« Ce n’est pas possible » : ces scientifiques ont dû refaire l’expérience avant de croire ce qu’ils voyaient en Arctique


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There’s an impossible amount of good-looking girls in Sudbury, and an equally impressive wealth of high-grade nickel and copper ore living “just” 8,500 feet below the town’s surface, too – and Glencore Canada is sending a bunch of big EVs down to get it.
more…For several decades, paleontologists have described Miracinonyx trumani -- an extinct species of cheetah-like felid that roamed the North American prairies and steppe terrains more than 13,000 years ago -- as North America’s answer to the African cheetah (Acinonyx jubatus).
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“Una vacuna contra el melanoma supera con éxito un ensayo clínico en fase III”
Enunciado así, el avance que hicieron público las compañías Merck y Moderna el pasado agosto suena revolucionario. Podríamos pensar en una vacuna que nos protegerá del cáncer como otras nos evitan contraer enfermedades infecciosas, pero no funciona así. Veamos en qué consiste exactamente y cuál es el alcance del nuevo ensayo.
Intismeran autogene (así se llama la nueva tecnología que se ha puesto a prueba) no se administra a personas sanas para reducir su riesgo de melanoma, sino que se trata de una vacuna terapéutica.
En el ensayo del que se han hecho eco los medios –y que disparó la cotización en bolsa de Merck y Moderna– participaron 1 137 personas con melanoma cutáneo de alto riesgo. Es decir, tenían una probabilidad elevada de que la enfermedad reapareciera o se extendiera a otras partes del cuerpo. A todas ellas se les había extirpado el tumor por completo mediante cirugía. Esto puede sonar extraño: si el tumor ya no está, ¿qué queda por tratar?
Una cirugía exitosa no garantiza que no queden células tumorales sueltas. Pueden ser demasiado escasas para detectarlas, pero capaces de causar una recaída con el tiempo. Por eso existen los tratamientos adyuvantes: se administran después del tratamiento principal —en este caso, la cirugía— para reducir ese riesgo.

Así que en este ensayo la pregunta no era “¿podemos evitar el melanoma?”, sino “¿podemos ayudar al sistema inmunitario de alguien que ya lo ha tenido a eliminar las células que puedan haber quedado?”.
Lo que define a una vacuna no es que se administre antes de enfermar, sino su estrategia. Se trata de enseñar al sistema inmunitario a reconocer y atacar algo concreto. En las vacunas frente a virus, ese “algo” son piezas del virus, mientras que aquí son piezas de las propias células tumorales.
La tecnología Intismeran autogene tiene una particularidad: cada vacuna se fabrica específicamente para cada paciente a partir de su propio tumor. Primero se analizan las mutaciones de sus células tumorales, y después se identifican las que podrían activar mejor al sistema inmunitario contra ellas. Son los llamados neoantígenos, que la vacuna lleva codificados en forma de ARN mensajero (ARNm).
Por tanto, no se trata exactamente de “una vacuna contra el melanoma”; es más bien una vacuna contra las características moleculares del melanoma de cada paciente. No obstante, enseñarle al sistema inmunitario qué debe reconocer es solo una parte del problema.
Podemos imaginarlo como un enorme Buscando a Wally. El sistema inmunitario tiene que reconocer células tumorales entre millones de células sanas.
Sin embargo, los tumores pueden aprovechar mecanismos naturales que frenan la respuesta inmunitaria. Por eso, incluso un linfocito capaz de reconocer una célula tumoral puede tener dificultades para actuar contra ella.
Aquí entra en escena el medicamento llamado pembrolizumab, un tipo de inmunoterapia que ya se utiliza en melanoma y que bloquea uno de esos frenos. La pregunta entonces parece evidente: si combinamos la vacuna, que facilita el reconocimiento, con una inmunoterapia que libera la respuesta inmune, ¿obtendremos mejores resultados?
Para comprobarlo, los participantes del ensayo se dividieron en dos grupos: unos recibieron inmunoterapia más la vacuna personalizada y a los otros se les administró únicamente inmunoterapia.
