibilidades para investigar la obesidad, la diabetes y otros trastornos metabólicos. En el futuro, la composición de la microbiota podría ayudar a diseñar recomendaciones nutricionales más individualizadas, teniendo en cuenta no solamente qué comemos, sino cómo lo procesamos.

No obstante, DAMM sigue siendo una herramienta de investigación. Necesita evaluarse en poblaciones más diversas y bajo diferentes condiciones alimentarias. Todavía no permite calcular con precisión cuántas calorías absorberá una persona concreta ni sustituye las recomendaciones nutricionales actuales.

© Erika Gronek/ASU

El hallazgo inesperado que revela una región casi inexplorada del sistema solar

20 October 2026 at 11:22

Un equipo de científicos ha confirmado el descubrimiento de un nuevo cometa situado a unos 1.300 millones de kilómetros de la Tierra, en una región poco explorada del sistema solar. Bautizado como C/2026 S1 (Euclid), este misterioso viajero describe una órbita extraordinariamente inclinada y necesita miles de años para completar una vuelta alrededor del Sol. Lo más sorprendente es que ha sido localizado por un telescopio espacial que ni siquiera fue diseñado para buscar cometas.

El descubrimiento, anunciado el 19 de octubre de 2026 por la Agencia Espacial Europea (ESA), abre una inesperada oportunidad para investigar los objetos que se desplazan lejos del plano donde orbitan los planetas. El responsable del hallazgo es Euclid, un observatorio concebido para estudiar la materia oscura y la energía oscura, dos de los mayores enigmas de la cosmología moderna. Su mirada, dirigida habitualmente hacia galaxias remotas, ha terminado revelando un pequeño fragmento de la historia de nuestro propio vecindario cósmico.

Pero existe una circunstancia que convierte este descubrimiento en algo especialmente singular. El cometa apareció en una zona del cielo que Euclid observa siguiendo una estrategia muy restrictiva, lejos de la franja donde abundan los cuerpos menores del sistema solar. La coincidencia entre su trayectoria y las observaciones del telescopio permitió identificar un objeto que hasta entonces había pasado inadvertido. Un hallazgo fortuito que demuestra que todavía quedan sorpresas incluso en regiones aparentemente conocidas de nuestro sistema planetario.

Un cometa escondido a 1.300 millones de kilómetros que nadie había identificado

El descubrimiento comenzó con una señal diminuta: una estela que atravesaba varias imágenes obtenidas por Euclid entre el 16 y el 24 de septiembre de 2026. El investigador Mikko Pöntinen, de la Universidad de Helsinki, había desarrollado un programa informático capaz de reconocer cuerpos en movimiento dentro de las observaciones astronómicas. Su algoritmo detectó una anomalía que no encajaba con las estrellas ni con las galaxias inmóviles del fondo.

El análisis reveló que aquella señal correspondía a un objeto que cambiaba de posición entre diferentes exposiciones. Tras reconstruir su desplazamiento, los investigadores consiguieron localizarlo en cinco campos de observación distintos, con un total de 16 imágenes. La confirmación más reveladora llegó cuando examinaron su apariencia: el objeto estaba envuelto en una tenue nube difusa, característica de los cometas que liberan polvo y gas. Así lo explica la comunicación oficial de la ESA sobre el descubrimiento.

A diferencia de los asteroides, que generalmente muestran una apariencia puntual en imágenes telescópicas suficientemente lejanas, los cometas pueden desarrollar una envoltura denominada coma. Esta estructura se forma cuando los materiales volátiles del núcleo pasan al estado gaseoso y arrastran partículas de polvo. La presencia de esa nube fue una pista decisiva para reconocer la naturaleza cometaria del cuerpo, aunque todavía se desconocen detalles fundamentales sobre su composición y dimensiones.

Los científicos comprobaron después que el objeto no coincidía con ningún asteroide o cometa conocido. Las observaciones fueron remitidas al Minor Planet Center, organismo vinculado a la Unión Astronómica Internacional que centraliza los registros de cuerpos menores. Tras las comprobaciones y el seguimiento desde observatorios terrestres, el 8 de octubre de 2026 quedó oficialmente reconocido como C/2026 S1 (Euclid).

La distancia a la que se encontraba resulta impresionante, pero no es el único aspecto desconcertante. Aunque esos 1.300 millones de kilómetros equivalen aproximadamente a la distancia entre el Sol y una zona situada entre Júpiter y Saturno, el cometa no sigue el camino habitual de los planetas. Su órbita se eleva muy por encima del plano principal del sistema solar, describiendo una trayectoria que lo aparta de las regiones celestes observadas con mayor frecuencia.

Los primeros cálculos indican que necesita varios miles de años para recorrer su órbita completa. Es una estimación que deberá perfeccionarse con nuevas mediciones, pero ya sugiere que estamos ante un visitante de período largo. Cada nueva observación podría ayudar a reconstruir el recorrido de este cuerpo helado y comprender mejor su historia dinámica.

