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Matilda Knowles, una destacada botánica en las costas de Irlanda

21 October 2026 at 09:00
Matilda Knowles.

El 31 de enero de 1864 nació Matilda Cullen Knowles, considerada la fundadora de los estudios modernos sobre los líquenes en Irlanda. La comunidad especializada ha calificado su obra como «una importante contribución de referencia a la botánica criptogámica de Irlanda y de la Europa oceánica occidental». Recordemos que se llama criptógamas a las plantas sin flores.

La página web Ask About Ireland señala que Matilda Knowles nació en un pueblo cercano a Ballymena, perteneciente a Irlanda del Norte. Su padre, William James Knowles (1832-1927), aficionado a la botánica y a la arqueología estimuló el interés de su hija por la historia natural; asimismo, la introdujo en las reuniones y excursiones organizadas por el club de campo Belfast Naturalists’ Field Club, creado en 1863. Sus miembros constituían una ecléctica mezcla de aficionados y profesionales interesados por las ciencias naturales y, según podemos leer en Wikipedia, este club ha sido una parte importante del sistema educativo para los naturalistas británicos.

Nacimiento de una sólida amistad

En 1895, Matilda Knowles conoció a la acreditada botánica de campo Mary Leebody (1847-1911), amiga personal del respetado naturalista y escritor irlandés, Robert Lloyd Praeger (1865-1953), y activa socia del Belfast Naturalists’s Field Club. Dado que compartían numerosos intereses, optaron por trabajar juntas elaborando el primer suplemento (1895) del exitoso libro de Samuel Stewart y Thomas H. Corey, titulado Flora of the North-east of Ireland (1888); esta obra, editada por el Belfast Naturalists’ Field Club se convertiría en un libro de texto estándar desde su publicación.

Inicialmente, los trabajos de Matilda Knowles se centraron en las plantas con flores. El primero de ellos, dedicado al condado de Tyrone, se publicó en 1897 e incluía más de 500 especímenes. Con posterioridad, en 1901, se incorporaron a la prestigiosa revista Irish Topographical Botany, dirigida por Robert L. Praeger, hoy considerada un referente en la historia de la botánica irlandesa.

Mediada la década de 1890, Matilda y su hermana Catherine se trasladaron a Dublín y asistieron a clases de ciencias naturales en el Royal College of Science for Ireland, una destacada institución abierta desde 1865 con la particularidad de admitir en aquellas fechas a mujeres en igualdad con los hombres. Aquí, Matilda Knowles cursó sus estudios entre 1896 y 1900, tal como se describe en la afamada revista Irish Naturalists’ Journal, cuyo prestigio es debido a que cubre todos los aspectos de la historia natural de Irlanda a partir de su primera publicación en 1925.

Un excelente desarrollo profesional

En junio de 1902, Matilda Knowles se incorporó a la Sección de Botánica del Museo de las Ciencias y las Artes. Se trata de un conocido museo fundado en 1877 y abierto al público en 1890; en 1921 recibió al nombre actual de National Museum of Ireland.

La científica trabajó en estrecha colaboración con el profesor Thomas Johnson (1863-1954) en la organización del Herbario de la Nación, perteneciente al mencionado museo. Cinco años más tarde, en abril de 1907, Matilda Knowles fue contratada como Asistente Temporal, un empleo que mantuvo a lo largo de toda su vida. Tuvo a su cargo la tarea de adquirir, identificar y reunir miles de especímenes de Irlanda y del resto del mundo.

Además de su labor museística, fue coautora junto a Johnson, de un valioso listado de las plantas con flores y los helechos de Irlanda (Hand List of Irish Flowering Plants and Ferns) publicado en 1910, tal como apunta la citada página Ask About Ireland.

Cuando en 1923 el profesor Johnson se retiró, Knowles accedió al puesto de conservadora, estableciendo una estrecha colaboración con la farmacéutica inglesa Margaret Buchanan (1865-1940), fundadora de la National Association of Women Pharmacists. A partir de esas fechas, Knowles aumentó aún más sus esfuerzos por conseguir, identificar y reunir el mayor número posible de especímenes vegetales tanto de Irlanda como del resto del mundo.