El estudio analizó principalmente cuánto tiempo permanecían los pacientes sin que el melanoma reapareciera. Es lo que se denomina “supervivencia libre de recurrencia”. Adicionalmente, los investigadores analizaron cuánto tiempo permanecían sin desarrollar metástasis a distancia; es decir, sin que el melanoma apareciera en lugares alejados del tumor original.
Y aquí llega la noticia: según Merck y Moderna, añadir la vacuna a pembrolizumab mejoró significativamente ambos resultados frente a utilizar solo pembrolizumab. Las compañías califican además esas diferencias como clínicamente relevantes.
Hasta aquí, suena muy bien. El siguiente interrogante es: ¿cuánto mejor? Aquí hay un matiz importante. Las empresas farmacéuticas han anunciado que el ensayo ha alcanzado esos objetivos, pero todavía no han publicado los resultados completos de la fase III. Es decir, sabemos que los pacientes tratados con la combinación permanecieron más tiempo sin recurrencia y sin metástasis a distancia, pero no cuánto más.
Merck y Moderna presentarán esos datos en un próximo congreso médico internacional. Además, el ensayo continúa para estudiar otros resultados, entre ellos la supervivencia global.
Entonces, ¿de dónde salen los porcentajes de 49 % y 59 % de éxito que se han difundido en algunas noticias? Las cifras son reales, pero no pertenecen al nuevo ensayo. Proceden de uno Fase IIb, anterior y mucho más pequeño, con 157 pacientes. En él ya se había hecho la misma comparación con resultados prometedores.
Así, tras cinco años de seguimiento, añadir la vacuna se asoció con una reducción del 49 % en el riesgo de recurrencia o muerte y con una disminución de un 59 % en las probabilidades de metástasis a distancia o muerte. A continuación había que comprobar si aquella señal se mantenía en un ensayo mucho más grande, que es del que estamos hablando ahora.
Aunque sabemos que también ha dado un resultado positivo, la incógnita es cuánto beneficio ha supuesto realmente añadir la vacuna. Para despejarla tendremos que esperar a que se presenten los datos completos.
La idea de utilizar vacunas para tratar el cáncer no es nueva, ni tampoco lo es fabricar vacunas personalizadas contra las mutaciones de cada tumor. De hecho, este tipo de vacunas de ARN ya se probaba en pacientes de melanoma hace casi una década.
Lo que cambia ahora es la escala: por primera vez, una vacuna personalizada de ARN mensajero dirigida contra los neoantígenos de cada paciente ha alcanzado resultados positivos en un ensayo de fase III con más de mil participantes.
Si los datos completos confirman un beneficio clínicamente relevante, sería un paso importante para este tipo de tratamientos. No porque hayamos descubierto que podemos enseñar al sistema inmunitario a reconocer un tumor, sino porque una estrategia que llevaba años mostrando resultados prometedores en estudios más pequeños habría probado que puede funcionar también en un gran ensayo clínico.![]()
Sobre la autora: Cristina Penas Lago, Investigadora Postdoctoral en el Cancer and Traslational Medicine Group, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU)
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.
El artículo ¿Una vacuna contra el melanoma? se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.
Paleontologists studying a fossil unearthed in southern Manitoba, Canada, have identified what they believe are two bite marks on the internal skeleton of the ancient giant cephalopod Enchoteuthis.
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The first flight of the largest battery-electric aircraft to take to the skies lasted nearly half an hour while costing just $5 of electricity. That aviation feat comes at a time when jet fuel prices have skyrocketed because of the US war with Iran.
The test flight of Heart Aerospace’s X1 demonstrator aircraft took place at Plattsburgh International Airport in upstate New York on August 12. The X1 aircraft is comparable in size to a small regional airliner and can achieve a maximum takeoff weight exceeding 25,000 pounds with the help of four wing-mounted electric motors. The battery-electric propulsion system delivered more than one megawatt of power during the maiden flight.
All-electric aircraft can offer quieter and cleaner flight without the emissions that come from burning jet fuel. They may also prove more reliably cost-effective than conventional aircraft that come with jet fuel costs subject to geopolitical disruptions.