El inesperado secreto de Euclid: buscaba materia oscura y encontró un viajero helado

La verdadera paradoja del descubrimiento reside en el instrumento que lo hizo posible. Euclid fue lanzado para investigar cómo se distribuye la materia en el universo y cómo ha evolucionado su expansión. Durante su misión científica, pretende estudiar miles de millones de galaxias y observar estructuras situadas a distancias de hasta 10.000 millones de años luz. Su objetivo está en los confines del cosmos, no en los pequeños objetos que orbitan alrededor del Sol.

Para conseguir esas mediciones extraordinariamente delicadas, el telescopio evita deliberadamente buena parte de la franja celeste donde se concentran los asteroides y numerosos cometas. La razón es que el polvo interplanetario produce una luminosidad difusa que puede entorpecer las observaciones de objetos muy débiles. Euclid busca regiones especialmente limpias del cielo para distinguir las señales casi imperceptibles de galaxias lejanas.

Su estrategia de trabajo también juega en contra de la búsqueda cometaria. En lugar de vigilar continuamente una misma zona, el observatorio apunta hacia un sector, obtiene imágenes y avanza hacia el siguiente. Esto dificulta seguir objetos móviles, cuya identificación suele requerir varias observaciones separadas en el tiempo. Sin embargo, la trayectoria de C/2026 S1 coincidió de manera excepcional con el recorrido de exploración del telescopio.

El resultado fue una pequeña revolución en las expectativas de la misión. Según la ESA, no se espera que Euclid descubra muchos cometas nuevos precisamente por su forma de observar el cielo. No obstante, este caso demuestra que sus imágenes pueden contener información científica valiosa sobre objetos cercanos, incluso cuando el propósito principal de las observaciones es completamente diferente.

Existe además una utilidad adicional. Los científicos necesitan identificar los objetos móviles que aparecen en las imágenes para evitar que sus estelas o su luminosidad alteren las mediciones cosmológicas. Aquello que inicialmente puede parecer una interferencia para estudiar el universo se convierte, mediante un análisis adecuado, en una fuente independiente de descubrimientos astronómicos.

Y aquí surge una posibilidad fascinante: si un observatorio que apenas presta atención a los cometas ha descubierto uno tan lejano, ¿cuántos objetos desconocidos podrían permanecer ocultos en los inmensos archivos de imágenes astronómicas? No existe todavía una cifra fiable, pero el caso demuestra que la búsqueda sistemática de señales móviles en datos obtenidos con otros fines puede abrir nuevas vías de exploración.

© iStock

Descubren un dinosaurio que habría sido más peligroso para los humanos que el T. rex

19 October 2026 at 13:00

Un equipo de científicos ha identificado un dinosaurio de hace 120 millones de años que, según sus descubridores, habría sido más peligroso para los humanos que el mismísimo Tyrannosaurus rex. Se llama Invictibellatrix amberina, medía entre 3 y 4 metros de longitud y probablemente poseía unas inquietantes garras curvas de hasta 20 centímetros. Su tamaño, muy inferior al del célebre tiranosaurio, podría haberlo convertido precisamente en una amenaza mucho más directa para una persona.

La explicación resulta tan sorprendente como reveladora. Mientras el gigantesco T. rex estaba adaptado para capturar presas de grandes dimensiones, este cazador habría encontrado en un ser humano una víctima de tamaño adecuado. Así lo sostiene Cassius Morrison, paleontólogo del University College London y autor principal de la investigación, publicada en octubre de 2026 en la revista científica Royal Society Open Science. Se trata, naturalmente, de una comparación hipotética: los seres humanos nunca convivieron con estos dinosaurios.

Pero el descubrimiento esconde un segundo misterio. El único fósil conocido de esta especie llevaba más de un siglo conservado en una colección del Museo de Historia Natural de Londres, sin que nadie hubiera reconocido su verdadera identidad. Su reciente análisis no solo ha permitido identificar un nuevo depredador, sino que también ha aportado una pieza fundamental para reconstruir la expansión de algunos de los dinosaurios carnívoros más enigmáticos del planeta.

Un cazador con garras de 20 centímetros que habría visto a los humanos como presas

La imagen popular de los dinosaurios depredadores está dominada por mandíbulas descomunales, dientes afilados y criaturas de varias toneladas. Sin embargo, la evolución también produjo cazadores cuya principal arma no estaba en la boca, sino en los brazos. Invictibellatrix amberina pertenecía a los megaraptoranos, un grupo de dinosaurios carnívoros bípedos caracterizados por sus cabezas relativamente estrechas y sus extremidades anteriores desarrolladas.