Los conocimientos técnicos de esta activa botánica, junto al meticuloso y delicado trabajo que realizó durante el tiempo en que gestionó el herbario, han quedado reflejados, apunta el Irish Naturalists’ Journal, en las excelentes condiciones en que se encuentra hoy el material por ella conservado. Ciertamente, el herbario es testigo de su dedicación, y la presencia de una placa recordatoria colocada en su recuerdo es un claro testimonio de reconocimiento.

Un amplio proyecto en una pequeña isla

A comienzos del siglo XX, un destacado grupo de científicos irlandeses y extranjeros organizaron un importante proyecto de investigación llamado Clare Island Survey. Consistía en un ambicioso estudio multidisciplinar sobre una pequeña isla situada en la costa oeste de Irlanda, Clare Island.  La parte más importante de esta investigación estaba dedicada a zoología y botánica sistemáticas, aunque también se ponía especial atención en cuestiones como la distribución geográfica de plantas y animales, la ecología o la meteorología. Los resultados de este magno  proyecto fueron publicados en 68 partes entre 1911 y 1915 por la Real Academia Irlandesa (Royal Irish Academy).

Clare Island. Wikimedia Commons.

Colaboración con una destacada liquenóloga

Entre 1909 y 1910, Matilde Knowles participó en los trabajos de Clare Island como colaboradora de Annie Lorraine Smith (1854-1937), a instancias del citado botánico Robert L. Praeger. Tengamos presente que Annie L. Smith era en aquellos momentos la más importante especialista en líquenes británica; acerca de esta notable experta podemos leer una entrada en Mujeres con ciencia.

El trabajo junto a Smith despertó en Knowles un gran interés por profundizar en el estudio de los líquenes. Con notable presteza se dedicó a buscarlos, recogerlos, describirlos y clasificarlos, demostrando ser una diligente recolectora, una actividad que en aquellos momentos era nueva en Irlanda.

Gracias en gran parte a la positiva influencia de Annie Smith, la botánica irlandesa se involucró casi por completo en el estudio de los líquenes, que paulatinamente fueron generando en ella un creciente entusiasmo, lo que terminaría por establecer los cimientos para su posterior especialidad. Ciertamente, a partir de 1908, describe Ask About Ireland, estos pequeños organismos se convirtieron en el principal material de trabajo durante el resto de la carrera de Matilda Knowles.

Productivos trabajos con líquenes

El primer artículo importante de la científica sobre el tema fue un minucioso estudio sobre los líquenes de Howth Head, un bello cabo situado al noreste de la bahía de Dublin; se trata de un artículo publicado en 1913 por la Royal Dublin Society bajo el título The Maritime and Marine Lichens of Howth.

En dicha publicación, Matilda Knowlex manifestaba haber descubierto que los líquenes de la costa crecen en distintas zonas, llamadas tidal zones (zonas de marea), según su disposición con respecto a la marea; esto es, en relación al área que está por encima del nivel del agua cuando la marea está baja, y por debajo cuando la marea está alta; según esta distribución, los líquenes adquieren distintos colores. La escritora científica irlandesa Mary Mulvihill (1959-2015) ha destacado al respecto que Kowles «fue la primera persona en reconocer que, en la costa, los líquenes crecen en bandas o zonas distintas según fuera la marea».

En los años siguientes, y por petición de Robert L. Praeger y de la Royal Irish Academy, nuestra protagonista se dedicó a preparar una monografía sobre la sistemática de los líquenes de Irlanda. Finalmente, su trabajo quedó plasmado en un valioso libro de 255 páginas titulado The Lichens of Ireland, que salió a la luz en 1929.

La obra, que Knowles dirigió con gran eficiencia, se llevó a cabo con la colaboración de treinta naturalistas profesionales y aficionados, quienes consiguieron registrar la distribución de unas 800 especies, de las cuales alrededor de veinte eran nuevas para Irlanda. La perspicaz botánica tuvo el mérito de describir varias especies por primera vez; recordemos que para una bióloga o biólogo dar el nombre a un nuevo organismo es uno de los logros más valorados.