© Heart Aerospace

La imagen es poderosa: un dragón celestial devorando el Sol, mientras en la Tierra, el pueblo, aterrorizado, hace sonar tambores y gongs para espantarlo y salvar la luz del día. Este mito, que durante milenios explicó los eclipses solares en China, escondía una cruda realidad política y científica. Para los astrónomos de la corte imperial, un eclipse no era solo un espectáculo celeste, sino una cuestión de vida o muerte y de legitimidad dinástica.
En muchos textos de historia de la astronomía de los eclipses se recoge esta imagen del dragón que devora al Sol (que llegó a ser precisamente la bandera de la novena dinastía del imperio, la dinastía Qing –清朝– desde 1889 hasta su caída el 11 de octubre de 1911) como si fuera su principal contribución a este tema.
Pero resulta terriblemente injusto pensar que en un imperio milenario donde todo se registraba cuidadosamente –incluyendo, miles de años antes que en otros lugares, anotaciones sobre manchas en el Sol, estrellas nuevas y cometas– o donde la propia divinidad del emperador estaba asociada al cielo, lo único que hicieron con los eclipses fue tocar tambores.
De hecho, el primer eclipse solar del que tenemos constancia ocurrió en China el 22 de octubre del año 2137 a. e. c., según aparece documentado en el Shujing o Clásico de Historia (書經) una de las fuentes históricas del Imperio chino, en compendios escritos en torno al siglo tercero antes de nuestra era, pero que recogen sucesos hasta del siglo XI a. e. c.
La leyenda cuenta que los astrónomos reales He y Hi, posiblemente distraídos o quizá ebrios e incapaces de predecirlo, fueron ajusticiados por su fracaso. Aunque debemos reconocer que toda esta historia es posiblemente apócrifa y que tanto el registro como su datación precisa de la mano de la astronomía son dudosos, como analiza el veterano comunicador científico Moncho Núñez en su reciente libro Eclipses. Historia y ciencia de la ocultación extemporánea del Sol (Guadalmazán, 2026). Un castigo ejemplarizante que mostraba que la astronomía en China era una ciencia de Estado al servicio del poder. El emperador, como “Hijo del Cielo”, basaba su legitimidad en una armonía cósmica. Un eclipse imprevisto era una grieta en ese orden, un presagio potencial de desgracia que podía interpretarse como una pérdida del Mandato Celestial.
El corazón de este sistema era el calendario lunisolar, una monumental obra de ingeniería matemática que sincronizaba los ciclos de la Luna con el año solar. Este calendario no solo organizaba el tiempo: regulaba desde la siembra y la cosecha hasta los impuestos y los complejos rituales imperiales. Su correcto funcionamiento era el termómetro del buen gobierno. Para sostenerlo se desarrolló una astronomía basada en la observación meticulosa y el registro minucioso, casi obsesivo, generando series de datos que abarcaban siglos. De hecho, se consideraba un orgullo que a lo largo de una serie temporal de miles de años se pudiera mantener la coherencia de los diferentes calendarios que se superpusieron en cada dinastía.
La Oficina de Astronomía Imperial, el Qīntiānjiān (钦天监), era la encargada de esta tarea. Sus astrónomos trabajaban con un método sofisticado basado en ciclos empíricos, derivados de ese archivo histórico. Conocían y aplicaban, por ejemplo, el ciclo metónico (19 años solares casi iguales a 235 meses lunares), un patrón descubierto también en otras culturas antiguas que permitía predecir épocas propicias para eclipses.
El nombre de este ciclo recuerda al astrónomo griego Metón de Atenas, que lo anotó en 432 a. e. c. Sabemos que en Mesopotamia se conocía dos siglos antes, aunque estaba ya en la base aún anterior de los primeros calendarios lunisolares, al tener en cuenta las repeticiones de los plenilunios a lo largo de los años solares.
En cualquier caso, este método aritmético tenía un margen de error considerable. Podía alertar de que en un mes dado era probable un eclipse, pero fallaba al predecir la hora exacta, la duración o, incluso, si sería visible desde la capital imperial. Un eclipse predicho que no se veía, o uno no anunciado que oscurecía el cielo de Pekín, eran fracasos igualmente graves. Lo malo es que si se introducían correcciones para mejorar estos pronósticos, la duración de los años y los calendarios empezaba a variar y se podría perder la serie consolidada del registro histórico.