A partir de las características de sus parientes evolutivos, los investigadores calculan que este animal alcanzaba entre 3 y 4 metros de largo y algo más de 1,5 metros de altura. Sus manos probablemente estaban armadas con garras de entre 10 y 20 centímetros, capaces de desempeñar un papel decisivo en la captura de animales. Incluso es posible que su cuerpo estuviera parcialmente cubierto de plumas, aunque estas características no se han observado directamente en el fósil encontrado.

Lo verdaderamente desconcertante es que su menor tamaño podría haber representado una ventaja a la hora de perseguir a una presa humana. Morrison considera que una persona habría tenido unas proporciones compatibles con las presas potenciales de este dinosaurio, mientras que un T. rex adulto habría estado adaptado para enfrentarse a animales mucho mayores. En declaraciones recogidas por el Museo de Historia Natural de Londres, el investigador sostiene que este nuevo depredador habría supuesto un peligro particularmente importante para nuestra especie.

Esta interpretación no significa que el Invictibellatrix fuese físicamente más poderoso que un tiranosaurio, ni demuestra que el T. rex hubiera ignorado necesariamente a una persona. La comparación se refiere al posible interés de cada animal por una presa de tamaño humano, no a una medición experimental de su peligrosidad. Ambos dinosaurios desaparecieron muchísimo antes de la aparición de nuestra especie, de modo que cualquier encuentro pertenece exclusivamente al terreno de la reconstrucción científica.

El nuevo carnívoro tampoco ocupaba necesariamente la posición más elevada de su ecosistema. Según sus descubridores, probablemente cazaba pequeños dinosaurios, lagartos y mamíferos, desempeñando una función ecológica comparable, en términos generales, a la de algunas hienas actuales. En la isla de Wight del Cretácico inferior compartía territorio con herbívoros de gran tamaño y otros depredadores, entre ellos espinosáuridos que podrían haber ocupado niveles superiores de la cadena alimentaria.

Y todavía queda una cuestión fascinante: todo lo que sabemos sobre este cazador procede de un fragmento de su cráneo, no de un esqueleto completo. Sus garras, su cobertura corporal y sus dimensiones siguen siendo estimaciones científicas que deberán ponerse a prueba cuando aparezcan nuevos restos.

El fósil olvidado durante 100 años que escondía un dinosaurio desconocido

El descubrimiento tiene algo de paradoja. Para identificar una especie completamente nueva, los paleontólogos no necesitaron organizar una gran expedición ni excavar una formación geológica desconocida. La evidencia ya estaba custodiada en un museo desde 1924, cuando la institución adquirió el fósil junto con numerosos ejemplares procedentes de las investigaciones del paleontólogo aficionado Reginald Walter Hooley.

El fragmento había aparecido al pie de un acantilado en la costa suroccidental de la isla de Wight, uno de los enclaves más importantes de Europa para el estudio de los dinosaurios del Cretácico. Durante décadas permaneció sin recibir la atención necesaria para establecer su auténtica identidad. Lo que parecía un resto poco prometedor terminó revelándose como la primera evidencia conocida de un megaraptorano europeo.

La clave llegó gracias a las técnicas de exploración modernas. Los investigadores utilizaron tomografía computarizada para examinar el interior del fósil y obtener modelos digitales tridimensionales de la región posterior del cráneo y de la cavidad que alojaba el encéfalo. Este procedimiento permitió estudiar estructuras anatómicas que resultan difíciles de interpretar mediante una inspección convencional.

Entre los rasgos que llamaron la atención del equipo figuraban una abertura ovalada relacionada con el paso de la médula espinal y una cresta ósea cuya forma recuerda a un reloj de arena. Al comparar estas estructuras con las de tiranosaurios, espinosaurios y otros terópodos, los científicos identificaron una combinación anatómica que justificaba reconocer una especie distinta. Los análisis informáticos de sus relaciones evolutivas respaldaron su inclusión entre los megaraptoranos, como explica el estudio original de Morrison y sus colaboradores.

Su nombre también tiene una historia singular. Invictibellatrix puede traducirse como «guerrera invicta», una denominación que evoca la posterior evolución de este linaje hacia depredadores gigantescos. Los autores quisieron además transmitir un mensaje de resistencia frente a la discriminación y la adversidad. El epíteto amberina hace referencia, entre otros significados, al ámbar presente en los depósitos geológicos donde se encontró el ejemplar. Un fósil diminuto en comparación con los esqueletos monumentales de los museos había conservado una historia evolutiva extraordinaria.

Para Paul Barrett, investigador del Museo de Historia Natural y coautor del trabajo, el hallazgo demuestra que las colecciones históricas continúan albergando descubrimientos relevantes. Y plantea una pregunta inevitable: ¿cuántas especies desconocidas permanecen todavía escondidas entre millones de fósiles recogidos durante los últimos dos siglos?