Volviendo al citado libro, hay que añadir que este texto representa el legado intelectual más notable de Matilda Knowles, pues hoy se considera, según afirma la página Ask About Ireland, «una de las piezas de trabajo de más calidad nunca realizada antes en ninguna sección de la flora irlandesa».

Según ha señalado al respecto la escritora Mary Mulvigil, el libro de Knowles fue un estudio pionero que se convirtió en un clásico para la literatura botánica irlandesa, precisando que «se trata de un gran trabajo ya que los líquenes suelen pasar desapercibidos (para el público en general), y sus detalles son a menudo microscópicos, lo cual demuestra que Knowles fue claramente una naturalista hábil con mucho talento».

Una inagotable actividad especializada

Además de su obra magna, entre 1897 y 1933, subraya la página Ask About Ireland, «Matilda publicó más de 30 artículos científicos sobre un amplio rango de materias sobre botánica». De hecho, debido a su profundo conocimiento sobre los temas relacionados con la botánica sistemática, Knowles tuvo gran influencia en esta especialidad. Mientras fue conservadora del Museo Nacional, un número elevado de personas locales y procedentes de distintas partes del mundo, tanto especialistas como aficionados, acudió a ver y a consultar el herbario del centro; conjuntamente, la científica mantuvo una intensa correspondencia con diversos expertos y expertas e intercambió cuantiosos especímenes con otras instituciones.

Haciendo referencia a cómo Knowles enriqueció el herbario del museo, Mulvihill ha relatado que «entre quienes donaron especímenes se encuentra Roger Casement, [un afamado diplomático irlandés] quien trajo diversas plantas procedentes del Congo en 1904. Casement conocía a la científica desde que eran niños: tenían la misma edad, nacidos en 1864, y crecieron en Ballymena donde Knowles había venido al mundo y donde Casement fue a la escuela. Las plantas que el diplomático donó aún se encuentran en el herbario con las etiquetas descriptivas que Knowles redactó».

Acerca de la personalidad de la botánica, Mulvihil ha anotado que «en persona Matilda era decidida e independiente, nunca se mostró dispuesta a soportar tonterías o frivolidades. En sus últimos años sufrió sordera y se ayudaba de una trompetilla, usándola para cortar discusiones colocándola con firmeza sobre su escritorio».

Pese a la gran tarea realiza por Matilda Knowles en el herbario del Museo Nacional, no recibió claramente el reconocimiento que merecía (¡cuántas veces en la historia!). Hubo que esperar hasta octubre de 2014 para que la científica fuese reconocida con una placa conmemorativa. Se trata de un recordatorio donado por el Irish National Committee for Science and Engineering para conmemorar los 150 años desde su nacimiento.

Placa en honor de Matilda Knowles en el National Botanic Gardens de Irlanda. Wikimedia Commons.

Con respecto a los memorándums, Mary Mulvihill ha ironizado que «el problema con las placas conmemorativas es que la persona tiene que estar muerta para que le otorguen una. Alguien que mereció este honor durante su vida fue Matilda Knowles».

El 27 de abril de 1933, Matilda Knowles fallecía en Dublín como consecuencia de una neumonía; fue enterrada en el cementerio de la misma ciudad, donde hoy su tumba está poblada de líquenes, hongos y otras plantas nativas de Irlanda. En su recuerdo, dos especies de líquenes llevan su nombre: Lecidia matildae y Verrucaria knowlesiae.

Referencias

Sobre la autora

Carolina Martínez Pulido es Doctora en Biología y ha sido Profesora Titular del Departamento de Biología Vegetal de la ULL. Su actividad prioritaria es la divulgación científica y ha escrito varios libros sobre mujer y ciencia.