El problema se agravó durante la dinastía Ming (1368-1644). El calendario oficial, el Datong li (Calendario del Gran Inicio), establecido en 1384, acumulaba errores que se magnificaban con el tiempo. Para finales del siglo XVI, sus predicciones fallaban con frecuencia y notoriedad. Este deterioro no pasó desapercibido para los eruditos. El destacado astrónomo Xing Yunlu ya había señalado graves inexactitudes y abogado por una reforma en las décadas de 1570 y 1580. Sin embargo, su propuesta chocó con la muralla de la burocracia del Imperio Ming.
La Oficina de Astronomía se había convertido en una casta burocrática y hereditaria. Como señala el historiador de la ciencia Nathan Sivin en su libro Granting the Seasons (Springer, 2009), estas posiciones a menudo se transmitían dentro de las mismas familias, creando un sistema nepotista más preocupado por mantener privilegios y estabilidad que por innovar (y menos aún reconocer errores). Un cambio en el calendario no era una mera actualización técnica; era un asunto de estado de primer orden que implicaba admitir el fracaso de un sistema vinculado a la legitimidad cosmológica de la dinastía. Promover una reforma era un riesgo político enorme, pues un error podía ser castigado severamente, mientras que mantener el statu quo, aunque fuera defectuoso, era el camino más seguro.
Este rifirrafe político creó el caldo de cultivo perfecto para la intervención externa. Los fracasos predictivos se hicieron tan evidentes que, hacia 1590, incluso altos funcionarios como los del Ministro de Ritos (el Ministerio de los Ritos o Lǐbù ,礼部, era uno de los seis ministerios que formaban el núcleo de la administración civil) comenzaron a presionar para buscar soluciones fuera del sistema tradicional. Fue esta crisis de credibilidad interna, y no solo la curiosidad intelectual, la que provocó que la corte acabara abriendo sus puertas a unos visitantes occidentales.
En este contexto de crisis de precisión y credibilidad en 1601 se presenta en Pekín el italiano Matteo Ricci (1552-1610), normalmente considerado el introductor del cristianismo en China, acompañado por el español Diego de Pantoja (1571-1618). Eran jesuitas, pero su estrategia fue presentarse ante la corte como “letrados occidentales”, eruditos en ciencias y matemáticas. Entre sus regalos al emperador, los más apreciados fueron los relojes mecánicos, instrumentos de una precisión en la medición del tiempo entonces desconocida en China.
Pantoja, nacido en Valdemoro (Madrid) en 1571 y formado como cosmógrafo, desempeñó un papel clave. No solo dirigió la fabricación de relojes solares, sino que colaboró con el erudito y funcionario chino Sun Yuanhua (孫元化) en el Libro ilustrado sobre el reloj de sol, Rìguǐ Túfǎ (日晷圖法), introduciendo nuevas técnicas de medición.
Su mayor aportación, sin embargo, fue demostrar la superioridad práctica de los métodos astronómicos europeos contemporáneos. Mientras el Qīntiānjiān trabajaba con compleja aritmética cíclica, los jesuitas usaban la geometría esférica y los últimos modelos planetarios (como los de Tycho Brahe). Su enfoque no se limitaba a buscar patrones en registros antiguos; calculaban los movimientos reales del Sol y la Luna en el espacio tridimensional. Esto les permitía predecir no solo el día, sino la hora, la duración, la magnitud y la trayectoria de la sombra sobre la Tierra, con una exactitud que dejó pasmada a la corte.
La evidencia fue, con el tiempo, incontestable. En repetidas ocasiones, los jesuitas acertaron donde el Datong li fallaba. El poder de su cálculo era tan evidente que, tras la caída de los Ming, el nuevo gobierno de la dinastía Qing tomó una decisión radical: encargar al jesuita Johann Adam Schall von Bell la creación de un nuevo calendario oficial.