© Sergey Krasovskiy y Pedro Salas

La DANA Adam alcanza su punto más crítico con inundaciones, evacuaciones y alerta roja en varias regiones

19 October 2026 at 11:04

Los registros meteorológicos de la DANA Adam revelan más de 700 litros por metro cuadrado en menos de 48 horas en puntos de Alicante, una cantidad extraordinaria que ha provocado inundaciones, desbordamientos y rescates de emergencia. Este lunes 19 de octubre, el sur de Valencia y el norte de Alicante concentran algunas de las consecuencias más graves del temporal.

La situación ha obligado a suspender las clases en numerosos municipios, movilizar a la Unidad Militar de Emergencias (UME) y restringir desplazamientos. Mientras tanto, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) mantiene la vigilancia ante la posibilidad de que las precipitaciones intensas afecten también a Cataluña y Baleares.

Con todo, aunque deje de llover, el peligro puede continuar durante horas. Los suelos saturados y los cauces desbordados aumentan el riesgo de nuevas inundaciones.

Más de 700 litros en Alicante: las cifras que explican la gravedad del temporal

Las comarcas de La Marina Alta, en Alicante, y La Safor, en Valencia, figuran entre las más castigadas por la DANA Adam. Municipios como Oliva, Gandía, Pego, Dénia y L'Atzúbia han registrado precipitaciones extraordinarias, con calles anegadas y problemas importantes de movilidad.

En algunos puntos se han superado los 500 litros por metro cuadrado en 48 horas, mientras que determinados registros de L'Atzúbia han rebasado los 700 litros. Esta última cantidad equivale a una columna de agua de 70 centímetros sobre cada metro cuadrado, si toda la precipitación permaneciera acumulada sin escurrirse ni infiltrarse.

Uno de los datos más llamativos procede de Oliva, donde se han medido 131,9 litros por metro cuadrado en apenas una hora. Esta intensidad puede superar rápidamente la capacidad de drenaje y desencadenar crecidas repentinas.

Las consecuencias ya se han dejado sentir. El río Girona se ha desbordado a su paso por Els Poblets y los servicios de emergencia han realizado rescates, algunos mediante helicóptero. La Generalitat Valenciana ha activado recursos extraordinarios de emergencia y solicitado la intervención de la UME en las áreas más afectadas.

Alerta roja, colegios cerrados y nuevas zonas bajo vigilancia

La emergencia ha obligado a suspender las clases este lunes 19 de octubre en numerosos municipios valencianos y en distintas islas de Baleares. Las medidas pretenden reducir los desplazamientos y evitar situaciones peligrosas en carreteras inundadas o próximas a barrancos.

Según la información difundida durante la mañana, las restricciones educativas afectan a municipios de Alicante y Valencia, además de Mallorca, Ibiza y Formentera. La distribución de los avisos muestra la extensión del episodio:

  • Valencia y Alicante: las zonas más afectadas por las precipitaciones torrenciales y las inundaciones.

  • Barcelona, Girona y Tarragona: avisos naranjas por lluvias intensas.

  • Baleares: avisos naranjas y suspensión de actividades educativas en distintas islas.

  • Castellón, Lleida y Murcia: avisos amarillos en determinadas áreas.

Los niveles de alerta pueden cambiar durante la jornada, por lo que conviene consultar el mapa actualizado de avisos de AEMET.

El mayor peligro no siempre coincide con el momento de lluvia más intensa. Los barrancos pueden experimentar crecidas súbitas por precipitaciones registradas kilómetros aguas arriba, incluso cuando el cielo comienza a despejarse.

Por qué la DANA Adam provoca lluvias tan intensas y cuándo terminará

La combinación de aire frío en altura y humedad procedente del Mediterráneo explica buena parte de la intensidad del episodio. Una DANA es una depresión aislada en niveles altos de la atmósfera que puede favorecer una marcada inestabilidad cuando interactúa con aire cálido y húmedo próximo a la superficie.

En este caso, los vientos del este y nordeste transportan humedad hacia el litoral mediterráneo. Cuando ese aire encuentra las montañas próximas a la costa, asciende, se enfría y favorece la formación de nubes capaces de producir precipitaciones persistentes.

El problema aparece cuando sucesivas tormentas descargan sobre los mismos municipios durante horas. El terreno termina saturándose y pierde capacidad para absorber agua, multiplicando el riesgo de inundaciones.

Según las previsiones difundidas para este episodio, el martes 20 de octubre podría comenzar una mejoría progresiva, aunque todavía podrían registrarse chubascos intensos en el nordeste peninsular y Baleares. La evolución dependerá del desplazamiento de la DANA y de la persistencia de los flujos húmedos. Mientras tanto, Protección Civil recomienda evitar desplazamientos innecesarios, no cruzar carreteras inundadas y mantenerse alejado de barrancos y cauces.

© Cordon Press

❌