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Hongos que devoran rocas prosperan en las profundidades de la Tierra

5 August 2026 at 16:01
A más de 500 metros bajo la superficie terrestre, un mundo oscuro y ancestral bulle con vida fúngica en proporciones que los científicos jamás habían imaginado. Un equipo de investigación liderado por la Universidad de Michigan ha conseguido cuantificar por primera vez la abundancia de hongos en un sitio del subsuelo profundo, alcanzando profundidades de […]

Emmy Stein, la botánica que ayudó a entender qué cambios se pasan a las siguientes generaciones

28 July 2026 at 09:00

Una planta puede crecer torcida si recibe poca luz. También puede desarrollar hojas más pequeñas cuando le falta agua o sufrir deformaciones después de una enfermedad. Sin embargo, normalmente ninguna de esas características pasa a la siguiente generación. Otras, en cambio, sí pueden heredarse y aparecer después en los descendientes.

Hoy sabemos que la diferencia está en si el cambio afecta o no al material genético. Pero a comienzos del siglo XX nadie sabía todavía dónde residía exactamente la información hereditaria ni qué podía modificarla. Esa era una de las grandes preguntas de la nueva genética. Emmy Stein dedicó buena parte de su carrera a intentar responderla exponiendo plantas a fuentes de radiación para observar qué cambios sufrían y, sobre todo, cuáles de ellos aparecían también en la siguiente generación.

Una botánica en los inicios de la genética

Emmy Stein. Der Züchter.

Emmy Stein nació en Düsseldorf, Alemania, el 21 de junio de 1879. En una época en la que las universidades alemanas apenas comenzaban a admitir mujeres, inició su formación en la Escuela de Horticultura para Mujeres de Berlin-Marienfelde y posteriormente completó los estudios que le permitieron acceder a la Universidad de Jena, donde obtuvo el doctorado en Botánica en 1913.

Antes incluso de doctorarse realizó un viaje científico a las entonces Indias Orientales Neerlandesas, hoy Indonesia, para estudiar la flora tropical del lugar. Tras participar como voluntaria de la Cruz Roja en la Primera Guerra Mundial, en 1919 se incorporó al Instituto Kaiser Wilhelm de Biología donde trabajó junto al genetista Erwin Baur, uno de los principales impulsores de la genética experimental en Alemania.

La genética era entonces una disciplina muy joven. Las leyes de Mendel acababan de consolidarse y los investigadores empezaban a comprender cómo se transmitían muchas características de una especie entre una generación y la siguiente, pero habiendo muchas cosas aún desconocidas. Por ejemplo, seguía sin saberse dónde residía esa herencia, esto es, qué era exactamente aquello que se heredaba ni de qué manera podía eso cambiar y por tanto aparecer características nuevas.

¿Podía la radiación cambiar una planta… y a sus descendientes?

A finales del siglo XIX el descubrimiento del radio había abierto un campo completamente nuevo de investigación. Los físicos sabían que emitía una radiación invisible capaz de atravesar distintos materiales, impresionar placas fotográficas y provocar cambios físicos y químicos sin necesidad de calor ni luz. Sus efectos sobre los organismos vivos, sin embargo, apenas empezaban a explorarse.

Stein decidió utilizar esa nueva herramienta para intentar dar respuesta a esas preguntas fundamentales para la genética que aún no tenían respuesta. Trabajó con plantas del género Antirrhinum, popularmente llamadas bocas de dragón, muy convenientes para esta rama científica ya que muchas de las características hereditarias son visibles a simple vista. Las expuso a radiación y observó cuidadosamente su desarrollo. El objetivo no consistía únicamente en comprobar si las plantas cambiaban por efecto de la radiación, sino si los cambios que se observaban se limitaban a esa planta o si se transmitían también a sus descendientes.

Un resultado correcto pero aún sin explicación

Antirrhinum normal y tres especímenes tras
ser sometidos a radiación. Fuente: Untersuchungen
über die Radiomorphosen von Antirrhinum.

En 1921 Stein presentó sus resultados ante la Sociedad Alemana de Genética. Las plantas irradiadas desarrollaban características nuevas que permanecían estables y reaparecían cuando se obtenían nuevas generaciones a partir de ellas. Pero para Stein la pregunta decisiva seguía abierta. ¿Qué era exactamente lo que había cambiado dentro de la planta para que esa nueva característica pudiera heredarse?