El resultado fue el calendario Shixian (Calendario de la Concesión del Tiempo, 時憲曆), promulgado en 1645. Fue un híbrido histórico: la primera vez que el Imperio Celestial adoptaba un sistema astronómico oficial diseñado y dirigido por extranjeros. Se trataba de una síntesis forzada por la necesidad: el marco institucional, la necesidad política y los datos históricos eran chinos, pero la metodología matemática y geométrica era europea. La resistencia burocrática continuó durante décadas, y los errores no desaparecieron por completo, pero se redujeron drásticamente. Para el siglo XVIII, las predicciones tenían márgenes de error de minutos, no de horas o días.
Sin embargo, esta historia de precisión creciente no termina con los jesuitas. Tanto los ciclos metónicos chinos como las efemérides tabuladas europeas del siglo XVII aún arrastraban limitaciones. Eran herramientas potentes, pero basadas en aproximaciones y correcciones empíricas. El nacimiento de la astronomía moderna y del análisis matemático asociado a la mecánica de Newton permitieron mejorar las predicciones en las posiciones de los planetas, el Sol y la Luna y, con ello, mejorar la precisión en los pronósticos de un eclipse. Como todo problema de los tres cuerpos, incorporaba cálculos complejos y soluciones aproximadas.
Incluso en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando el astrónomo Edmond Halley calculó un eclipse con los mejores métodos astronómicos disponibles para el 3 de mayo de 1715, la precisión en el tiempo es de 4 minutos y en la zona de totalidad de unas 20 millas (32,2 kilómetros), como describen los investigadores Aaaron Robotham y Sabine Bellstedt, de la Universidad de Australia Occidental.
La auténtica domesticación matemática de los eclipses llegó en el siglo XIX con el astrónomo prusiano Friedrich Wilhelm Bessel (1784-1846).
En 1824, Bessel introdujo un método revolucionario que transformó el problema. En lugar de calcular laboriosamente las posiciones individuales del Sol y la Luna, expresó toda la geometría del eclipse en torno al cono de sombra de la segunda proyectado sobre la Tierra.
Al definir un plano fundamental perpendicular a este eje de sombra y usar un ingenioso sistema de coordenadas, redujo la complejidad del cálculo a unos pocos parámetros elegantes (los llamados “elementos beselianos”). Este método, que separaba claramente la geometría celeste de los movimientos orbitales, permitía una precisión analítica sin precedentes y es, en esencia, la base de los algoritmos que aún hoy se siguen usando para el cálculo de eclipses.
Así, el largo camino para “domar al dragón” pasó de los tambores rituales y la minuciosa observación y registro de los sucesos a la aritmética de ciclos a la geometría esférica de los jesuitas, y, finalmente, alcanzó la abstracción analítica de Bessel.
El encuentro entre China y Europa en el siglo XVII no fue una simple transferencia de conocimiento, sino el catalizador que resolvió una crisis interna de precisión. Demostró que incluso la tradición observacional más rica del mundo podía estancarse en la inercia burocrática, y que la innovación, a menudo, llega por caminos inesperados y forzados por la pura necesidad de tener razón. Y, por supuesto, tuvo consecuencias sociales, políticas y económicas que propiciaron toda la historia de relaciones entre oriente y occidente a partir de entonces.![]()
Sobre el autor: Javier Armentia, Profesor del Máster de comunicación científica, médica y ambiental, Universitat Pompeu Fabra
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.
El artículo Cómo los jesuitas domaron al dragón chino de los eclipses se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.


El jefe nos ha echado la bronca, llegamos a casa y nos comemos varias galletas de chocolate. O quizá estemos estudiando para un examen, nerviosos o aburridos abrimos la nevera una y otra vez. O puede que estemos viviendo mucho estrés últimamente, por lo que compramos más snacks, dulces o comida rápida de lo habitual.
Estas situaciones tan familiares tienen algo en común: no comemos por hambre física, sino para gestionar lo que sentimos. Esto se conoce como ingesta emocional. ¿Puede convertirse en un problema? ¿Cómo evitarlo?
La ingesta emocional es un fenómeno bastante frecuente y no se considera, por sí misma, un trastorno psicológico. La investigación muestra que muchas personas recurren ocasionalmente a la comida para afrontar emociones negativas. Estamos hablando de entre el 40 y el 45 % de la población adulta y cerca del 30 % en adolescentes. Esto se da en situaciones de estrés, ansiedad y tristeza, y se observó de forma evidente durante la pandemia de covid-19.
Comer en relación a nuestras emociones forma parte de la experiencia cotidiana de muchas personas. De hecho, es habitual celebrar comidas y cenas con gente cercana en momentos importantes. El problema no es tanto recurrir de vez en cuando a la comida, sino que esta estrategia se vuelva habitual cuando nos sentimos mal. El alivio de la comida es pasajero y puede generar sentimientos de culpa.
Además, este patrón se asocia al consumo habitual de alimentos con muchas calorías, ricos en azúcar o grasa. Con el tiempo, esto podría dañar la salud. Por ejemplo, podría aumentar el riesgo de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares. La ingesta emocional también aumenta la probabilidad de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria.
Existen muchas estrategias para manejar las emociones. Por ejemplo, hablar con alguien, hacer ejercicio o distraernos para no pensar en nuestras preocupaciones. Comer también puede cumplir esa función, pero ¿qué pasa cuando la comida se convierte en nuestro recurso principal para gestionar el malestar?
La comunidad científica se ha interesado durante años por esa y otras preguntas. ¿Tienen más tendencia a esta ingesta las personas que no saben manejar sus emociones? ¿Esta relación aparece solo en quienes tienen problemas de alimentación?
No quedaba claro si la ingesta emocional existía en personas sin problemas y de distintas edades. Tampoco sabíamos hasta qué punto los estudios se podían extrapolar a la población general y en distintas etapas de la vida, porque muchos se han realizado en grupos muy concretos, como personas en tratamiento bariátrico.
Por eso realizamos un metaanálisis (un estudio de estudios), con el objetivo de unir resultados previos e hilar más fino. Así, extrajimos conclusiones más sólidas que las de un único trabajo. También nos permitió saber en qué condiciones el manejo emocional llevaba a usar la comida sin tener hambre.
Nuestro estudio mostró una serie de resultados interesantes:
Estos resultados sugieren que aprender a gestionar de manera más adecuada las emociones negativas podría tener efectos beneficiosos en varios ámbitos de la salud, y no solo en la relación que mantenemos con la comida. También deja claro el valor positivo de aprender desde edades tempranas.
Podríamos pensar erróneamente que recurrir al picoteo por no dominar las emociones es algo que les ocurre sobre todo a las mujeres. Es cierto que las mujeres tienden más a la ingesta emocional, pero nuestros hallazgos muestran que la correlación entre la desregulación emocional y el uso de la comida se da de manera similar tanto en ellas como en ellos.
Entonces, ¿qué podemos hacer?
Las intervenciones psicológicas que son eficaces para la gestión de las emociones incorporan elementos que han demostrado ser útiles para la salud mental y para los hábitos de vida. Estas estrategias incluyen aprender a identificar las emociones y a distinguir qué situaciones las desencadenan. También aportan herramientas que ayudan a desarrollar estrategias más adaptativas ante el estrés y a practicar la atención plena.
Esto es relevante porque la regulación emocional no influye solo en nuestra relación con la comida: también se ha visto asociada a problemas como la ansiedad y la depresión. Es lo que en psicología se conoce como “efecto transdiagnóstico”, por lo que influir en algunas variables permite prevenir problemas diferentes. Por lo tanto, mejorar la capacidad de gestionar las emociones podría tener un impacto positivo más amplio sobre la salud y el bienestar.
Si estamos en un punto en el que sentimos que no podemos mantener a raya las emociones hay solución. La evidencia científica muestra que la terapia cognitivo-conductual, el protocolo unificado, la terapia de la conducta dialéctica, y el mindfulness mejoran la gestión emocional. Además, las tres últimas también lo mejoran incluso en el seguimiento. Es decir, provocan un efecto sostenido.