En la actualidad responderíamos que la radiación había alterado el ADN contenido en el núcleo de algunas células reproductoras y que esa modificación genética pasó después a la descendencia. Sin embargo, en la década de 1920 nadie sabía todavía que el ADN era lo que contenía la herencia genética de los seres vivos (en este caso, de la planta) y por eso ella interpretó inicialmente sus resultados como modificaciones permanentes de las células de la planta, en general, más que como alteraciones del material hereditario en concreto.

Es decir, Stein había observado esos cambios estables y heredables de una generación a otra, pero todavía no sabía, porque no lo sabía nadie por entonces, era qué parte de la célula conservaba y transmitía esa información.

Nuevas interpretaciones para experimentos antiguos

En 1927 Hermann Joseph Muller demostró que los rayos X podían inducir mutaciones hereditarias en la mosca de la fruta (otra especie muy utilizada en el campo de la genética, en este caso porque debido a sus cortos ciclos de vida se pueden observar distintas generaciones en poco tiempo). Aquellos experimentos confirmarían definitivamente que la radiación podía modificar el material biológico responsable de la herencia y abrirían una nueva etapa en la genética experimental.

Las investigaciones de Stein pudieron ser interpretadas entonces bajo otro prisma distinto, uno con mucha más información. Sus observaciones seguían siendo las mismas, pero ahora podían interpretarse dentro de un marco teórico mucho más sólido. En los años siguientes continuó trabajando sobre los efectos biológicos de la radiación y acuñó el término fitocarcinoma para describir determinados crecimientos extraños y en ocasiones malignos provocados experimentalmente en las plantas.

Desarrolló prácticamente toda su carrera en el Instituto Kaiser Wilhelm de Biología, donde también investigó sobre hormonas vegetales e injertos, permaneciendo vinculada a la institución incluso después de su reorganización tras la Segunda Guerra Mundial como parte de la Sociedad Max Planck.

Referencias

Sobre la autora

Rocío Benavente (@galatea128) es periodista.

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El descubrimiento de nuevas especies alcanza un ritmo histórico y no muestra señales de frenarse

24 December 2025 at 11:00
Mariposas de distintos colores, representando la diversidad de especies descubiertas por la ciencia.

Lejos de estar cerca de completar el inventario de la vida en la Tierra, la ciencia atraviesa el momento más fértil de su historia en el descubrimiento de especies, con decenas de miles de organismos nuevos descritos cada año y un horizonte que apunta a millones aún desconocidos.

Durante siglos ha existido la sensación de que la exploración biológica del planeta estaba entrando en su fase final. Desde que en el siglo XVIII el naturalista sueco Carl Linneo sentó las bases de la taxonomía moderna con su sistema de nomenclatura binomial, generaciones de científicos han ido sumando nombres a la lista de la vida conocida. Sin embargo, más de 300 años después de aquel primer intento sistemático, el catálogo sigue incompleto y, según la evidencia más reciente, lejos de estabilizarse.

Un amplio estudio liderado por la University of Arizona y publicado en la revista Science Advances demuestra que el ritmo de descripción de nuevas especies no solo se mantiene, sino que es hoy más alto que en cualquier otro periodo histórico. El trabajo, basado en el análisis de cerca de dos millones de especies ya descritas, concluye que actualmente se incorporan más de 16 000 especies nuevas cada año al registro científico global, sin indicios de que esta tendencia esté disminuyendo.

Este hallazgo desafía la idea, defendida durante años por parte de la comunidad científica, de que el “descubrimiento fácil” ya había quedado atrás y de que la mayoría de las especies existentes ya habían sido identificadas. Según los autores, los datos muestran exactamente lo contrario.