En definitiva, tenemos mucho que ganar sabiendo cómo lidiar con nuestras emociones. Nos puede ahorrar problemas futuros de diverso tipo. La próxima vez que venga el impulso de comer sin hambre, preguntémonos: ¿sé lo que estoy sintiendo en este momento? ¿Puedo hacer alguna otra cosa distinta para sentirme mejor?![]()
Sobre las autoras: Itziar Alonso Arbiol, Catedrática de Psicología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU); Aitziber Pascual Jimeno, Profesora agregada universitaria (EHU); Jara Mendia, Doctoranda en Psicología (EHU); José J. Pizarro Carrasco, Profesor e Investigador en Psicología Social (EHU), y Susana Conejero López, Profesora de Psicología (EHU)
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.
El artículo La ingesta emocional como problema se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.

Tesla is suing the Canadian province of Manitoba for cutting the automaker out of its electric vehicle rebate program, and the fight has now reached a courtroom.
The province is asking Manitoba’s Court of King’s Bench to throw out the challenge. Tesla says the ban has already cost its Canadian customers at least $560,000 in lost rebates.

Para una IA conversacional, una silla puede ser una palabra, una definición o una imagen. Para un robot, una silla es un obstáculo que esquivar, un objeto que mover, una superficie en la que alguien puede sentarse.
Hemos analizado 40 estudios científicos publicados en los últimos diez años sobre robótica cognitiva e interacción humano-robot, y la conclusión es que todavía estamos muy lejos de que nuestra vida se parezca a la película Ex Machina (2014). Tal y como defienden expertos en Robótica Alessandra Sciutti, Giulio Sandini y Pietro Morasso, hemos dominado la inteligencias artificiales capaces de procesar información, pero la cognición robótica exige algo más: cuerpo, acción y experiencia situada. Los robots no entienden el mundo como nosotros; lo perciben y actúan en él de formas todavía parciales.
Para que los robots convivan con nosotros, no basta con que tengan muchos datos; necesitan entender el mundo tal y como lo experimentamos.
La robótica cognitiva busca desarrollar robots capaces de percibir, aprender, razonar, decidir y adaptarse en entornos cambiantes. No se trata solo de automatizar movimientos, sino de construir sistemas que puedan interpretar información del entorno y actuar con cierta flexibilidad.
En nuestra revisión sistemática analizamos 40 estudios científicos, pero conviene aclarar algo: no son 40 robots distintos. En robótica, un mismo cuerpo puede alojar distintas arquitecturas cognitivas: diferentes formas de organizar la percepción, la memoria, el aprendizaje, la toma de decisiones o la interacción.
Muestra de ello, tenemos el ejemplo del iCub, un ingenio humanoide del Instituto Italiano de Tecnología, utilizado como plataforma para estudiar cómo se desarrollan e integran capacidades cognitivas en un cuerpo robótico.

A partir de clasificaciones previas de la cognición, organizamos esas capacidades en dos grandes grupos: habilidades cognitivas troncales y habilidades sociocognitivas. Las primeras son el motor básico de la inteligencia robótica.
La percepción les permite transformar datos de cámaras, micrófonos o sensores en información útil. Pueden decidir qué señales importan entre todo lo que ocurre gracias a la atención.
La selección de acción –qué hacer– les permite elegir si moverse, esperar, frenar o cambiar de estrategia. La memoria conserva información relevante y pueden ajustar el comportamiento a partir de la experiencia porque son capaces de aprender.
El razonamiento ayuda a resolver situaciones cuando algo no encaja con el plan previsto. La prospección permite anticipar futuros posibles. Y por último, la metacognición, más ambiciosa, posibilitaría al robot monitorizar sus propios procesos: detectar incertidumbre, corregirse o reconocer que puede estar equivocado.
Uno de los estudios revisados no trabajaba con un robot humanoide de película, sino con una silla de ruedas inteligente. Su arquitectura cognitiva buscaba ayudar en la navegación sin quitar autonomía al usuario: asistir cuando hacía falta, pero sin convertir a la persona en pasajera pasiva. En ese caso, la cognición no consistía en “conversar” ni parecer humana, sino en decidir cuándo intervenir, cómo moverse y cómo preservar el control de quien la usa. En la evaluación, el tiempo de navegación bajó de 124 a unos 72 segundos para usuarios con menores capacidades cognitivas.
En cuanto a las habilidades cognitivas desarrolladas en los robots, el mapa de resultados dibuja una especie de pirámide. En la base están las capacidades más desarrolladas: percepción en 35 de los 40 estudios, atención y aprendizaje en 31, y selección de acción en 30.
Más arriba aparecen el razonamiento y la memoria, presentes en menos de la mitad de los estudios analizados. Y en la punta quedan las habilidades más sofisticadas: la prospección, con 7 estudios, y la metacognición, presente en solo 2.
Estamos avanzando mucho en robots que perciben, aprenden y actúan, pero bastante menos en robots capaces de anticipar, dudar o revisar sus propios errores. Aunque lo conseguido es mucho, no equivale a tener robots con sentido común, comprensión social o inteligencia humana.
Ahora nos centraremos en las habilidades sociocognitivas, las que permiten al robot funcionar en un entorno y hacerlo junto a otros. Incluyen la lectura de intenciones, es decir, inferir qué quiere hacer una persona; la comunicación, para intercambiar información de forma comprensible; el discernimiento entre uno mismo y el otro, clave para diferenciar la propia acción de la ajena; y la atención conjunta, que permite a robot y humano dirigir la atención hacia el mismo objeto o tarea.

La lectura de intenciones puede parecer abstracta, pero se entiende muy bien con un juego. En uno de los estudios revisados, un robot social llamado RASA jugaba a “piedra papel o tijera con personas”. La cuestión no era ganar por reflejos, sino probar si el robot podía anticipar la intención humana. Cuando funcionaba en modo predictivo, obtenía mejores resultados que cuando actuaba al azar, y los participantes lo percibían como más inteligente y atractivo.
También hay ejemplos en robótica social y asistencial. Un robot social fue probado con niños con autismo para trabajar el reconocimiento y la reciprocidad emocional. En estos casos, la habilidad importante no es levantar peso ni moverse con precisión, sino leer expresiones, responder con gestos comprensibles y sostener una interacción social mínimamente legible.
Aquí aparece la brecha. La lectura de intenciones y la comunicación aparecen cada una en 13 estudios. El reconocimiento entre uno mismo y el otro, en 6. La atención conjunta, solo en 2. Además, mientras 39 de los 40 trabajos desarrollan al menos tres habilidades troncales, solo 8 incorporan más de una habilidad sociocognitiva.
Estamos construyendo sobre todo el motor invisible de los robots: aquello que les permite ver, calcular, aprender y actuar. Pero desarrollamos mucho menos la parte que, en nuestro imaginario, nos hace decir “esto parece inteligente”: interpretar al otro, coordinarse con él, comunicar dudas, anticipar gestos, volverse legible.
Esto importa porque un robot puede tener muchas habilidades cognitivas troncales y aun así ser difícil de entender para una persona. Puede percibir un objeto, calcular una trayectoria y ejecutar una acción con precisión, pero no transmitir bien qué hará después. Puede anticipar un movimiento humano en laboratorio, pero no generar necesariamente más seguridad, más confianza, menos tensión o más sensación de control.
La prospección y la lectura de intenciones suelen presentarse como habilidades clave para robots que comparten espacio con humanos. Sin embargo, en los estudios revisados, estas capacidades no siempre se traducen en mejoras de seguridad claramente medidas o reportadas.
La historia de la automatización nos recuerda que las herramientas no solo hacen cosas por nosotros, también nos transforman. Un GPS cambia nuestra forma de orientarnos. Un corrector automático modifica nuestra relación con la escritura. Un robot cognitivo puede cambiar cómo prestamos atención, cómo tomamos decisiones y cómo sentimos nuestra presencia en el trabajo o en la vida cotidiana.
La pregunta importante ya no es solo cuánto podrán hacer los robots, sino qué habilidades estamos priorizando y cuáles estamos dejando atrás.![]()
Sobre la autora: Nagore Osa Arzuaga, Docente e investigadora en Innovación en Diseño Industrial, con especialización en Diseño de Interacción Humano-Robot y Factores Humanos, Mondragon Unibertsitatea
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.
El artículo ¿Pueden los robots dudar de sí mismos? se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.


© Rebecca Noble/Reuters