Un análisis global de la historia taxonómica

Para llegar a estas conclusiones, el equipo examinó la historia taxonómica de aproximadamente dos millones de especies pertenecientes a todos los grandes grupos de organismos vivos. El análisis se centró en el momento en que cada especie fue descrita formalmente y recibió un nombre científico válido, lo que permitió reconstruir la evolución del ritmo de descubrimiento a lo largo del tiempo.

Los resultados indican que, entre 2015 y 2020, la media anual de nuevas especies descritas superó las 16 000. De ese total, más de 10 000 correspondieron a animales, con un peso especialmente alto de los artrópodos, como insectos y otros invertebrados. A estas cifras se suman alrededor de 2500 nuevas especies de plantas y unas 2000 de hongos por año.

John Wiens, profesor de ecología y evolución en la University of Arizona y autor principal del estudio, subraya que estos números desmontan una percepción muy extendida. “Algunos científicos pensaban que el ritmo de descubrimiento estaba cayendo y que ya casi no quedaban especies nuevas por encontrar”, explica. “Nuestros resultados muestran justo lo contrario: estamos describiendo especies más rápido que nunca”.

El estudio destaca además que este patrón no se limita a un único grupo biológico, sino que se observa de forma consistente en animales, plantas y hongos, lo que refuerza la idea de que la biodiversidad conocida es solo una fracción de la real.

Más descubrimientos que extinciones registradas

Uno de los aspectos más llamativos del trabajo es la comparación entre el ritmo de descubrimiento y las estimaciones del ritmo de extinción. Según Wiens, los datos disponibles sugieren que, al menos en términos numéricos, las especies que se describen cada año superan ampliamente a las que se pierden.

“El número de nuevas especies descritas anualmente es mucho mayor que el de especies que se extinguen, que estimamos en torno a diez por año”, señala el investigador. Esta afirmación no pretende minimizar la gravedad de la crisis de biodiversidad, sino aportar contexto sobre la dinámica del conocimiento científico. “No estamos hablando solo de microbios”, añade. “Entre las nuevas especies hay insectos, plantas, hongos e incluso cientos de vertebrados”.

El estudio recalca que las cifras de extinción se refieren únicamente a aquellas especies cuya desaparición ha sido documentada con certeza, lo que deja fuera a muchos organismos que podrían extinguirse antes incluso de ser conocidos por la ciencia.

Cuántas especies quedan por descubrir

Además de analizar el pasado y el presente, los investigadores intentaron proyectar el futuro del inventario biológico. A partir de modelos estadísticos basados en las tendencias actuales, estimaron cuántas especies podrían existir finalmente en distintos grandes grupos.

En el caso de los peces, las proyecciones sugieren que el número total podría rondar las 115 000 especies, frente a las aproximadamente 42 000 descritas hasta ahora. Para los anfibios, el cálculo asciende a unas 41 000 especies potenciales, cuando en la actualidad se conocen alrededor de 9000. En el reino vegetal, las estimaciones apuntan a que el total final podría superar el medio millón de especies.

Estas cifras refuerzan una idea ya clásica en la biología moderna: el número de especies conocidas es solo una pequeña parte del total existente. Wiens recuerda una reflexión atribuida al ecólogo Robert May: si visitantes extraterrestres preguntaran cuántas especies viven en la Tierra, la humanidad no podría ofrecer una respuesta definitiva. “Hoy conocemos aproximadamente 2,5 millones de especies”, explica Wiens, “pero el número real probablemente sea mucho mayor, del orden de decenas o incluso cientos de millones”.

Conocer para poder proteger

Más allá de las cifras, el estudio subraya la importancia práctica del descubrimiento de nuevas especies. Documentar la biodiversidad no es un ejercicio académico abstracto, sino un paso esencial para la conservación.

“Una especie no puede ser protegida si no sabemos que existe”, afirma Wiens. “Por eso, describir nuevas especies es siempre el primer paso para preservar la diversidad biológica”. El investigador advierte de que es posible que numerosas especies aún desconocidas estén actualmente al borde de la extinción, sin que existan herramientas legales o estrategias de conservación para salvarlas, simplemente porque no han sido identificadas.

La investigación insiste en que el conocimiento taxonómico es una condición previa para cualquier política eficaz de conservación, desde la creación de áreas protegidas hasta la evaluación del impacto ambiental de proyectos humanos.

Beneficios directos para la sociedad

El descubrimiento de nuevas especies no solo tiene implicaciones ecológicas, sino también potenciales beneficios directos para la humanidad. Muchos organismos albergan compuestos químicos con aplicaciones médicas o industriales, o presentan soluciones biológicas que pueden inspirar nuevas tecnologías.

Los autores del estudio mencionan ejemplos conocidos, como medicamentos populares para la pérdida de peso que se inspiran en una hormona presente en el monstruo de Gila. De forma similar, toxinas de arañas y serpientes, así como sustancias producidas por plantas y hongos, están siendo investigadas como posibles tratamientos contra el dolor o el cáncer.

En otros casos, el interés no reside en una molécula concreta, sino en una adaptación física. Las patas de los gecos, capaces de adherirse a superficies lisas con una eficacia extraordinaria, han inspirado el desarrollo de nuevos materiales adhesivos. “Estas especies pueden tener todavía muchísimo que aportar a la humanidad”, afirma Wiens.

Del ojo humano al ADN

Tradicionalmente, la identificación de nuevas especies se ha basado en características visibles, como la forma, el tamaño o el color. Aunque este enfoque sigue siendo fundamental, el estudio anticipa un cambio progresivo hacia el uso de herramientas genéticas.

Wiens considera que el análisis de ADN jugará un papel cada vez más importante en el futuro del descubrimiento de especies. Este enfoque permite detectar organismos que, aunque sean prácticamente indistinguibles a simple vista, presentan diferencias genéticas claras que justifican su reconocimiento como especies separadas.

Este método es especialmente prometedor en grupos como bacterias y hongos, donde la diversidad genética puede ser enorme pese a una apariencia externa muy similar. Según los autores, la aplicación sistemática de técnicas moleculares podría revelar una cantidad aún mayor de biodiversidad oculta.

Dónde se descubren las nuevas especies

El siguiente paso del equipo de investigación será analizar la distribución geográfica de los descubrimientos recientes. El objetivo es identificar las regiones del planeta donde es más probable que se concentre una biodiversidad aún desconocida.

Además, los investigadores quieren examinar quiénes son los responsables de estas descripciones y si existe un cambio en el perfil de los científicos implicados. En particular, les interesa saber si el protagonismo está pasando de investigadores europeos y norteamericanos a científicos locales que trabajan en sus propios países y ecosistemas.

Para ilustrar la magnitud del desconocimiento que aún persiste, Wiens ofrece un dato revelador: pese a que Linneo inició su proyecto hace tres siglos, el 15 % de todas las especies conocidas en la actualidad ha sido descrito en apenas los últimos 20 años. “Dicho de otro modo”, concluye, “el gran inventario de la vida en la Tierra está todavía muy lejos de completarse”.

El estudio deja claro que, lejos de cerrarse, la era del descubrimiento biológico atraviesa un momento de extraordinaria vitalidad. Cada año, miles de nuevas formas de vida se incorporan al conocimiento humano, ampliando no solo la lista de nombres científicos, sino también la comprensión de la complejidad y riqueza del planeta.

Uno studio ecologico dimostra come le piante di fagiolo (Phaseolus vulgaris…

3 June 2026 at 07:15
Uno studio ecologico dimostra come le piante di fagiolo (Phaseolus vulgaris) si difendano dai parassiti sfruttando una precisa rete di segnalazione molecolare. Attraverso il recettore di superficie INR, le foglie riconoscono l'inceptina, un peptide rilasciato dalla saliva dei bruchi durante la masticazione. Questo contatto innesca una risposta immunitaria che libera composti volatili nell'aria, fungendo da richiamo per le vespe predatrici. Gli esperimenti condotti in laboratorio e sul campo confermano che le varianti genetiche prive di questo recettore subiscono danni strutturali maggiori, perdendo la capacità chimica di reclutare i propri difensori naturali.
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